Las dudas y la desesperanza no han dejado de sobrevolar, como fantasmas, las mentes de esos millones de argentinos que este domingo se acercarán a las urnas para decidir, en ese acto de intimidad absoluta y responsabilidad cívica, el mal menor o lo menos malo para lo que viene. No están indecisos; no son indecisos. No tienen enfrente el agua o el aceite, la luz o la oscuridad, tampoco el cielo y el infierno para decidir. Sí el desconcierto y algo de incredulidad por una situación semejante en la elección de los 40 años de la democracia.
Ya lo dijeron las encuestas, todas, amén de los yerros en los pronósticos: frente a la elección más importantes de los tiempos democráticos, además de la ausencia sonora de la esperanza, también se aprecia la de la alegría colectiva y mayoritaria que pudieron expresar en otros momentos aquellos a los que el resultado les vino en gracia y festejaron; y siempre en referencia por si acaso sea necesario aclarar, de los que se han visto a sí mismo ajenos o afuera de la grieta, lejos de los fanatismos.
Tres opciones se presentan ante los argentinos hoy, y todas válidas, incluso la del voto en blanco, tan vilipendiado por un pensamiento que se ha creído “superior” y hegemónico, al menos hasta esta elección.
Las dos opciones restantes, entre ambas, suman más preguntas, incertidumbres de todo tipo y miedos que otra cosa. Está claro que tanto Sergio Massa como Javier Milei, en el último tramo de la campaña hicieron un esfuerzo por sacarse ese lastre con el que recorrieron todo el proceso, que los ha venido acompañando siempre, de manera inherente a cada uno.
Si lo habrán logrado o no, tampoco se conocerá este domingo. Quizás el que se imponga pueda irse a dormir al fin de este largo y tensionante día con la sensación de que efectivamente consiguió aventar la negatividad que lo acompañó hasta la final. Aunque para saber al fin de cuentas si en verdad cambiaron, y que viraron efectivamente con seguridad hacia aquello otro con lo que pretendieron convencer, lamentablemente es algo que se conocerá con el paso del tiempo.
Empezando por Massa: de llegar al gobierno, ¿será esa suerte de monje zen, pastor, sacerdote, profeta de la pacificación y destructor de la grieta con la que se ha presentado últimamente? O ese lobo con piel de cordero, en resumen, que se ha develado muchas veces al caerse la máscara del candidato convertido ya en el elegido; en un personaje más de una historia profusa que, con la suma del poder, termina arrasando con la República, con sus principios y demás pilares de la democracia que pretende la inmensa mayoría de los argentinos. No esa convertida en autocracia que se ha venido insinuando, cuando no imponiéndose por algún tiempo.
Y por el lado de Milei, al que de todas maneras le corre en suerte y a su favor su inexperiencia, su falta de rodaje y el hecho de no contar con el prontuario clásico del costado más oscuro de la política tradicional (o vieja política, si vale) ¿Vendrá con el correr de los meses ese Milei que se ha develado con el equilibrio y mesura que, en apariencia le aportaron desde el fin de la primera vuelta Mauricio Macri y Patricia Bullrich? Un cierto nuevo modo con el que ha pretendido vestir sus ideas en torno a temas tan caros como la educación y la salud y el control de las finanzas o de las actividades que del mundo de los negocios se desprenden. Para esto último está claro que, aunque un Milei ya en el gobierno se representará como el Milei desquiciado de los primeros tiempos de la campaña, se toparía con esa debilidad con la que llega y que se manifiesta en el parlamento y en la falta de propios en el control de las provincias. De igual forma estaría por verse, además, hasta dónde podría llegar con esa forma de gobierno que se imaginó y que describió en algún momento, plebiscitaria, ejecutando o al menos intentando llevar adelante una democracia directa sin órganos representativos, el sueño del líder en contacto directo con su pueblo.
Al margen de todo, el nuevo presidente se dará de lleno con los dramas reales de una Argentina desmantelada para la que la operación rescate puede llevar años, muchos más de los que cualquiera pudiese suponer. Dramas que, más allá de las menciones, no fueron parte del debate de ideas y de proyectos que se supone se ponen en juego en la campaña. Nada de eso pasó, está claro. Inflación, empleo, crecimiento, desarrollo, economías regionales y pobreza, por sobre todo la pobreza, han sido de los temas la más ausente de todas.
El presidente que asuma lo hará con, probablemente, un 43 por ciento de habitantes por debajo de la línea de sustentación digna. Cerca de 20 millones de personas en esa situación. El número estadístico de una sucesión que viene de mal en peor desde varios años atrás, dándole vida a una serie que en el 2003 ascendía al 58 por ciento de los habitantes; que en el 2017 logró alcanzar un piso del 25 por ciento al 40,1 por ciento de hoy, sin contar con el dato final de ese 43 por ciento con el que se llegaría a fin de año. Y qué decir de la indigencia: 2003 con el 20 por ciento; 2017 con el 4,8 por ciento; un 2021 con el 10,7 por ciento al 9,3 por ciento de la actualidad.
Una pobreza e indigencia que de acuerdo con el INDEC se distribuye con un 42 por ciento de sufrientes en las regiones Noreste; Gran Buenos Aires con el 41,4 por ciento; Noroeste 41 por ciento; Cuyo 40,7 por ciento; Pampeana, 36,8 por ciento y Patagonia con el 33,2 por ciento.
