Publicamos otra página más de cuentos mendocinos esta semana. Queremos llegar a todos los lectores para que conozcan la calidad y variedad de las obras que se escriben en Mendoza. Una región que desde siempre se ha reconocido como sitio de grandes autores, de enormes poetas. Muchos de nuestros escritores ya son reconocidos por su gran trayectoria. Habrá, seguramente, otros talentos aún inéditos.

Desde este espacio buscamos acercar a los amantes de los buenos relatos historias cautivantes, autores que merecen encontrarse con sus lectores y hacer visible su producción literaria. Es nuestro granito de arena. Sabemos que se necesitan muchos más espacios de difusión para la escritura mendocina.

Mediante estas publicaciones periódicas de creaciones de autores locales articulamos una invitación a disfrutar de los relatos que surgen de este sol, de este paisaje, y por cierto nos reflejan y nos definen como comunidad. Divulgar y celebrar la literatura de Mendoza es valorar nuestra cultura.

En este cuento, con una prosa cargada de metáforas, Natalia Flores aborda, sin caer en sentencias, temas complejos apenas sugeridos. El relato se desliza por la complejidad de las relaciones, los prejuicios y los mandatos que pesan sobre los universos femeninos.

Acerca de la autora

Natalia Flores es profesora en Lengua y Literatura, escritora y editora. Ha coordinado talleres de escritura en la Biblioteca Pública Almafuerte, en la Biblioteca Pública General San Martín y en la Biblioteca Municipal Julio Fernández Peláez. Dicta el taller de narrativa Ficcionario. Obtuvo el Tercer premio en cuento en el Certamen literario Oesterheld, Facultad de Filosofía y Letras de la UNC, en el 2008. Participó con su obra en las antologías Con premeditación y contundencia (Glifo, 2018) y Cómo soltar una desnudez (Fractura Ediciones, 2021).

Sus microficciones han sido compartidas en la revista Brevilla y en audiomicros “En su tinta” para la Radio de la UNAM. Ganó la Beca de creación del FNA en 2022. Ganó el Fondo de Fomento para Industrias creativas en 2023. Fue jurado de preselección del Gran Premio Banco Provincia en categoría cuento en 2023 y 2024. Fue jurado de preselección en el Concurso de Novela Hebe Uhart y jurado del Certamen Literario Vendimia, categoría novela en el 2024.

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Círculo cromático

La lona verde es un destello de fluorescencia en la siesta. Una minúscula rajadura en ella permite que se escape algo del universo que contiene. La ferretería tiene los ojos abiertos en esos momentos en que la gente del desierto se acuesta a descansar los sudores. La siesta es toda la ira descargada contra la chapa del cartel y el cierre perimetral de una casa al costado de la ruta. En los confines, las cosas también se rompen. Héctor suelta suspiros y se arrebuja frente a un ventilador. Las aspas son lo único que se oye hasta que entra un pibe a cumplir con el mandado. Algunos kilos de alambre. Héctor pesa el material del mismo modo que sopesa su existencia.

Por muchos años, fue un hombre dichoso y, con eso, ya habría una historia para contar. Su negocio era próspero, su esposa lo acompañó en ese delirio de ir al campo a probar suerte con la desbocada esperanza de que su capital se acrecentaría en algunos años. En este proyecto no hubo falla y así fueron ganando clientela y conquistando el medanal y una zona de caseríos decididos a invertir en esos arreglos cotidianos.

La noche venía como pedazos de pastillitas mentoladas, a sanar la piel y a apagar la ferocidad de las tuercas, tornillos, clavos, arandelas, mangueras, lonas, pinzas, alicates, alargadores y barnices ardientes. Y allí, bajo esa luna que era la misma de Atacama, Héctor tocaba el pelo de Sonia y la llevaba de la mano hacia un espacio de retamas y de cobijo de la lona verde. Desnudos, era la felicidad completa de las soledades.

Tuvieron que ir a la ciudad para confirmar el embarazo de Sonia. Ya no se sentía bien para atender la ferretería y tampoco salía a recibir a la señora del pan casero. Algo blanco y angustiante le tironeaba el vientre. Esto fue indicio de que aquella maternidad costaría más que cualquier otro desafío.

Sonia transitó el embarazo con sumo recogimiento. Empezó a frecuentar los libros que habían llevado al desierto y con ello, la debilidad por los mapas, los paisajes y los países remotos que soñó conocer. También resurgió el anhelo por estudiar geografía. Desde ese momento, Sonia coció un odio sabroso en jugos por el desierto, por la ferretería y por lo que, en principio, Héctor había decidido para la vida de ambos.

Una noche al lado de la retama, rechazó las caricias de su esposo y con su barriga ya tensa e indiscutible, la rabia aumentó a la par. Entonces salió y pidió a la señora del pan una lectura de una pieza completa con costra y migas. La fama de aquella mujer llegaba a los confines del medanal donde se la conocía con nombres semejantes a Circe, Morgana y Casandra. Era la máxima autoridad para augurar las suertes de harina y leudado. El procedimiento consistía en tomar una hogaza y abrirla del modo que resultase más placentero, que en esto del placer está descubrir los infortunios antes que ocurran. Entre la cantidad de migas desparramadas en el suelo y la consistencia precisa del interior, se le pedía al adivinado realizar una técnica de cavado con los dedos la cual dejara un cuenco lo más libre posible. Allí, en un pan huérfano de alimento, estaba la vida misma diciendo algo imposible de revertir. La señora del pan se rascó el mentón e insistió en varios “ajases” que desesperaron a Sonia.

