Cuánto tiempo llevará salir de la crisis, estabilizar la economía, contener la inflación y comenzar un ciclo de crecimiento y desarrollo promisorio y fructífero para el país, conforma la gran pregunta múltiple que devela a todo un país. O, que pareciera, mejor, que tendría que estar develando a todo un país.
Además del tiempo que esa tarea insumiría –de varios años, no menos de diez, si se comparan casos exitosos de normalización económica que partieron de situaciones parecidas a la de Argentina–, la otra incógnita a descubrir es qué porcentaje o cantidad de argentinos de los 46 millones de habitantes estaría dispuesto a enfrentar el tremendo desafío de normalización de las variables económicas y financieras, a sabiendas que habría modificaciones al estatus actual que cada uno tiene. Y no sólo modificaciones, sino, particularmente, un tiempo indeterminado de ausencia de resultados visibles y de grandes esfuerzos, tales como quienes la están pasando hoy mal, probablemente la tendrían que pasar igual de mal durante un buen tiempo; o aquel que la pasa más o menos mal, podría llegar a perder este estado de situación para creer que se hunde; y hasta, probablemente, un nuevo estadio que hasta le haría perder algún escalón al que se ha beneficiado indefectiblemente a lo largo de los tiempos. Todos cambios, virajes y ajustes en pos de encontrar o hallar un terreno previsible para la planificación en todo sentido, en general y universal. Una situación, digamos, de relativa tranquilidad que diese garantías mínimas y suficientes de oportunidades para todo aquel que se plantease crecer y desarrollarse con sentido común y normalidad.
Las preguntas en medio de la incertidumbre actual podrían llegar a ser unas cuantas, cientos, por no decir miles. Se cree que se está frente a una de las elecciones más cruciales de la historia democrática nacional, al menos, de los últimos 40 años, si partimos de contar la recuperación institucional conseguida en 1983. Porque, a la consabida predominancia del peronismo en el gobierno de la república y en el de la mayoría de las provincias, la alternancia, cuando operó, también fracasó. Entonces, ¿hacia dónde virará ahora el país? ¿Cambiará de mano y de rumbo? ¿Ratificará el equipo con la esperanza de que después del 10 de diciembre se tome otra dirección? ¿Y, si cambia, y el que llegue cumple con las transformaciones y modificaciones de las que ha venido hablando, se bancará el país el remezón? ¿El círculo rojo, las corporaciones gremiales empresariales y sindicales, las que no paran de repiquetear –necesariamente– con esa cantinela de las demandas transformadoras, aceptarán perder la de ellos? ¿Si en caso aparecieran las piedras, habrá una mayoría, ahora sí, bulliciosa, dispuesta a frenar la extorsión y cualquier intento destituyente? ¿Cuál será el papel de los medios? Y tantas otras más.
Esas incógnitas, tan extendidas y de moda por estos días, encuentran un basamento de justificación, si se quiere, en la sucesión de elecciones que se vienen dando y en los resultados de alguna de ellas. ¿Hay en verdad ánimo de un barajar y dar de nuevo? ¿Se pueden tomar estas elecciones provinciales, que se han desenganchado del cronograma electoral, como un adelanto del test general? ¿Algunas de esas decisiones y resultados finales, pueden tomarse como el deseo oculto de una gran mayoría de argentinos a seguir como se está, o seguir con el mismo gobierno, estilo y modelo ideológico con la esperanza de que, ahora sí, llegarán las realizaciones bajo el mismo manto supuestamente protector? Siguen las incógnitas.
Y si bien todas estas elecciones pueden responder a fenómenos locales sin que puedan ser tomadas como una proyección al ámbito nacional, es válido plantearlas como un posible, como indicios de algo que bien podría volver a confirmarse en todo el territorio.
La elección de Chubut del domingo es un caso a tener en cuenta. Allí, la ciudadanía decidió cambiar de mando tras veinte años de peronismo. La diferencia entre la oposición, de Juntos por el Cambio –que ganó– y el oficialismo –que perdió– apenas ha superado el 1 por ciento. Cómo es posible que no se haya dado una ventaja superior frente a muchos años de debacle económica para una provincia rica en recursos naturales. La oposición ganó allí por ese punto de diferencia nada más cuando, por caso, hace cinco años que en Chubut no hay un ciclo de clases normal. El último dato da cuenta que, en lo que va del año, ha tenido el 70 por ciento de cumplimiento de días de clases, casi un mes con las escuelas cerradas desde que arrancó el ciclo, en marzo. Claro que ha estado peor, se podría decir.
Los problemas económicos y financieros también han sido moneda corriente de una provincia que, para la oposición, fue fundida. En mayo debió recibir unos 14.000 millones de pesos de asistencia nacional que surgió del Fondo Fiduciario para el Desarrollo Provincial, un programa creado en los 90 para asistir y financiar el saneamiento de las deudas de los Estados provinciales, según afirma su objeto y la implementación de programas de desarrollo.
Sin embargo, esos vientos de cambio parecen soplar con un poco más de fuerza que la continuidad del statu quo. El oficialismo nacional perdió después de décadas el control de la provincia de San Juan, de San Luis y de Neuquén; también viene de perder en las PASO de Santa Fe y Chaco; no ha podido mejorar en Córdoba y se encamina a una nueva derrota en Mendoza. Y ha confirmado triunfos, claro, en Formosa (la meca del peronismo según Alberto Fernández, Cristina Fernández de Kirchner y otros); Tucumán; Tierra del Fuego; Salta; La Pampa y La Rioja.
