Mendoza crece y la movida cultural que se desarrolla en la provincia crece a la par. Hay cada vez más iniciativas artísticas de todo tipo: emprendimientos, proyectos, talleres, cursos, espectáculos, recitales, festivales, en fin, de lo que uno busque. Pero, en lo que respecta a la literatura, ¿cuántos escritores mendocinos conocen los mendocinos? ¿A cuáles de ellos han leído? ¿Por qué canales o medios circula las obras de literatura mendocina?

Sin dudas, en Mendoza hay muy buenos escritores por descubrir.  Nuestra literatura necesita mayor divulgación, para que la socialización de nuestras letras no dependa casi exclusivamente del esfuerzo de los artistas y las editoriales independientes que realizan todo a pulmón.

Mendoza tiene un prestigio literario a nivel nacional e internacional. Se lo debemos a los grandes autores de esta tierra que ya hicieron el camino, pero, hay muchos escritores en la actualidad que encuentran pocos sitios para dar a conocer su obra. Desde este espacio la intención es brindar a los lectores una oportunidad de encontrarse con las páginas de hacedores locales  y ofrecer a escritoras y escritores un sitio más para publicar su trabajo.

En  el cuento “Perrhijo”, Leo Dolengiewich nos acerca la voz de una protagonista narradora que, con sincero desparpajo, nos describe una situación familiar difícil. Sin embargo, lo que podría ser un verdadero drama, se nos devela con humor y, por momentos, tintes grotescos. Al final del relato, los sueños familiares se cumplen y todo parece volver a la ¿normalidad?

Perrhijo” es un cuento inédito que pertenece al cuarto libro del autor, en proceso de edición.

Sobre el autor

Nació en 1986 en Mendoza. Es escritor y psicoanalista. Tiene tres libros publicados: dos de microficciones La buena cocina (2015) y Colibríes feroces (2019) y uno de cuentos, La gente no es buena (2020). En el transcurso de 2024, editará su cuarto libro: Cara de culo en el día de la madre y otros cuentos.

Sus microficciones han sido publicadas en Argentina, Chile, Perú, México, España e Italia, tanto en antologías como en revistas literarias y sitios web especializados en el género. 

Desde 2016, coordina el taller literario Con premeditación y contundencia, dedicado al cuento y la microficción.

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Cuentos mendocinos: “Microherejías” de Mariano Giampietri

En Mendoza hay buenos escritores por descubrir.  Se organizan encuentros, recitales de poesía, reuniones de lectura, presentaciones, performances y talleres. Existen, además, varias editoriales independientes, chiquitas, que a pulmón realizan un trabajo excelente de difusión de literatura mendocina. La movida literaria cada vez…

“Perrhijo”

Vaya a saber qué vio la psicóloga que la atiende a mi prima Amalia que le recomendó que, mientras hacía el tratamiento de fertilidad asistida, adoptara un perro y lo tratara como a un hijo: que le pusiera un nombre, lo vistiera, lo sacara a pasear en un cochecito de bebés, lo llevara a visitar a los abuelos (los padres de mi prima), lo hiciera dormir en una cuna, lo sentara a la mesa y le diera la misma comida que comían ella y su marido…

Y vaya a saber qué le vio mi prima a esa psicóloga para haberle dado bola. La matrícula, no creo. La cosa es que le hizo caso. Un batata adoptaron. ¡Un batata!, ¡un perro que parece viejo desde que nace, para hacer de niño! Le hicieron la ropa a medida con una modista canina (yo no tenía idea de que tal cosa existiera, pero parece que, para ricos y para locos, hay de todo en la viña del Señor). Un body fue lo primero que le mandaron a hacer, para que fuera más fácil cambiarle los pañales. Mi mamá me lo cuenta muerta de risa. Pero parece que mi reacción es bastante lejana a la que ella espera, así que se pone seria e intenta una defensa: que yo sé que mi prima ha tenido depresión y que ha estado mucho tiempo de psiquiatra en psiquiatra, sin darle en la tecla exacta, que el sueño de su vida es ser madre, que yo le tengo que poner onda a la situación para no sumar más problemas…

—Pero esto ya es demasiado, ma. Que ella esté todo lo chiflada que quiera estar, que haga de su culo un florero si quiere. Pero yo no me voy a dejar arrastrar por su locura.

—Yo no te digo que vayas todos los días o que le hagas regalos o le hables al perro. Si no te sale, no te sale. Pero si alguna vez ellos te quieren ir a visitar o si te los encontrás en una juntada familiar, no armes un escándalo. Solo eso.

—No prometo nada. Voy a hacer un esfuerzo. Por vos lo voy a hacer. Pero no prometo nada.

—Te quiero, hijita.