Se revelaron dos asuntos: que iba a tener una niña y que la desdicha tendría un color. También advirtió que ese color no estaba definido, pero que con seguridad se habría de determinar en esos meses finales de la gestación. Como todos los vaticinios, este era tremendo y enigmático. Pero también, como todos los vaticinios, fue desoído y trasladado al terreno de la metáfora.

Héctor se refugió en las ventas y la atención de su negocio. Sonia continuó en su alejamiento. Vino a ocurrir que, al cabo de las treintaidós semanas, Sonia encontró aún más libros en las cajas y, entre ellos, un exquisito atlas con fotografías de todos los glaciares del país. Quedó maravillada especialmente con uno de nombre paradojal: el Castaño Overa. Sonrió y quiso ser parte de esos monumentos de hielo. Luego se tocó la panza y volvió a leer el epígrafe: El filo de la vieja. Aquello era una escarpada de una blancura insolente y suspensiva. Las sombras dividían dos clases de blanco en ese cuchillo de aguda línea en el que caminaban unos expedicionarios. De un lado, una nieve apagada; del otro, nieve resplandeciente bajo los rayos del sol. En este instante se definió el color.

Las pestañas de su hija le provocaron ganas de llorar. Sonia miraba a su nenita rosa y sostuvo la mollera, peligrosamente despoblada como se lleva una granada en medio de una guerra. El miedo también se apoderó de Héctor, emperador de los ferreteros, conquistador del arenal, padre del albinismo. Qué harían ahora. Desbaratar el negocio, mudarlo a un lugar propicio para la pequeña, porque aquel sol sin piedad iba a matarla. No. Por qué acceder a esa injusticia por la decisión caprichosa de los colores de otra. De los deseos ajenos de estar en cualquier parte. De la ingratitud de lo que ese desierto logró proveer en los comienzos. No. De ninguna manera.

Candela no vio un solo parque o las florcitas de la retama hasta más allá de sus cinco años. Vivía casi en permanente mortaja pues su ropa no permitía ni un mílimetro al descubierto. Todo lo que estuviera en exposición directa a la luz solar se le había presentado como la ira de dios. Y si alguien le había hecho esto bajo peligro de calcinación, no era un dios compasivo. Esto fue mucho antes en orden, que temerle al sol.

La señora del pan paraba a dejar el pedido y le hablaba de cuánto habían sufrido en el África, otros bajo el sol, que era el mismo en Atacama. La panadera envolvía a la niña en mantas y la subía a la bicicleta. Recorrían dos kilómetros por la ruta hasta el caserío y de vuelta a la ferretería. En ese gesto que empezó más por pena que otra cosa, surgió una nueva relación. La pequeña se atrevió a llamarla madrina.

Candela era imponente y blanca como los glaciares. Vivió a la luz de las velas, de las lámparas y del sol con todos los cuidados que sus padres y ella misma, supieron ofrecer. Así la niña fue al colegio, amasó con su madrina, atendió la ferretería y creció en tamaño hasta parecerse al filo de la vieja en los atardeceres cuando la cara era este y oeste. Para Sonia fue suficiente con esta única hija y no pensó nunca más en mirar los atlas. Se ocupaba de crear los ambientes adecuados para la salud de Candela porque la palabra melanina era un terror en sí misma y porque lo que más temía era que algún día su hija quedara ciega.

En verdad, no pasó mucho tiempo para que Candela se encegueciera con un compañero de colegio. Estaba llegando la primavera del último año en secundaria. Una escuela de ruta con un jardín tosco, pero desafiante de cara al jarillal, a los arbustos rastreros y las sombras de raquíticos algarrobos. Ahí en el centro de un jardín a destajo, crecía un rosal del cual Manu sacó la flor que daría luego a la chica más hipnótica del medanal. El color de Manuel era rojo y eso bastó para llenarla de amor y caminar el glaciar descalzo, si así lo quería. Y a esta intensidad no hubo oposición de Héctor ni de Sonia que pudiera disuadirla a esperar o siquiera a llegar a una veintena de años para vivir con su novio.

El día en que Sonia se enteró que sería abuela sintió algo blanco y angustiante retorcérsele en el vientre. Todos esos años en que cuidar de su hija había significado perder la luz, le pesaban como elefantes bailarines en una soga. Sólo debía evitar que Circemorganacasandra la hiciera cavar en la hogaza un destino adverso. También debía impedir que su hija pensara en lugares, en colores, en leer. Porque si la desgracia se había transferido a Candela era necesario hacerla pensar en nada.

Cuando Sonia le contó a Héctor cuáles iban a ser sus planes para controlar la mente de su hija, la acusó de haber enloquecido. Si alguien iba a manipular a Candela, más valía que fuera él.

En esos meses, Sonia se encargó de controlar a Candela de una manera enfermiza y cruel. Aunque en el desierto no fuera tan difícil esa tarea, lo más terrible era alejar a toda persona que pudiera generar ideas, imágenes o necesidades de que Candela eligiera un color.

La madrina de pan llegó una tarde en su bicicleta y pese a todas las precauciones maternales, soltó su profecía. Sonia apareció cuando las migas y el bollo vacío caían al piso. Se leyeron dos asuntos: que iba a parir una niña y que sería como una flor. La lógica de la rosa de Manuel era, al fin y al cabo, el mejor augurio sobre la tierra.

La clínica de la ciudad se elevaba como una estructura sosa de paredes níveas. Alrededor reposaba un parque con un sendero en custodia de jacarandás. Esta fue la última imagen que la pupila de Candela retuvo antes de entrar a la sala de parto. Una niña púrpura y ahogada iba a morir en su vientre.

Ahora Sonia espera la frialdad del glaciar. Ahora Héctor suelta suspiros y se acerca al ventilador. Se oyen las aspas. El medanal es un lugar extraño.