Enojo no es precisamente lo que se percibe o lo que se palpa en el ánimo social de los mendocinos. Más bien hay indiferencia en general hacia todo y por todo el movimiento político y electoral, que ya encendió el motor y se enfila a toda máquina hacia las elecciones de setiembre y noviembre.
Pero sí existe preocupación, y no por la pandemia de coronavirus en sí, que ya superó el año y medio de estancia entre nosotros, ni tampoco por la cercana variante Delta, que ya tocó la puerta del país y que amenaza con extender sus efectos por todo el territorio. Si hay algo que a la mayoría de las personas les produce escozor –ciudadanos mendocinos todos ellos–, más que nada por el futuro incierto que se les ofrece, por la ausencia de respuestas y medidas eficaces para hacerle frente, por el persistente y sistemático repiqueteo de sus consecuencias dañinas las que nublan cualquier intento de planificación tanto individual como colectivo, es por la inseguridad económica constante, que amenaza con la pérdida del empleo al que lo tiene y con la desesperanza de conseguirlo al que no lo tiene, o que lo perdió como se quiere y como se ha pensado mientras se discurre por los mejores años de la vida de cada persona.
Ese es el panorama social, con ese clima a flor de piel se encontrarán los candidatos de las próximas elecciones; o al que se enfrentarán cuando diagramen sus discursos y propuestas para seducir y convencer a los electores.
Oficialismo y oposición, como el resto de las fuerzas políticas menores o de reciente aparición, conocen el diagnóstico y el estado de situación. Está contenido en un estudio de intención de voto, pero, más que nada, de un trabajo que describe y enumera los temas y asuntos que interesan sobremanera a los mendocinos al que todos ya han tenido acceso. Ha sido elaborado por uno de los consultores más creíbles y respetables de Mendoza.
Hay que decir que, frente a otros documentos realizados por el mismo consultor u otros durante los días previos de la elección general del 2019, no hay mucha diferencia de resultados y de motivaciones de los que había entonces. Con lo que, para la clase dirigente, el panorama es el mismo, con algunas variantes que saltan a la vista, porque dos años atrás no existían, como la pandemia de coronavirus, por citar la más clara de todas. Lo que significa, por otro lado, otra suma de nuevos elementos a esa larga lista de necesidades insatisfechas que sigue sin responder la política y que coloca a sus actores en situaciones mucho más incómodas a medida que pasa el tiempo y que los acerca, como si fuera poco, a esos momentos de puro infierno que vivieron ellos en carne propia veinte años atrás, y todos en general, con el imborrable “que se vayan todos”.
El trabajo de campo ha identificado que existe un alto grado de angustia e intranquilidad por la situación económica. Se percibe, especialmente en los segmentos más jóvenes. Ellos, los más jóvenes, están convencidos de que la pandemia pasará en algún momento y que no será para siempre ni eterna. No ocurre lo mismo con la tragedia económica que se vive en el país.
Para los menores de 45 años, ese es, la inseguridad económica, el máximo motivo de agobio o de aflicción. Para los mayores, las tribulaciones conforman un combo que protagonizan el miedo al COVID y la inseguridad que genera el delito. Para los sub-45, en cambio, hay indiferencia generalizada, y entre ellos se encuentra el grueso de los más de 30 puntos de indecisos que tiene la sociedad frente al enigma electoral.
Ahora bien, la grieta ideológica que divide a Argentina entre los que apuestan a una democracia liberal, representativa y republicana con un país abierto al mundo, frente a otro modelo basado en un sistema de control de todo o de casi todo desde la administración del Estado, por el que se apuesta a vivir con lo nuestro, y donde la satisfacción y realización individual y colectiva queda sólo sujeta y condicionada a la expansión del gasto público y no mucho más; esa grieta aparece en el sondeo y se refleja en casi la mitad de los encuestados.
En esa porción importante de los mendocinos, de casi el 50, hay decisión electoral y política. Allí no hay dudas y todo parece estar definido con una ventaja a favor del oficialismo provincial. Y aquel 30 por ciento de indecisos determinará, cuando vote, el resultado de la elección, además del lugar que Mendoza les destinará a las terceras fuerzas que buscan hacerse un lugar entre los dos extremos de la grieta. Esa tercera opción, que en la última elección fue ganada o satisfecha por José Luis Ramón y su partido Protectora, podría moverse en un rango de 10 a 24 puntos, de acuerdo con las proyecciones entre pesimistas y optimistas que se hacen en las usinas estratégicas del oficialismo como también de la oposición.
También hay lugar para los que no se inclinan por nada ni por nadie y están convencidos de ello. Esa opción se refleja, al menos hoy, a un poco más de un mes de las PASO, en el 10 por ciento de la población.
Pero los mendocinos, como está dicho, tienen puesta la atención en otro lado, lejos de la batalla electoral, amén de la grieta y de la decisión de aquel 50 por ciento que ya la tiene tomada. Hay un 20 por ciento que le tiene todavía temor a la pandemia, o que, al menos cuando se habla de temas de interés mayúsculo, el COVID figura al tope de todo. Son los mayores de 50 años, en su gran mayoría. El 80 por ciento restante está mirando la inflación y la crisis del empleo.
Se trata de aquellos que están convencidos de que este momento infausto dominado por la pandemia se terminará, pero que con los problemas estructurales, los de siempre, Argentina no puede. Es un asunto que, en general, desestabiliza y desenfoca, y no permite pensar, proyectar e imaginar con tranquilidad y serenidad.