La verdad es que dan cringe mi prima y su pareja. Yo no los veo. Pero la tengo a ella en las redes sociales. Su vida pasó a ser un reality show: veinte historias por día: desayunando con el perrhijo (Amalita dixit); Yendo al trabajo, te voy a extrañar Batato (foto del perro con sombrero mexicano y cara de “mátenme, por favor”); selfie con cara pensativa: que estará haciendo mi Tato?; Hijo te extrañé; A dormir temprano que mañana tenés un cumple Tato tato. Y también las otras historias: llegando a la Gineco, deseenmé suerte; Una grossa (foto con la ginecóloga y varios emojis de bracitos haciendo fuerza); foto del test de embarazo (brillante, mojado, meado) en primer plano, con una sola rayita, y de fondo las caras de ellos dos con gesto exagerado de tristeza y los puñitos a los lados de los ojos, como mimos que quieren dar a entender que están llorando. Yo no sabía que los tratamientos de fertilidad incluían lobotomía, pero las pruebas abundan.

Lo peor es encontrarme con gente que tenemos en común y que me pregunten Qué onda tu prima. ¿Qué onda mi prima?, qué sé yo, vive en Narnia, está a la vista de todo el mundo. ¿Qué me preguntás a mí?, ¿qué soy yo?, ¿la madre de la boluda?, ¿la abuela del perro? Todo eso pienso mientras contesto Bien, ahí anda, haciendo su proceso, o alguna pelotudez similar. Una es esclava de sus palabras, así que yo prefiero sarasear y no decir nada.

Después de una tortura de meses, mi prima ha logrado por fin quedar embarazada. Lo contó en el cumpleaños de mi mamá (tres golpecitos con el cuchillo a una copa, abrazo al perro, ojos llenos de lágrimas), mientras el esposo transmitía en streaming desde su celular la reacción de la familia. Yo tenía unas ganas de arrancarle el celular de las manos al tipo y tirarlo por la ventana… Si no lo hice, fue por mi mamá. Era su cumpleaños y tuve eso como norte: era su día, su festejo, y yo no se lo podía cagar. Número redondo, para colmo. No todos los días se cumplen setenta años. Los que se pasaron por los huevos todo eso fueron estos energúmenos. ¿No podían dejar de protagonizar ni un segundo?, ¿no podían pensar que mi vieja y sus setenta iban a quedar en segundo plano después de la noticia? Era para matarlos.

De todos modos, alguna ficha les cayó —o alguien los cagó muy bien a pedos— porque me acaba de llamar mi vieja contándome que hoy, dos días después del cumple, acaban de llamarla pidiéndole disculpas por la escena, por haberlo hecho de ese modo y durante su cumpleaños. Y hasta subieron por primera vez en mucho tiempo una historia de una foto sin el perro; sin el perro y con ella, felicitándola por su cumpleaños. Para como venía la mano, un montón.

Es increíble. En lo que va del embarazo, mi prima está más centrada que nunca. Dejó de publicar tanta pelotudez y empezó a hacer algo un poquito más normal, lo de toda embarazada: foto con las manos abrazando una panza que apenas se abulta, fotos de la panza con unos escarpines rosados encima y un Te esperamos Mica, fotos de ellos tres (el perro aún vestido, humanizado) y la leyenda Te esperamos Pipi, con tu papá y tu hermanito Tatito. Eso es lo único que no se ha enderezado: el perro sigue vestido, durmiendo en la cuna o haciendo colecho (falta que le dé la teta, nomás). Aunque no queda otra que confiar: realmente, nunca la vi tan bien a Amalia. Conecta con la gente, se interesa por el otro, se calla y escucha, escribe para saber cómo está una sin ningún pedido bajo la manga… Algo de esa terapia, o de la medicación psiquiátrica, o del embarazo, le ha puesto un poco los patitos en fila. Y, de a poco, a todos se nos ha ido haciendo familiar la presencia del perrhijo. Ya es parte de la escena.

Los primeros meses vienen siendo así, sin mucha novedad. Todos, de alguna manera, hemos logrado surfear la situación. En la familia y entre los amigos ya no se habla del perro entre dientes y a espaldas de mi prima y su marido. De hecho, ya casi nadie lo llama “el perro”. Hablan del Batato, del Tato o del perrhijo. Algunos, incluso, han empezado a subir con orgullo fotos a las redes con el susodicho.

Hasta yo fui una lady y me fui a su casa una vez a cuidarle al perro mientras ellos se iban a hacer una ecografía. Todo muy polite. Yo, con el solo hecho de no “desubicarme”, evito darle disgustos a mi vieja y me aseguro un buen adelanto de herencia disimulado en pequeños pero frecuentes pedidos de rescate financiero.

Hay baby shower. Y tengo que participar. Me obligó mi vieja. Con una mirada, me hizo saber que no podía no ir. Pero, bueno, yo aprovecho la oportunidad. Aunque dudo ya de todo, le hago un regalo que pienso que va a ayudar a terminar de acomodar las cosas. Le he traído una cucha y sábanas nuevas para la cuna. Sábanas bordadas que dan claras indicaciones de lo que debe ser. Para que vayas acomodando cada cosa en su lugar, le digo mientras extiendo el regalo frente a todo el mundo. Y casi todos los presentes celebran mis palabras con risas y asentimientos exagerados con la cabeza.

Y la niña nació. Y, efectivamente, mi prima ha ordenado todo como corresponde: un perro nuevo —no humanizado— en la cucha y mis dos sobris en la cuna, con unas sábanas hermosas que tienen bordada la leyenda Tato y Mica.

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