El 14 de junio de 1985, Juan Vital Sourrouille, segundo ministro de Economía del presidente Raúl Alfonsín, lanzaba oficialmente para todos los argentinos el Plan de Reforma Económica, que a poco tiempo de andar tomaría el nombre de Plan Austral, por la denominación que se le daría desde entonces al peso.
El Plan Austral fue uno de los dos programas económicos de estabilización por el que Alfonsín buscaría, denodada e infructuosamente, dominar los efectos negativos de una economía que transitaba por una barranca hacia abajo a toda velocidad desde 1975, año en el que la Argentina ingresó de lleno en una etapa de alta inflación sostenida en el tiempo y pasando, incluso, por dos híper absolutamente dañinas. Bien se pude decir que aquella etapa de profundas crisis inflacionarias, inaugurada con el Rodrigazo de 1975, persiste hasta la actualidad, habiendo sido sólo interrumpida por unos breves períodos de cierta tranquilidad en los 90 , episodio en los que, pese a los éxitos obtenidos en materia fiscal, no consiguió hacer despegar al país como se soñaba, pero sí hacer crecer la pobreza, el desempleo y profundizar la brecha entre ricos y pobres.
El gobierno de Alfonsín, iniciado en 1983, luchaba contra los dos enemigos de la joven democracia argentina, la que había renacido con él: las asonadas militares con su permanente y latente amenaza de sublevaciones contra las instituciones y los efectos de la economía enferma por más de una década: la recesión y la alta inflación, justo de lo que hoy vuelve a hablarse en la Argentina, a las puertas de la era Milei. Recesión, estancamiento y aumento de precios, la famosa “estanflación” que el presidente electo ha vaticinado para los primeros tiempos de su gobierno que arranca el 10 de diciembre.
Al presidente Alfonsín, con el paso de los años, se le reconocería todo lo que hizo a favor de la consolidación de la democracia, a tal punto que nadie le podría discutir el bien ganado mote de “Padre de la democracia”. Pero no pudo con la economía. El malestar generalizado y el fracaso de los planes de estabilización que ordenó ejecutar, por el mencionado Plan Austral, al que le sucedería el Plan Primavera, lo condujeron hacia el abismo, empujado no sólo por los resultados negativos, sino también por un ascendente Carlos Menem que desde el control del peronismo saboteó constantemente al débil gobierno de Alfonsín y la corporación sindical, la CGT, que no dudaría en aportar lo suyo al lado de Menem para que aquel gobierno constitucional se terminara yendo seis meses antes de concluir el mandato.
A fines de 1984, la economía del período alfonsinista reflejaba números catastróficos. Cuenta Pablo Gerchunoff en su Planisferio Invertido que aquella economía estaba “apoyada sobre la cabeza de un alfiler” y que se estaba “marchando hacia la recesión y una inflación del 626 por ciento”. El repaso de la historia reciente del país nos conduce a confirmar que los males del hoy no han sido otra cosa que los mismos males del pasado, y que las recetas que hoy se dice que podrían aplicarse para los dramas de hoy, han sido las mismas o muy parecidas a las que ejecutaron antes. Con lo que, según donde cada argentino se ubique, puede encontrar para sí la respuesta con la que mejor se lleva para dejar tranquilo su prejuicio: nos puede ir igual de mal que en esos momentos que se recuerdan, o bien, si se corrigen los errores cometidos entonces, quizás se le encuentre la salida a esa economía malformada que hunde a generación tras generación.
El Plan Austral ha sido tomado como uno de los caminos que se eligieron en un momento determinado para intentar combatir descontroles como el actual. Gerchunoff recuerda, como parte de aquel gobierno, que tuvo un efecto estabilizador mágico y, como tal, fugaz. A fines del 1984 la economía en manos de Bernardo Grinspun ya había probado con la devaluación de la moneda, un aumento en las tarifas públicas y en una notable restricción de la oferta monetaria, junto con algunas medidas de ajuste o recorte de gasto público en salarios, jubilaciones y erogaciones militares, pero todo se encaminaba a “un largo camino contractivo, infinito para una democracia naciente y por lo tanto un malestar profundo para Alfonsín”.
“A comienzos de 1986 –recuerda Gerchunoff– el Plan Austral parecía ser un éxito económico, político e intelectual y no sólo fronteras adentro. Era posible para los actores y los observadores de la época que las aspiraciones de la democracia naciente se efectivizaran. En noviembre de 1985, el premio nobel Franco Modigliani visitó el país para interiorizarse ‘del milagro argentino’ y pidió reunirse con el presidente. David Mulford hizo lo mismo para ver ‘de primera mano el éxito del Plan Austral’. Alfonsín cosechaba políticamente los frutos (…) con un placer que no podía disimular ni en sus intervenciones públicas ni en las reuniones privadas. El peronismo estaba paralizado, la derecha en silencio, los radicales eufóricos, la sociedad apoyando”. Más adelante, el escritor y economista se pregunta: “¿Cuándo fue entonces que tan temprano como marzo de 1986, repentinamente para el presidente, la inflación se aceleró a 4,6 por ciento y en abril se abandonó el congelamiento y comenzaron a ajustarse el tipo de cambio y las tarifas públicas dando a conocer simultáneamente una pauta para los salarios y los precios privados? La respuesta es que el déficit fiscal había superado el 4 por ciento del PBI y todo hacía suponer que seguiría aumentando”, de modo que, a nueve meses del inicio del maravilloso plan, aquel aumento del gasto comenzaría a quebrar la paz económica.
Hubo, en verdad, explicaciones, como siempre, que justificaban el fracaso, decisiones tomadas por un gobierno que, como tantos, sucumbe a la tendencia del falso progresismo, con fuertes dosis de demagogia y algo de populismo. La primera decisión, enumera Gerchunoff, fue el aumento de las jubilaciones en un 15 por ciento antes de las elecciones de medio término de noviembre de 1985; la segunda, una fuerte inversión en YPF; y una tercera que tuvo que ver con un incremento del 20 por ciento de los ingresos de los militares, extendido a los docentes y al personal de salud.
Del 2 por ciento mensual de inflación después de haber tenido cerca del 600 por ciento anual, se pasaba rápidamente a cerca del 5 por ciento otra vez mensual, para llegar en poco tiempo al 10 por ciento mensual. Y a Alfonsín comenzaba, en 1987, a acabársele el tiempo. Sobrevendría la lastimosa y penosa Semana Santa de 1987 y un nuevo congelamiento de precios, recuerda Gerchunoff, a menos de veinte meses del primero. Y en octubre de aquel año, otro plan, el Primavera, todo en medio de un recorrido para Alfonsín extremadamente difícil que se agravaría en 1988 con el triunfo de Menem sobre Antonio Cafiero. Si la interna peronista se hubiese resuelto al revés, quizás el final hubiese sido distinto para un período de renacimiento democrático que no debió haber terminado como finalmente lo hizo, injustamente.
