La recuperación del poder que ha logrado Lula en Brasil, lo que le ha permitido alcanzar su tercera presidencia a los 77 años, parece haber renovado la esperanza del populismo en la Argentina de un reencuentro con el pueblo. El kirchnerismo ha festejado a lo grande: primero con el triunfo electoral de Lula derrotando en segunda vuelta al derechista Jair Bolsonaro y, más recientemente, con la asunción del veterano dirigente gremial que, incluso, debió purgar casi un año y medio de cárcel por la causa de corrupción más importante que se sustanció en el gigante vecino y que se la conoce en el mundo entero como el lava jato.
¿Por qué festeja el kirchnerismo, más allá de que se trate de la vuelta al poder de un viejo amigo en el pensamiento ideológico, creyente ferviente, además, de la denominada Patria Grande y de otros conceptos de fuerte raigambre popular y de un alto simbolismo que se extendieron por buena parte de Latinoamérica hacia fines del siglo pasado y los primeros años del actual? La respuesta más acertada o cercana a esa pregunta es, quizás, la esperanza de verse a sí mismo en un espejo imaginando a Cristina Fernández de Kirchner en el mismo rol del flamante presidente vecino. Y está claro que a nadie se le puede quitar el derecho de imaginar cualquier escenario posible cuando se cree que las fuerzas van en sentido contrario. Y más en un país como el nuestro, en donde la política es capaz de lo imposible, menos de ofrendarle a la ciudadanía un pasar estable y tranquilo como hace décadas que no ocurre.
En Brasil se analiza que Lula fue electo nuevamente presidente no sólo por los resultados negativos que ha dejado en cierto modo la administración de Bolsonaro; un presidente, el saliente, que no sólo gobernó ahondando la grieta social, sino aislado sorpresivamente de buena parte del mundo cuando la economía ortodoxa que decía representar ordenaba o sugería todo lo contrario, y más que nada por haber fracasado en lo básico: en todo aquello que podía mejorar la calidad de vida a las más de 60 millones de personas que viven por debajo de la línea de pobreza y a las casi 18 millones directamente en la pobreza extrema. Brasil, el gigante latinoamericano, uno de los líderes entre los considerados emergentes y reconocido referente de ese bloque económico de países conocido como los BRICS, tiene más de 210 millones de habitantes, casi 29,5 por ciento de pobreza y un poco más de 8 por ciento de indigencia.
¿Podrá Lula responder satisfactoriamente a esa fuerte demanda de mejores condiciones sociales que han posibilitado que acceda por tercera vez al poder? Se verá, por supuesto, con el paso de los meses y de los años que tiene por delante en su mandato. Pero hay algo que diferencia la segura satisfacción de Lula con su triunfo, frente al regocijo y jubileo que se apoderó del kirchnerismo en la Argentina: en este país el populismo está gobernando desde tres años a esta parte, e iniciando el último año de gestión de Alberto Fernández. En Brasil, Lula puede hablar a su favor –como lo está haciendo– y para mantener y extender los efectos de una nueva luna de miel, de todo lo que pudo haber hecho mal su antecesor y que le dejó como herencia, y sumar, si lo prefiere, los efectos demoledores de los casi dos años de pandemia más la guerra en Europa. El kirchnerismo, que se entiende y se ve a sí mismo en el país como lo que significa Lula en Brasil, ya no tiene argumentos de peso como sostener que se está como se está por lo que le dejara Macri, más la pandemia, más la guerra. Pero en ese festejo aparatoso por lo que ocurre en el país vecino se puede estar escondiendo el deseo no tan oculto de utilizar el fracaso de un gobierno propio, el de Fernández, para negarlo primero y proponer el regreso de los “buenos tiempos” con la vicepresidenta u otro Fernández como candidato. Todo es posible en la política, y en la Argentina, mucho más.
Esos buenos tiempos fueron los que, en ambos países, Brasil y Argentina, protagonizaron y de los que se beneficiaron el socialismo en Brasil, con Lula y, más tarde, Dilma Rouseff, y el falso progresismo (algo que se sabría más tarde) que encabezó Néstor Kirchner seguido de Cristina Fernández de Kirchner. En el arranque del 2003 llegaba Lula a la Presidencia y en mayo de ese año Kirchner. Fue el año en el que comenzó a afianzarse el fenómeno económico conocido como el boom de los commodities, en donde el valor de la materia prima, como el de los alimentos sin procesar y hasta el petróleo, se fue por las nubes, demandado por economías con fuerte crecimiento, como la china, por caso. En Brasil, ese viento de cola, le permitió a Lula sacar de la pobreza a más de 30 millones de personas y que se convirtieran en la nueva clase media del vecino país.
Un reciente informe publicado por la BBC, da cuenta de lo que significaron aquellos años de gobierno para Brasil y que explican el enorme desafío que hoy tiene el veterano líder con la vuelta al poder: “Según el Banco Mundial, entre el 2001 y el 2011, el PBI per cápita de Brasil creció 32 por ciento, mientras que la desigualdad disminuyó 9,4 por ciento y el porcentaje de personas en situación de pobreza y pobreza extrema se redujo a la mitad. Si bien –agrega el informe publicado a poco de que Lula ganara la segunda vuelta– una buena parte de esos logros es atribuida por los expertos a las políticas económicas iniciadas por el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, al presidente se le reconoce la habilidad de haber sacado adelante su agenda social con apertura de mercados y la responsabilidad fiscal, aprovechando los beneficios del boom de los commodities y aplacando los temores de los inversores cuando vieron que un socialista llegaba al poder”. Está claro que aquí buena parte de aquel jubileo que benefició a Latinoamérica se desperdició, y aquellos efectos positivos se fueron literalmente por una alcantarilla.
Con 43 por ciento de pobreza y más de 8 por ciento de indigencia, la expectativa es monumental en la Argentina: pasa por conocer la estrategia que utilizará el oficialismo, con Alberto Fernández y Cristina de Kirchner en lo más alto del poder, para renovar su vínculo con aquellos argentinos que en su momento le dieron la espalda a un gobierno no peronista ni mucho menos kirchnerista esperanzados en una vuelta por los viejos buenos tiempos que marcaron los comienzos del siglo, como sucede hoy en Brasil, con Lula.
