La joven mexicana de 20 años fue detenida el sábado 29 de marzo en El Plumerillo: dias antes había caído otro hombre oriundo de ese país.

Sinahí García Ramos tenía apenas 20 años cuando su vida dio un giro brutal. La madrugada del sábado 29 de marzo, cuando la mayoría de los jóvenes de su edad dormían o volvían de alguna fiesta, ella descendió del vuelo CM420 de Copa Airlines en el Aeropuerto Internacional El Plumerillo de Las Heras con 19 envoltorios de metanfetaminas pegados a su cuerpo con cinta adhesiva gris.

No era una narco. No era una criminal de carrera. Era, como terminó reconociendo la propia Justicia federal en la sentencia que la condenó recientemente a cuatro años y medio de encierro, “el eslabón más débil en la cadena internacional de tráfico” de sustancias prohibidas.

La historia de la joven es la de miles de mujeres que terminan convertidas en “mulas” del narcotráfico: madre soltera, mesera en un bar de Altamirano, México, viviendo con su hijo de dos años, la madre, su padrastro, los hermanos y una abuela en una casa humilde de la calle Chimpancilgo. Una situación de vulnerabilidad que los carteles mexicanos saben detectar y explotar con precisión quirúrgica.

Aquella madrugada, cuando atravesó los controles migratorios argentinos con su pasaporte mexicano, ya estaba complicada. La Procuraduría contra el Narcotráfico (PROCUNAR) había recibido una alerta desde el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos: la joven transportaba MDMA (éxtasis) desde Cancún hacia Mendoza, tal como reveló El Sol.

La Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA), la Policía Federal y personal de ARCA la esperaban. El body scanner no dejó lugar a dudas. Entre sus prendas, adheridos estratégicamente a su torso y espalda, llevaba 4,118 kilogramos de metanfetaminas divididos en 19 envoltorios. En la calle, esa droga vale más de 100.000 dólares.

El trasfondo de esta historia es impactante: por lo que supieron en la instrucción, su familia había sido amenazada. Los carteles mexicanos no suelen pedir favores; imponen órdenes. Ramos García trabaja como mesera en un bar, ganaba lo mínimo para mantener a su hijo de dos años y ayudaba en una casa donde convivían siete personas, contaron fuentes del caso.

Para el cartel que la reclutó, reunía todos los requisitos: joven, sin antecedentes penales, con necesidades económicas y vulnerable.

La joven madre no era la primera mula que llegó en esos días vía aérea a Mendoza. Apenas 15 días antes, el viernes 14 de marzo, otro mexicano había sido capturado en el mismo aeropuerto, también luego de arribar un vuelo de Copa Airlines, con similar modus operandi: Carlos Mejía Garnica, de 40 años, llevaba 2 kilos de metanfetaminas pegados al cuerpo con cinta adhesiva.

Debido a esto, los investigadores comenzaron a trabajar los dos procedimientos: ambos casos responderían a la misma organización criminal. Y Mendoza es utilizada como puerta de entrada de drogas sintéticas hacia Argentina y Chile, donde el valor de estas sustancias se duplica o triplica.

“Es una modalidad sistemática que demuestra la existencia de una organización narcocriminal estructurada”, confirmaron fuentes policiales a este diario cuando se produjo el descubrimiento.

Detenida desde el 29 de marzo, Ramos García pasó cinco meses en prisión preventiva hasta que su defensora, María Paz García, alcanzó un juicio abreviado con la fiscal federal Patricia Santoni.

En una audiencia realizada sin su presencia física -está alojada en el Complejo Penitenciario Federal IV de Ezeiza- aceptó su culpabilidad. La condena fue de cuatro años y seis meses de prisión efectiva por tentativa de contrabando de estupefacientes con fines de comercialización. El mínimo posible para ese delito, se desprende del fallo del Juzgado Federal de Garantías Nº3.

Mientras tanto, las fiscales federales María Eugenia Abihaggle y Patricia Santoni continúan investigando la red de tráfico que operaba desde México hacia Mendoza. Los teléfonos celulares de los detenidos fueron una de las claves. Es más, hace pocos días se hizo lugar a una prórroga de la prisión preventiva de Mejía Garnica, quien se encontraba en proceso de “negociación” para también alcanzar un juicio abreviado.

Contratadas por unos pocos pesos

El caso de García Ramos tomó relevancia con la reciente detención de una mujer boliviana de 33 años que ingirió 99 cápsulas con cocaína y fue capturada luego de seis meses de investigación. Se cree que una mendocina la contrató para trasladar la sustancia en su cuerpo, como informó este diario.

Justamente, una investigación realizada por la Policía contra el Narcotráfico de Mendoza (PCN) permitió desbaratar una operación de tráfico de cocaína que utilizaba como pantalla un “tour de compras” hacia Bolivia.

Las principales sospechosas, Janet Soledad Mamaní, de 19 años, de Tunuyán, y Nely Soto, de 33, una empleada doméstica boliviana contratada como “mula”, fueron detenidas la semana pasada en San Juan cuando transportaban 99 cápsulas de cocaína ingeridas por Soto, que sumaban 1,1 kilos de droga. Ambas quedaron a disposición de la Justicia federal.

La investigación identificó los viajes frecuentes de Mamaní hacia la frontera norte bajo el pretexto de compras, aunque en realidad buscaba adquirir clorhidrato de cocaína y coordinar su traslado hacia Mendoza y San Juan.

El seguimiento incluyó la revisión de sus publicaciones en redes sociales, lo que permitió ubicarla en Bolivia el 2 de octubre y activar un operativo de interceptación en la ruta 141, donde los agentes detectaron comportamientos sospechosos de las mujeres y decidieron actuar tras seguir sus movimientos hasta un hospital de Rawson.

Además de las detenciones, la policía secuestró celulares, dinero en efectivo y documentación clave, y realizó allanamientos en Tunuyán y Tupungato, incluyendo un comercio familiar vinculado a la estructura de distribución.

Los investigadores que hablaron con este diario consideraron que la operación no era individual y apuntan a una red transnacional que articulaba viajes, logística y financiamiento para transportar cocaína desde Bolivia hacia el interior de Cuyo, incluso con posible ingreso a recintos penitenciarios.