¿Qué es el Estado? Desde una mirada básica, elemental y con mucho de sentido común, el Estado no tendría que ser otra cosa más que esa organización, en una sociedad democrática y republicana, encargada de ordenar y tutelar el andar civilizado de la comunidad en un determinado territorio. Javier Milei está dispuesto a terminar con todo eso institucionalizado y convertir a la Argentina en un laboratorio calificado que demuestre y ratifique sus ya excéntricas y estrambóticas ideas, las que también podrían ser hilarantes, pero que por el grado de sensibilidad con el que está jugando lo mejor es dejar las calificaciones ahí nomás.
El mundo occidental parece festejar a ese personaje que un día dice ser el León, el Zorro y otro es Terminator. También lo hace Milei y aprovecha el creciente interés que surge fuera del país sobre su figura para extraerle al máximo todo el beneficio que pueda. El presidente libertario debiese prestarle un poco más de atención a lo que ocurre dentro del territorio por él gobernado porque probablemente esa aventura pretensiosamente exitosa que persigue en el plano internacional para convertirse en el salvador del mundo, el que está peligro por el avance del socialismo –según su particular mirada–, mucho depende, si no es todo, del éxito de sus políticas en una Argentina a la que la geopolítica no le pierde pisada por el sólo hecho de lo que fue y de lo que conserva en potencial para ser llamada una jugadora de relieve en el concierto de naciones.
Si para muchos en diciembre resultaba incierto el futuro del país gobernado por el fenómeno Milei –lo hubiese votado o no, en octubre o en noviembre del 2023, independientemente de eso–, hoy, esos tantos, bien pueden preguntarse con ideas difusas y vagas de por medio cuánto más aguantará este nuevo ecosistema que se mueve alrededor del presidente con un Estado que tiene la firme decisión, mientras desaparece, de ausentarse del cumplimiento de obligaciones que creíamos hasta ahora innegociables, irrenunciables y básicas, como la atención de los sectores más vulnerables y la obligación de establecer un mínimo de garantías desde donde largar la competencia por el desarrollo económico e individual.
Mientras se mantienen ciertos privilegios para algunos sectores económicos determinados (regímenes promocionales, como los existentes en Tierra del Fuego), el todavía manejo discrecional en el ocaso del reparto de los subsidios energéticos y del transporte, el sostenimiento de los impuestos que precisamente financian la masa de subsidios que se les ha quitado a las provincias (el del combustible por caso), el mantenimiento de gravámenes altamente distorsivos como el del Cheque y el País, el Estado en extinción de Milei desatiende los presupuestos educativos y el de la salud, y adelanta que vetará la nueva fórmula de movilidad jubilatoria surgida por la media sanción de Diputados. Ésta última sesión de la Cámara Baja se ha convertido, a su vez, en la cabeza de playa de la mayor amenaza que se cierne sobre el gobierno libertario. Los radicales han demostrado, junto a otras fuerzas consideradas dialoguistas, que pueden unirse a los “despreciables” y duros K para alumbrar medidas a las que Milei se ha negado defendiendo esa colina que ha conseguido, la del déficit cero.
El problema más acuciante para el presidente, más allá de la cantilena de medios que por el sólo hecho de castigar al kirchnerismo cierran filas en favor del flojo argumento presidencial, pasa por el hecho de que los radicales y los K, cuando se lo proponen, podrían alumbrar normas razonables o forzar un cambio a alguna política o estrategia propia o que muestran una marca puramente distintiva de la administración libertaria. La mínima reivindicación o alivio a los jubilados, que Milei está rechazando con una catarata de insultos a la “casta”, del 0.43 por ciento del PBI, no supone emisión alguna, salvo que el Ejecutivo se siga negando a introducir la famosa motosierra o en la licuadora de la que hace gala aquellos bolsones de improductividad todavía no alcanzados, o bien protegidos de la poda.
El presidente viene de explicar que no tiene por qué lidiar con las emociones y que él habla de números y de realidades. Se lo dijo al sitio de noticias norteamericano en la misma entrevista en la que se describió como el “topo” que desde dentro del Estado terminará con el Estado. Toda una definición. Los millones de jubilados en desgracia que perdieron por obra y gracia de una administración populista del Estado más del 50 por ciento de sus miserables haberes se encontrarían en el plano de las emociones. Los números van por otra vía. Su obra al frente del Ejecutivo, según lo entiende, pasa por poner en caja los números y que se salve quien se pueda salvar.
El tema es muy interesante porque ha puesto a millones de argentinos a lidiar –la misma palabra que usa Milei– entre dos visiones alocadas, extremas, dispuestas a destruir el rol moderno del Estado, o al menos el que demuestran tener y asumir la mayoría de las naciones del mundo a las que Milei las quiere salvar del socialismo.
Naciones, hay que decir, que lejos están del socialismo y del falso progresismo que instauró como doctrina el kirchnerismo a lo largo de los tiempos, y que han implementado y llevado adelante medidas a lo largo del tiempo que les permiten garantizar la buena salud de un modelo económico basado en la libertad con un Estado obligado a tener en caja los abusos y las posiciones altamente dominantes.
Está también claro, vaya si no, que el presidente todavía usufructúa de ese residual de rechazo absoluto y total de lo que venía impuesto desde la administración institucional del país que le prometía justicia social pero que le pagaba con pobreza, miseria, retraso total y otras indignidades. Fue tan fuerte aquello del Estado que te salva, te cuida, te protege y que sólo sumió en las oscuridades de las miserias más indeseables; caló tan hondo en la mente de millones de argentinos, que el día de las elecciones decidieron dar el giro y el batacazo. No hubo posibilidad para que se impusiera una posición liberal y republicana de centro ante semejante conflagración de extremos y fanatismos. La semana y las urgencias que tiene por delante quizás le hagan ver al gobierno la acuciante necesidad de atender las cosas seriamente, más allá del perfil de puro aficionado que demuestra y del que hace gala en el manejo, complejísimo, del sistema político del país. Por delante la Ley Bases y el paquete fiscal en el Senado, para el miércoles. De su aprobación parece estar dependiendo la marcha más o menos estable que estaba teniendo el clima financiero, el mundo del mercado bursátil y el de cambio, los mismos que en los seis meses transcurridos de gobierno dieron señales de conformidad. Hasta la última semana, que empezó a perder la paciencia producto de todo lo analizado previamente: por la ausencia de la consolidación política de todo aquello que pregona Milei en el mundo y con el que está intentando evangelizar hacia dentro del país.
Un presidente de modos y estilos populistas. Si los K lo fueron por izquierda, el mileísmo lo es por derecha. No hay caso, la lógica de los extremos, del péndulo, del blanco y negro persiguen como una enfermedad incurable a la Argentina. ¿Será así, realmente?
