Perdida en la oscuridad de las adicciones y casi sin saber cómo, Paula fue madre hace once años. Superada por la situación, atinó a dar su bebé en adopción. Hoy es un hermoso pre adolescente que vive con Patricia y Marcos, sus padres adoptivos. En realidad, la adopción fue mutua. Patricia y Marcos criaron a Adrián con compromiso, con presencia, con intenso y continuo amor. Él conoce su origen y su historia, ellos se lo han contado desde el principio. También conoce a su madre biológica, que ha logrado mejorar aquella vida sin rumbo y acordó con Patricia y Marcos un régimen de encuentros con Adrián. El chico sabe todo y, a conciencia, llama a Patricia y a Marcos Mamá y Papá, respectivamente. Les dice que los ama y que los elige. Se los dice con palabras y con actitudes. Adrián es un chico despierto, activo, creativo, interesado por la vida, le gusta estudiar, juega al fútbol, ama y cuida a los animales (entre perros y gatos tiene cuatro mascotas). Tiene una buena vida en el mejor sentido de ese concepto.
Ninguna de estas personas se llama así, pero todas existen. Esta historia es verdadera. Patricia y Marcos son queridos amigos míos. Los lentos y oxidados goznes de la burocracia (que jamás repara en cuestiones humanas) hicieron que completar el proceso de adopción fuera tan largo como los años vividos por Adrián hasta hoy. Finalmente, Adrián acaba de recibir su documento y existe legalmente (él, cuya amorosa existencia viene mejorando el mundo desde hace más de una década). Lleva ahora, oficialmente, el apellido de Marcos. Pero no el de Patricia. Y sí, también, el de su madre biológica. Al cumplir dieciocho años podrá optar por darlo de baja e incorporar el de Patricia.
Las leyes y sus ejecutantes son imperfectos de por sí. Aquellas son creaciones humanas y estos son personas. Pero las leyes resultan siempre leídas e interpretadas por humanos que denuncian en esa interpretación su cosmovisión y su ética. También las de una cultura. El caso que narro aquí reactualiza una pregunta: ¿basta la biología para consagrar la paternidad o la maternidad? La respuesta afirmativa alcanza en otras especies, pero si somos humanos es porque, como señaló Víktor Frankl (médico, psicoterapeuta y gran pensador humanista), trascendemos las dimensiones biológica y psíquica, y sus determinismos, y accedemos a la espiritual. En ella habitan la conciencia, que al darnos la facultad de elegir nos hace libres, que nos permite reconocer, nombrar y transmitir nuestros sentimientos y valores a través de nuestras actitudes, y que, por fin, nos convierte en seres responsables, seres que eligen y están capacitados para responder por las consecuencias de sus acciones.
Lo principal de la paternidad y la maternidad no es el rol. Es la función. Aunque suene crudo, la biología es un accidente. Para que sea más que eso (en el caso de la reproducción) hay que construir un vínculo preñado de amor y de sentido, construirlo cada día. Cuando quien concibe a un chico es también quien, en la vida, cumple las funciones de padre y madre (que van mucho más allá de proveer materialmente y atender las formalidades de la salud y la educación) se puede decir que naturaleza y cultura han armonizado. Cuando no ocurre así, lo importante es que, en la vida del niño, aparezcan personas capaces de cumplir tales funciones con amor y atención hacia las necesidades de esa vida en construcción. Como dice una amiga mía, si existen ese amor, esa presencia y ese compromiso, todos deberíamos llegar a ser hijos adoptados. Es que adoptar al hijo (biológico o no) es algo que siempre debe hacerse, es una tarea existencial de la cual la biología no exime a nadie. Es la construcción real del amor. La biología es un dato. Para que no quede sólo en eso, hay un trabajo fecundo a cumplir. Trabajo que tanto realizan padres biológicos como tantas mujeres y tantos hombres que son madres y padres cabales sin haber concebido a sus hijos. Unos y otros dan existencia real al vínculo. Todos adoptan a sus hijos como tales. Todos somos, nacidos o no de quien nos crió, hijos adoptivos del amor.
Estas cosas no suelen entrar en la redacción de las leyes y en su cumplimiento. Es necesario que una mirada humanitaria y humanista las vea, las comprenda y, desde la ley, las ilumine. Para Adrián, Patricia es su mamá. La planta siempre sabe de dónde proviene la luz que necesita y hacia ella se orienta. Patricia no tuvo a Adrián en su vientre, pero lo tiene en su corazón. Se sabe y se siente madre. Esperará a que él pueda llevar su apellido. Son siete años apenas en toda una vida de amor.
