El “Modo Mendoza” que relató Rodolfo Suarez en su último discurso en la Asamblea Legislativa está casi tan bueno como el país que suelen relatar la vocera presidencial Gabriela Cerruti y el mismo Alberto Fernández, aunque, hay reconocerlo, lo de ellos ya entra en otra categoría que supera, incluso, la definición de cinismo.
Sin embargo, está claro que el eje del relato se sostiene en pilares similares: sobredimensionar puntos de gestión que no impactan directamente en la vida cotidiana (al menos no en lo inmediato), encontrar hechos aislados para mostrarlos como un todo y seguir potenciando situaciones que, a esta altura, ya tendrían que formar parte de una política de Estado y deberían quedar al margen del análisis de un gobierno en particular.
Pero lo más importante es la victimización. Sí, es verdad: a Mendoza se la discrimina por su color político. Sale perdiendo cada vez que desde la Casa Rosada se necesita un guiño, y sólo aparecen beneficios cuando hay otros intereses dando vueltas, como el plan para la construcción de la presa El Baqueano.
Incluso así, culpar de todos los males a la Nación parece la salida adecuada para evitar la autocrítica. El discurso de Suarez se centró en ese aspecto. Un gobierno nacional malo, malo, muy malo, contra una provincia convertida en Cenicienta, pero sin carruajes ni vestidos, y cada vez con menos calabazas y más harapos.
El repaso de la gestión en 48 carillas mostró cierto atrevimiento del mandatario al meterse con algunos temas en particular; sobre todo, porque el momento que atraviesa la provincia no es el más adecuado. Por ejemplo, hablar de estadísticas delictivas después de una ola de homicidios en ocasión de robo que tira por la borda cualquier índice. Porque cuando de inseguridad se trata, para las víctimas, un solo hecho es todo el universo. Por lo tanto, no hay que hacerlo. Es comunicación política básica.
Incluso así, Suarez se animó a dar datos. Hizo un recorrido de cómo, según su visión, mejoró la política criminal y la capacidad de la Policía desde 2015 hasta hoy. Y ponderó ese perfil que ganó a nivel nacional de gobernador inflexible con los piquetes: “El mensaje es claro. En Mendoza no da lo mismo cumplir o no cumplir la ley y eso es determinante para asegurar la cohesión social, establecer un marco de certidumbre sobre el contrato esencial que forja la vida social, y sostener la armonía y la paz pública”.
En eso se ha movido con inteligencia, y tiene que ver con el desarrollo de su carrera política. Suarez se caracterizó por actuar siempre en el momento oportuno para poder potenciar su imagen. Y en pleno incendio social, centralizó la atención con la detención de un par de referentes piqueteros.
Dirán que la decisión fue del Poder Judicial a través de la Procuración. Y que las detenciones fueron producto del accionar de un fiscal. En fin…
Lo concreto es que a ninguna otra área le dedicó tanto espacio como a la política de seguridad y penitenciaria.
Un escalón más abajo apareció educación. El caballito de batalla es el plan de alfabetización; una suerte de carta para mostrar que la educación pública está apenas poco menos deteriorada que en el resto del país. Obvio, por supuesto, cuestiones puntuales que atravesaron su gestión, como la demora en el inicio de clases en algunos establecimientos porque no estaban en condiciones o los reclamos que tuvo porque había escuelas en las que, literalmente, los chicos debían sentarse en baldes porque hubo desinteligencias a la hora de comprar bancos. Dinero había.
Salud, turismo, transporte y servicios. En ese orden fue meritando el resto de los temas centrales de gestión en el discurso final. Y siempre orientado a mostrar los contrastes con la Casa Rosa o con el kirchnerismo en general; un antagonismo que le dio resultado durante todo este tiempo. Por qué habría de abandonarlo en la jugada final.
