Sergio Massa acaba de coronar ese festival de transfuguismo y travestismo político que ha envuelto, convertido y dominado a la dirigencia argentina dentro de su sistema democrático. Su integración a las filas del kirchnerismo, del que se había alejado en el 2013 con promesas de no volver nunca más y que en caso de llegar a la presidencia no descansaría hasta ver a todos sus exponentes presos en su totalidad, se trataba de un secreto a voces luego de que su avenida del medio comenzara a flaquear, a vaciarse de contenido con muy pocas esperanzas de éxito.

Massa ha sido el último, por ahora, de ese lote de dirigentes y protagonistas excluyentes de la política argentina que han encabezado Alberto Fernández y Miguel Ángel Pichetto cuando decidieron dar un giro de 180 grados para ubicarse y conseguir cobijo en las antípodas de los que venían cuestionando y criticando. Cuestionando y criticando, desde la ideología y desde la ética, hay que aclarar tanto en uno como en otro de los casos.

En rigor de la verdad, ni Massa, ni Alberto Fernández –quien estuvo diez años en la vereda de enfrente de Néstor y de Cristina Kirchner–, ni Pichetto –quien fue fiel y leal a Menem, Duhalde y a Néstor Kirchner– han sido hechos únicos e inéditos en la Argentina, ni lo serán seguramente.

El caso más notable de saltimbanquismo político de la historia reciente ha sido sin dudas el del médico Eduardo Lorenzo Borocotó, que de militar y de formar parte de las filas legislativas del macrismo en el 2005, saltó de un día para otro hacia el kirchnerismo. Desde ese hecho hasta ahora, este tipo de pases inexplicables para muchos y lastimosamente habituales en la política argentina han pasado a denominarse vulgarmente asuntos típicos de borocotización.

Esta suerte de enfermedad que se ha apoderado de la política argentina tiene varios culpables. Pero hay algunos más culpables de otros. En realidad, en el 2015 pareció operar en la sociedad argentina una fuerza arrolladora por hacer subir a la nación, uno o varios escalones en cuestiones de institucionalidad. Hartos de una manipulación constante, de la prepotencia de Estado, del apagón estadístico y hasta judicial que se había impuesto, los argentinos parecieron frenar y virar hacia otras direcciones. Buscaron claramente un cambio de paradigma, una transformación cultural.

Hoy la Argentina está casi en el mismo lugar que aquel lejano 2015. Por eso, en cuestiones de culpas, las tienen algunos más que otros. En primer lugar, el gobierno de Mauricio Macri, el mismo que hoy con la incorporación de Pichetto pretende ser reelecto. Una administración que fracasó sistemáticamente en su plan económico y social, invirtiendo irónicamente la mayor cantidad de recursos de la que se tenga memoria destinada a los sectores más vulnerables. Pero la salida del sistema de subsidios que sostenía el pago de los servicios públicos por parte de los ciudadanos, donde el sector de la energía era a todas luces el más amenazado por la falta de producción y por la voluminosa suma de millones de dólares que se destinaban a su importación y que se encontraba a punto del colapso, no fue acompañado por un programa económico que frenara la enfermedad, también casi terminal, que se había apoderado de la mayoría de los sectores del desarrollo: la industria, la agricultura, el comercio y esa decadencia que todavía persiste en las economías regionales.

La pésima performance de la economía, claro está, la crisis cambiaria, la inflación por sobre todo y la recesión imperante agravada durante el gobierno de Cambiemos, hoy Juntos por el Cambio, explican el actual estado de las cosas.

A Macri no le alcanza con aquel cambio de paradigma que prometió en el 2015 para volver a imponerse. No le alcanza por el fastidio generalizado que ha provocado la ausencia de buenos resultados económicos y que le ha hecho perder de forma sostenida imagen y buena impresión en torno a la gestión, sobretodo. Y la manera que ha encontrado para salir del atolladero, además de entregarse a la suerte, ha sido eso de ir a buscar una ampliación de su base de sustentación que debió hacer allá por el 2016, cuando se encontraba en la cresta de la ola y con su credibilidad intacta. Se trata de maniobras y estrategias de la que los políticos suelen ufanarse y que la sociedad poco entiende y a la que le resulta difícil de descifrar. Ya no hay tiempo para las transformaciones económicas, ni para que escupan buenos resultados. Entonces hay que ir desesperadamente por el atajo; un atajo que se disimula, al que se lo adorna y se lo muestra lo más presentable posible, pero que esconde frustración y fracaso.

A Cristina y a su escudero Alberto Fernández, con el kirchnerismo a cuesta, tampoco le alcanza para derrotar a Macri y compañía. Ese 30 por ciento de base sólida que sustenta al kirchnerismo no es garantía suficiente para alcanzar la gloria. Por eso Cristina no encabeza la lista, claro está. Necesita de los Fernández, como Alberto y de los Massa, como Sergio y de todo lo que pueda llegar a absorber de esa avenida del medio que se fue descarando por errores propios, desde ya, de quienes la protagonizaban.

Sin embargo, el cambio de paradigma con el que muchos se entusiasmaron en el 2015, ese que los sacaría definitivamente del populismo prepotente y a todas luces ineficiente, sigue para muchos, sorprendentemente, vivo. Como siempre y no por eso menos vigente, por haber sido prostituida de tanta mención y alusión que se le ha hecho, la salida vuelve a estar en manos de los manipulados y de los usados a cambio de nada. El problema es que en el menú que se nos ofrece se han mezclado todos. Pero a esos platos hoy más que nunca hay que exigirles más que seriedad y responsabilidad: seriedad y patriotismo en serio, quizás.