En medio de tanta turbulencia inusitada, inútil y dañina que se ha apoderado de Mendoza en lo que va del verano y en este arranque de año, tan particular, dos frases dichas en las últimas horas han logrado escaparles a la quietud y al desconcierto.
Una de ellas le pertenece a Emilio Guiñazú, actual gerente de Potasio Río Colorado y asesor en energía y minería del Gobierno provincial: “El recurso más importante que tiene Mendoza no es el agua, es el tiempo”, escribió en su muro de Facebook la semana pasada, haciendo públicas algunas conclusiones y pensamientos propios sobre los impedimentos para avanzar con Portezuelo del Viento, el dique proyectado en Malargüe, sobre el río Grande.
La otra fue dicha este fin de semana, en una entrevista que publicó Los Andes este domingo. Allí, Ernesto Sanz, uno de los tres fundadores de la coalición opositora Juntos por el Cambio, ex intendente de San Rafael y ex legislador nacional, consultado sobre la quietud que demuestra Mendoza y el marcado conflicto que sufre para crecer, generar riqueza y desarrollarse, sostuvo que lo que falta es que se lidere “un proceso de debate profundo, estructural, para ver de qué va a vivir Mendoza”. Un proceso, agregó, “que deben acompañar todos los demás”.
Dejar de perder más tiempo del que ya se perdió y ponerse a trabajar para ver de qué viviremos las casi 2 millones de personas que habitamos un territorio recostado sobre la cordillera, con recursos naturales sin explotar, poseedor de una ubicación geopolítica privilegiada y de un potencial económico en varios sentidos subutilizado y desconocido en gran medida, deberían constituirse en mandatos a ser cumplidos naturalmente a esta altura de los acontecimientos que han nublado a la dirigencia provincial.
Es probable que las generaciones futuras le pasen una factura enorme a la actual y señalen a este tiempo ya no sólo como el del inmovilismo y los de la confusión generalizada, sino más bien como los años en los que, en vez de avanzar, con todo para hacerlo, se retrocedió.
Es notable cómo, desde hace casi tres lustros, se han dilapidado recursos en función de la nada misma. Las diferencias entre los sectores económicos que parecían competir entre sí para ver cuál de todos ellos podría ser el que más aportes hacía al crecimiento de la provincia; diferencias y heterogeneidades que no hacían otra cosa que rescatar y ponderar las características de cada uno de ellos, como sucedió con todas las actividades vinculadas al agro, a la vitivinicultura, al petróleo y a la metalmecánica, por citar quizás las que han dejado una huella imborrable en la Mendoza de los últimos años, hoy casi no existen.
Esa competencia, que a todas luces fue auspiciosa y más que beneficiosa, se ha convertido en una suerte de marcha gris, a veces inexpresiva y apática, conduciendo al sistema hacia una nivelación de todos ellos en donde ya no se sacan ventajas. Bien se pudo haber producido un fenómeno que condujo a la socialización de todos los sectores económicos en el estadio que hoy presenta, marcado por la falta de gravitación, carente de inventiva y creatividad y, claro, impotente para la creación de la riqueza en tanto calidad y cantidad que reclama Mendoza.
Salir del laberinto es el gran desafío que tiene todo el mundo en Mendoza si es que en verdad a la mayoría le preocupa la situación en la que se está. Porque a veces la dirigencia parece conformarse con ese juego en donde al oficialismo le alcanza con muy poco como para garantizar su hegemonía y poder, y a una oposición que también da señales de sentirse cómoda con lo que tiene; porque de hacer otra cosa, como le reclama la hora, quizás movimientos de tintes revolucionarios a lo que expresa, casi diametralmente opuestos a los que da, teme quedarse sin nada. Y así se marcha, no ya hacia la nada, como muchos podrían suponer con razón, sino a algo peor, hacia un ostracismo que se ha convertido ya en claramente pernicioso, por lo nocivo, por la falta de respuestas y porque se es cada vez más pobre, menos influyente, más deprimente y más parecida a todo lo que la Mendoza de algunos años atrás condenaba y de lo que tomaba distancia.
La discusión sobre Portezuelo es una muestra más de todos estos padecimientos y de la decrepitud que se apoderó de Mendoza y de su clase dirigencial. Todo lo contrario a lo que ha mostrado, en esta contienda exclusiva y particular, la provincia de La Pampa. Es cierto que el cambio de gobierno en la Nación modificó el clima favorable a Mendoza que existía en el Coirco, pero las debilidades internas por las diferentes posiciones que defendieron oficialistas y opositores han agravado el panorama.
El problema estructural de Mendoza va más allá de los inconvenientes que tiene la obra sobre el río Grande, todos claramente marcados por la política, la negación, la grieta y la obsesión por destruir al rival. Portezuelo es sólo una muestra de la incompetencia extendida. Junto a él está el debate minero; el no saber cómo extender la frontera cultivada de los oasis; en cómo generar empleo de calidad, registrado y genuino; en hacer una apuesta seria y decidida sobre la economía del conocimiento y en otros frentes.
En días más, el Gobierno convocará al Consejo Económico, Ambiental y Social (CEAS) de la provincia para ponerlo a trabajar en las ideas que allí se han discutido sobre qué hacer con Mendoza, ahora y en los próximos años. No está mal que se explore una salida a los problemas desde ese lugar. Pero se requiere de todos un cambio de actitud, de ciento ochenta grados, cambiar de aire, sacudirse el polvo, salir de la modorra y animarse a saltar. A no ser que quienes son los protagonistas de estos tiempos, los mismos desde varios años a esta parte, se conformen y asuman ser los apuntados en el futuro cercano como la casta del fracaso.
