Decenas de personas se tiraban sobre el vidrio que los separaba de los asesinos. Enfurecidos y llorando mientras gritaban, les manifestaban su dolor y bronca ante la mirada taciturna de quienes sólo escuchaban y compartían el sentimiento. Y cuando los tres se retiraron de la sala, los aplausos, al compás de la frase “por fin se hizo justicia”, se escucharon a viva voz.
Así, los familiares de Saverio Santarossa (75) y Lorenzo Paez (70), quienes fueron apuñalados y asesinados en San Carlos el año pasado por dos hermanos que ayer recibieron la pena de prisión perpetua en la Tercera Cámara del Crimen por ese terrible episodio con fines de robo -su padre fue absuelto-, entendieron que “ahora sí estos criminales estarán de por vida en el lugar donde deben morir”, explicó uno de ellos en el pasillo del quinto piso de los Tribunales locales.
El progenitor de los matadores también fue juzgado y absuelto por el beneficio de la duda, tal como lo solicitó la fiscal de Cámara, Gabriela Chávez, que subrogó a Oscar Giacomassi.
Sin embargo, los allegados a las víctimas sostuvieron que si bien están conformes con la pena impuesta para los hermanos Daniel (27) y Eduardo Adarme (23), no lo están con la decisión que tomó el tribunal beneficiando al padre de ellos, Daniel Orlando.
Las pruebas contra los malvivientes sobraron para mandarlos a prisión. En primer lugar, Eduardo se adjudicó el hecho durante la instrucción, y su hermano, sobre quien existía poco y nada en un primer momento de la pesquisa para vincularlo al hecho, cometió un error grosero en el mundo del hampa: amenazó al nieto de 10 años de una de las víctimas, manifestándole que iba a matarlo a él y a su perro, porque le había ladrado, tal como lo había hecho con su abuelo.
Cuando el niño declaró durante el juicio, más de uno se conmovió con su relato. El pequeño se quebró en más de una oportunidad ante las partes del proceso oral, pero eso no impidió para que los jueces le creyeran. Es más, los psicólogos del Cuerpo Auxiliar Interdisciplinario (CAI) manifestaron que era “altamente probable que el chico haya sufrido una amenaza de esas características”.
En tanto, contra Eduardo Adarme las cosas estaban claras: él explicó a la policía que había cometido los homicidios y que escondió el cuchillo y un par de borceguíes en un pozo cercano a su domicilio.
Cuando los peritos excavaron el lugar, hallaron los elementos que había señalado y, cuando analizaron la sangre del cuchillo, un ADN determinó que correspondía en un 99,9 por ciento a la de Santarossa.
Además, tenía manchas hemáticas de la misma víctima en un pantalón.
Por otra parte, en la casa de los Adarme encontraron una bolsa con cuatro balas calibre 22, que pertenecían al arma robada de la vivienda de las víctimas.un triste final. Las víctimas y los asesinos eran amigos desde hacía muchos años. Los dos ancianos vivían juntos y compartían gran parte de la semana con los victimarios, quienes conocían todos los movimientos de la casa.
Daniel padre e hijo eran los que visitaban la vivienda de las víctimas con mayor frecuencia -donde funcionaba un taller de herrería, propiedad de Páez- ubicada en la calle Rosario Bustos de Zapata, en La Consulta,?San Carlos.
El 13 de junio del año pasado, quedó acreditado que los hermanos ingresaron a la morada de los ancianos al caer la noche con el objetivo de robar la jubilación de uno de ellos y el aguinaldo del otro.
Sabían que ese día las víctimas tendrían el dinero en su poder, ya que iban a cobrarlo en horas de la tarde, pero eso nunca ocurrió.
Cuando todos dormían, algunos vecinos sintieron dos disparos y un familiar de ellos que vivía a 200 metros de allí llegó hasta la vivienda y se encontró con un desolador panorama: los ancianos habían sido apuñalados y uno de ellos -Páez- se encontraba todavía con vida.
Los disparos que se sintieron pertenecían al revólver que Santarossa tenía por cualquier eventualidad, que fue robado de la escena del crimen y nunca apareció.
Según trascendió en el debate oral y público que comenzó el 2 de noviembre bajo la presidencia de Isidro Peña e integrado por Marcos Pereyra y Orlando Vargas (todos pertenecen a otros juzgados), Santarossa intentó defenderse, trenzándose a los golpes con los delincuentes, y gatilló su revólver calibre 22, pero no le pudo resguardar su vida: recibió una puñalada en el ojo izquierdo y otra en el abdomen, que lo mataron en el acto.
Por su parte, Páez intentó huir de la escena, aunque no logró hacerlo. Uno de los asesinos le asestó seis cuchilladas: tres en el pecho, una en la oreja y las otras en el abdomen. Falleció cuando lo trasladaban al Hospital Scaravelli, en Tunuyán.
Los asesinos lograron llevarse un reloj, 200 pesos y el revólver de Santarossa. La plata que iban a buscar no la encontraron por una simple razón: iban a cobrarla al otro día.
Finalmente, después de un año y medio de dolor, los dos asesinos irán a prisión, y su padre, sobre quien la fiscalía no halló pruebas para condenarlo, recuperó la libertad ayer a la tarde, luego de que así lo ordenaran los magistrados.
La querella estuvo representada por Edgardo Valles y Lorena Martín. Para la letrada este juicio no fue uno más. Ella es hija de un hombre que fue asesinado a mediados de junio del 2007 y el presunto asesino, Eduardo Adarme, fue absuelto por falta de pruebas.
“Esto es una doble satisfacción para mí, primero porque estas dos víctimas van a descansar en paz, y segundo, porque mi padre y toda mi familia ahora podrán vivir tranquilos”, sostuvo la letrada, a duras penas, porque el llanto -el mismo que tuvo mientras escuchaba la sentencia-, le impedía hilvanar una frase tranquilamente.
Mientras ella dialogaba con El Sol, a sus espaldas pasaban los asesinos y toda la gente gritaba sin parar: “¡Por fin se hizo justicia!”.