Es tal el grado y nivel de confusión, y de decadencia constante, en el que se desenvuelve el gobierno de Alberto Fernández y de Cristina Fernández de Kirchner, que ni siquiera podrá sacarle un rédito alguno al enorme, extraordinario y espectacular triunfo de la selección argentina en Catar. Confusión que viene desde hace tiempo, hay que señalar, a lo que bien se le puede agregar desvarío, que se observa en el andar cotidiano de una administración que ha dado indicios suficientes de haber tomado distancia del sentido común, lo que, más que condenable o criticable en términos políticos, resulta triste.
Que cinco millones de personas hayan salido a la calle en Buenos Aires para festejar con los héroes recién llegados de Catar y que el país se haya privado de homenajear a la Selección como se lo merecía, institucionalmente, será un tema que trascenderá estos tiempos. Y así como el resto del mundo –literalmente– reparó en esa extraordinaria movilización que ya parece no sólo ha superado a todas las conocidas y recordadas en la Argentina, sino que a nivel global resulta difícil buscar algo parecido, también se puede estar preguntando de la extraña manía de este país por dejar pasar oportunidades, desaprovecharlas y hundirse en cuestiones intestinas absurdas, que no han hecho otra cosa que paralizarlo. Cuando, todos ya lo saben y lo reconocen, Argentina ha tenido lo necesario para no estar donde está, claramente. Un fenómeno que, lejos de seguir describiéndose como si se tratara de una culpa ajena y exógena, tienen que comenzar a reclamar responsables y culpables a lo largo de la historia de la Argentina. Porque no todo sucede por el azar, ni por supuestas pestes o plagas malditas que castigan a la población por arte de magia e injustamente.
Lo extraño es que no se visualiza a nadie en el gobierno de los Fernández como para llamar la atención a que se haga una toma de conciencia de la gravedad del momento y de la situación, y obligue a corregir el rumbo y las actitudes. Si ese personaje, sensato y cuerdo existe, no se ha visto y no ha aparecido.
Es muy probable que tampoco se pueda aprovechar el extraordinario triunfo en Catar desde lo puramente económico, una consecuencia beneficiosa de la que otras naciones sacaron provecho por medio de las exportaciones y ventas de sus productos en el resto del mundo.
La arrogancia, además del desconcierto y la confusión, probablemente lo hayan llevado a Fernández a justificar permanentemente sus decisiones cuando en su inmensa mayoría van a contramano de lo que normalmente se sugiere. El feriado del martes y su extensión hacia todo el país, con ese quebranto de 90.000 millones de pesos que dejó en medio de una necesidad pavorosa de recursos y del incremento de la producción; ese permanente hostigamiento a la Justicia, a los sectores de la oposición, a los medios, no han hecho otra cosa que agravar las tensiones cuando lo inteligente sería parar la pelota y detener una escalada de confrontaciones que ya ha cumplido tres lustros de vigencia; el empecinamiento por avanzar sin acuerdos y de manera atropellada en una agenda parlamentaria propia cuando se sabe que se dará contra un muro, como ha terminado sucediendo en las últimas horas tanto en el Senado como en Diputados, cámaras que llegan a fin de año sin nada para mostrar y con mucho por explicar.
Se trata de una negación casi absoluta de la realidad. Castigos y desprecios hacia fuera para quienes no piensan igual y una interna demoledora, que ha reducido a una mínima expresión, casi a una caricatura, a la figura presidencial.
Un presidente que ayer ha dicho que ha sido el único en ganar tres copas (América, la Finalíssima y el Mundial) cuando se le pidió una reflexión ante la negativa de los jugadores a festejar en la Casa Rosada, y que lo ha convertido en el único presidente en esa situación de todas las naciones que ganaron la copa, cuando menos, llama la atención sobre su capacidad de percepción sobre los hechos. Ni hablar de lo que trasciende por su cabeza al arrogarse que por su decisión y deseo los jugadores pudieron recibir el cariño de la gente y se reconfortaron con el pueblo. “Eso lo logré”, sostuvo.
Hay una gran tensión, demasiada, que tiene el efecto de una olla a presión en la sociedad. Puede que el triunfo del seleccionado, como lo afirman ciertos especialistas, tenga el efecto de un bálsamo en medio de la fragmentación. Que desde los máximos lugares de la dirigencia, el presidente desde ya, no se haga otra cosa que alimentar y agitar las disidencias en vez de aprovechar una coyuntura particular en la que, por primera vez en años, toda la sociedad confluyó en un mismo motivo de unión y alegría no es inteligente. Y por supuesto que el gobierno, al no poder disimular sus deseos de sacarle un fruto propio y político al triunfo del fútbol argentino, no ha hecho otra cosa que desaprovechar un momento que bien pudo ser utilizado para ir a explorar un escenario distinto, por arriba y por afuera de la grieta. No hacerlo es de una necedad supina, tanto como cuando desde la oposición se montan al lomo de las posturas extremas porque se cree que, cuanto peor, mejor. Y no siempre es así, aunque momentáneamente pareciera lo contrario.
