El problema no es que usted se vaya esta noche, señor Messi. El problema es la costumbre.
En unas horas, cuando pise por última vez el césped del Monumental vestido de celeste y blanco, noventa mil personas en la cancha y millones frente a la pantalla cumpliremos con el ritual de siempre. Pero esta vez, el aire estará cargado de un sentimiento distinto. La inminencia del final.
Nos acostumbramos tanto a tenerlo que a veces nos olvidamos del camino. Porque esta relación no siempre fue idílica. Hubo una época donde usted no era unánime. Donde le exigían que cantara el himno más fuerte, donde se dudaba de su argentinidad y donde cada traspié era un juicio de residencia.
Hubo murmullos, injusticias y críticas despiadadas.
La historia continuó con finales perdidas, dolor acumulado y aquella noche aciaga de 2016 en la que, cansado del castigo y con el alma rota, decidió decir basta y renunciar a la Selección.

Vivió años donde la sufrió de verdad. Y sin embargo, en vez de quedarse en la comodidad donde nadie lo juzgaba, decidió volver, masticar la bronca, insistir y darle para adelante hasta que la pared finalmente se rompió y llegó la gloria inolvidable de las copas y el Mundial.
En las buenas, siempre se acordó de sus compañeros que tantas veces tuvieron la gloria a centímetros y no la alcanzaron; nunca de los críticos que lo maltrataron de una manera despiadada.
Fue en ese proceso de redención donde el 99,9% del país construyó este reflejo incondicional. Un automatismo colectivo que no figuraba en ningún reglamento pero que aplicaba a cualquier aspecto de nuestras vidas: podía cambiar el gobierno, podía subir la inflación, podía llover a cántaros o caerse el mundo a pedazos. Si jugaba la Selección, la receta era siempre la misma.

Partido trabado. Minuto 85. Cero a cero o un gol abajo. La pelota pasa por el central, salta al volante, rueda rápida por el medio. Y en ese instante, en miles de livings y bares de todo el país, todos hacíamos exactamente lo mismo con los ojos: viajábamos hacia la esquina derecha del ataque. Buscábamos la camiseta número 10.
Apretábamos los dientes y decíamos, hacia adentro o a los gritos: “Dásela a Messi”.
Esa era nuestra garantía. La tranquilidad de saber que, aun al borde del abismo, había un tipo capaz de inventar un atajo hacia el milagro.
Nos va a costar dejar de buscarlo.
Ahí está la verdadera dimensión del abismo que se abre a partir de mañana. No es una columna sobre su ausencia, porque usted no va a desaparecer. Seguiremos viendo sus videos en redes, comentando sus goles en Miami, discutiendo si aquel tiro libre en el Malvinas Argentinas fue mejor que el de la Copa América, o comprando la camiseta de las tres estrellas.

No vamos a dejar de hablar de Messi. Tampoco vamos a dejar de disfrutarlo.
Lo que perdemos hoy, para siempre, es la posibilidad de buscarlo cuando la historia se ponga difícil. Es la ilusión, es la magia, es el tiempo en que fuimos felices.
¿Y ahora qué hacemos? La pregunta suena a desesperación, aunque no tiene nada de bronca. Si “Muchas gracias, señor Messi” fue la carta para abrazarlo tras el anuncio de su retiro y soltarle la mano con gratitud, esta es la pregunta que nos hacemos mientras esperamos la última función de esta noche.
A partir del próximo partido, cuando la Argentina vuelva a estar en aprietos a cinco minutos del final, el volante va a levantar la cabeza y ya no lo va a encontrar flotando entre los centrales rivales. El pibe que lleve la 10 va a pedir la pelota —porque le sobra coraje y talento—, pero en la tribuna y en el sillón de casa vamos a sentir ese brevísimo microsegundo de vértigo. El instante en que la memoria nos juegue una mala pasada y los ojos viajen solos hacia donde usted solía estar.
Ahí nos daremos cuenta de que no hay plan B. De que ahora hay que jugar al fútbol como juegan los mortales: sufriendo paso a paso, asociándose, entendiendo que nadie va a bajar una pelota del cielo para resolvernos la vida.

Usted nos malacostumbró, señor Messi. Nos hizo creer que lo imposible era simplemente cuestión de esperar noventa minutos. Nos regaló dos décadas de serenidad futbolera en un país donde la serenidad no existe.
Por eso, esta noche, cuando toque la última pelota del partido, contendremos la respiración. Miraremos la cancha por última vez buscando el diez y, durante un pestañeo, trataremos de retener la escena.
Mañana, cuando nos despertemos, nos tocará aprender, finalmente, a caminar solos.
