Nuevamente, en la sección de Cultura de El Sol, dejamos una nueva sugerencia de lectura de un relato mendocino. Estamos convencidos de que la difusión de nuestros artistas y escritores nos hace crecer y darnos cuenta del enorme talento creativo de Mendoza.
Cada vez surgen más encuentros, performances, talleres, espacios de lectura, recitales poéticos, presentaciones de libros, homenajes y demás iniciativas que convierten poco a poco a Mendoza en un referente a nivel nacional de cultura auténtica y activa. Todo es gracias al gran esfuerzo y profesionalismo de los hacedores mendocinos. Hay que apoyarlos, conocerlos y recomendarlos.
Dedicamos este espacio a la literatura mendocina contemporánea, confiamos en que los lectores experimenten con cada sugerencia un creciente entusiasmo por seguir descubriendo los tesoros que hay en las páginas de los escritores mendocinos.
El cuento de Natalia Greta Martínez que compartimos hoy nos lleva a reflexionar sobre los roles de género aprendidos y cuestionados gracias a las reivindicaciones conseguidas a partir de la lucha de las mujeres.
Sobre la autora

Natalia Greta Martinez es profesora de Lengua y Literatura (UNCuyo), especialista en Escritura y Literatura (INFoD); diplomada en Corrección Ortográfica y de Estilo (UNCuyo) y diplomada en Escritura Creativa (UNTREF). Obtuvo el Primer Premio del Certamen Literario Malbec, en narrativa (2019); el Primer Premio del Certamen Literario para egresados de FFyL, poesía (2020) y el Primer Premio en el Certamen Mendoza de Regatas (2022), en poesía. Fue jurado del Certamen Literario Vendimia en la categoría Poesía en 2022.
En el 2020, publicó Patio Interior (Halley Ediciones). Su obra aparece en antologías en Argentina, Chile, Perú y México.

Emulador de supervivencia
—Mamá ¿estás segura de lo que hacés? Sabés que a papá no le gusta que le toquen sus herramientas —balbuceó la niña mientras su madre se sumergía concentrada en el motor.
—No te hagás problema, no se va a enterar. Aparte él fue quien lo rompió y nos echa la culpa a nosotras —tomó a su hija de los hombros y la abrazó para calmarla—. Pasame una pinza, el destornillador y esa cinta negra que tenés en la muñeca.
La niña se sacó lo que simulaba ser una pulsera y con una mano desganada se la entregó a su madre. La mujer no despegó la vista de su trabajo. Parecían brotarle manos de donde no tenía para terminar rápidamente. Debía apurarse. Había estudiado y leído todos los manuales, visto tutoriales de Internet e investigado sobre actualizaciones, sobre modificaciones de hardware y tantas otras cosas que quizá surgieran durante el proceso. Además, muchas veces había espiado a su esposo mientras hacía ese trabajo, le había preguntado, como quién no quiere la cosa, y se había memorizado todo lo que él realizaba. Ahora repetiría, como una coreografía de herramientas, cada pequeño paso que debía seguir.
El ruido de un auto frenando la hizo salir de su enajenamiento. Madre e hija se paralizaron como cualquier animal que siente el peligro reptando a sus espaldas. Por un segundo que se extendió por todos sus recuerdos vividos y por vivir, por un segundo que se quedó quieto entre su respiración y el picaporte de la puerta. Sus miradas se cruzaron y solo cuando escucharon que el vehículo seguía por la calle, soltaron la respiración y siguieron con el trabajo.
La madre volvió a su concentración. Debía apurarse. Repasó mentalmente el proceso y continuó. Cortó cables, realizó conexiones, atornilló y, por último, aceitó a la perfección los engranajes. Sabía que su esposo revisaría el motor al momento de su llegada, después de besarla y darle los regalos que se merecía por todo lo que ella significaba en su vida, pero los ojos inquisidores estarían mirando su preciado motor, su creación, su pertenencia.
No podía celebrar, todavía quedaba un paso final para que todo volviera a ser como era antes. Realizó un suspiro corto de satisfacción, pero intentaba tranquilizarse. El reloj le jugaba en contra y ya estaba cansada de la posición que debía adoptar para trabajar. Debía apurarse. Colocó cuidadosamente la tapa y comenzó a cerrar el cubo metálico. El primer tornillo le costó un poco, el segundo y el tercero no se resistieron. Pero su mano comenzaba a temblar cuando la estiró en busca del cuarto y último tornillo. Otra vez sintió el miedo escalarle los talones. No estaba. El tornillo había desaparecido. Observó desesperadamente la mesa, las sillas, el piso y hasta pasó su vista infrarroja por su hija que jugaba a unos metros de ella. Nada. Debía respirar y pensar rápido una solución. No podía ofuscarse. Decidió mirar más tranquila. Se movió lentamente, no quería arruinar todo el trabajo que había hecho, y se agachó. En el suelo, con el sudor acumulado en las sienes y la respiración entrecortada pudo distinguir una diminuta cruz brillante. Lo agarró firme entre su índice y su dedo gordo. Lo llevó a su lugar. Con sus últimas fuerzas, observó el motorcito cada vez más alivianado por los arreglos de su esposo. Esos mismos arreglos que pretendían solucionar todo desperfecto. Sonrió fríamente.
Alzó el motor con las dos manos, delicadamente, y lo encastró en el espacio vacío de su pecho. Ese que en un principio latía a viva voz, pero desde que su esposo comenzó a arreglarla, no era el mismo. Ese lugar había sido hurgado, maltratado, modificado. Volvió a sentir una ráfaga de electricidad ahí donde no debía sentir nada más que lo necesario. Todos los engranajes comenzaron a moverse con sus mecánicos latidos.
Miró a la niña que jugaba y sonrió, otra vez su corazón estaba arreglado. Su esposo no podría saberlo y ella seguiría siendo la mejor actriz. Seguiría simulando que su sistema operativo era el que él había instalado. Seguiría siendo la mujer ideal, la perfecta. Todo lo que él podría necesitar, quizá querer o hasta amar sin el desperfecto de decirle que no. Que no. Ese desperfecto que estuvo a punto de arruinarlo todo. Besó a la niña, su hija, la hija de ambos, pero que él llamaba “la falla”, el defecto de su programación. Ya que desde su ejecución su mujer no fue la misma, se dejó llevar por un sentimiento que no se comprendía y no se interesaba tanto en él como antes.
Todo el esfuerzo de ella tenía un sentido. Sonrió y volvió a besarla.
