Hasta no hace mucho tiempo y al sintetizarse el problema argentino se concluía con una máxima contundente: “El drama que aqueja al país es básicamente cultural y económico”. A un año y medio al frente del gobierno, y a pocas semanas de enfrentarse ante su primer examen electoral, pareciera que Javier Milei se enfrenta por sobre todas las cosas a una parte de aquel drama histórico nacional: al económico. Suena obvio y naif, pero el principal enemigo de esta nueva e inédita administración disruptiva que surgió como respuesta al populismo dilapidador es esencialmente la economía.
De no mediar sorpresas, Milei y su partido, La Libertad Avanza, ganarán las elecciones de medio término mejorando su relación de fuerzas en el parlamento. Esto podrá suceder porque las encuestas aventuran el triunfo electoral derivado de un apoyo generalizado a las políticas implementadas desde el gobierno y en particular por las batallas ganadas mes a mes a la inflación pasando de más de 20 por ciento mensual en los comienzos de la gestión, entre fines del 2023 y arranque del 2024, con el 2 por ciento promedio de la actualidad. Y además porque enfrente tampoco tiene el gobierno una oposición ordenada, preparada, sensata y confiable.
El fin de semana ha traído consigo la vuelta de una discusión latente vinculada específicamente con el tipo de cambio y el valor del dólar, la gran obsesión de los argentinos. Otra vez, en resumidas cuentas, la lucha entre los que presionan por una devaluación o un dólar más alto para mejorar su competitividad en el mercado externo, con lo que se niegan a la maniobra. Con tino, de alguna u otra manera, los funcionarios de Milei se niegan a devaluar recordando que cada vez que ocurrió algo así las cosas salieron decididamente mal golpeando el bolsillo de los argentinos.
La presión es tan fuerte y variopinta que, incluso, desde el balcón del departamento en donde está presa a 6 años por corrupta, Cristina Fernández de Kirchner no deja de gritar a los cuatro vientos como cual jefa del “club del pochoclo” vaticinando calamidades y maldiciones varias que “el modelo de Milei se cae a pedazos”, que es “insostenible” y que “se encuentra al borde del colapso”.
Por comodidad o por una conveniencia finita, momentánea y efímera, que de igual modo le alcanzaría para tener un desempeño favorable en las elecciones, Milei sigue el juego del amigo/enemigo, del ellos y nosotros, cumpliendo una fórmula tan vieja y común para todos los sistemas y modelos políticos, sean populistas, republicanos, liberales y dictatoriales. Sin abordar el fondo, el presidente seguirá al menos hasta las elecciones avivando el fantasma de lo que dejó atrás con su triunfo en el 2023, sin aportes racionales y con una carga de violencia verbal y gestual pocas veces vista en un jefe de Estado. Más lamentable y fondo de olla no se consigue para la salud institucional del país.
Pero los problemas son más profundos y su falta de resolución o de alivio para los males pueden comenzar a hacer mella en la base de sustentación que mantiene en pie y envalentonado al propio gobierno.
El malestar social se evidencia con datos duros y con sólo observar lo que ocurre alrededor en cualquier barrio, ciudad del país y por ende de la provincia: la desigualdad emerge de formas concretas, en diferentes situaciones y al nivel de vecinos, y no sólo diferenciados por las zonas en las que se vive. Se nota en los viajes y compras al exterior de unas personas que acceden frente a otras que no; en la adquisición de bienes patrimoniales –como autos, por ejemplo– de unos, frente a los que no; en la calidad de vida entre supuestamente iguales o parecidos donde uno de ellos comienza a distanciarse del otro de manera sostenida.
El reparto no sólo es desigual, es inequitativo y hasta injusto. El punto es que, frente al mismo esfuerzo y mérito, a unos les va mejor que a otros lo que de todas maneras no sería demasiado curioso: sorprende que el que se está quedando observa que no sólo no puede comprarse un auto nuevo como el del vecino que sí, sino que ni siquiera puede mantener el que tiene, obligado a pararlo por falta de mantenimiento, volver al colectivo, abandonar las salidas de entretenimiento y tirar con la misma vestimenta esperanzado en que el temporal pare pronto.
El esfuerzo no está pagando de la misma manera cuando la mitad de los hogares del país está subsistiendo con 1 millón de pesos frente a un 6 por ciento que logra obtener ingresos superiores a los 10 millones de pesos de base sobrepasando largamente los 20 millones de pesos por mes. En el medio, como está dicho, más del 40 por ciento de los hogares se debate entre considerarse a sí mismo como clase media y clase media baja, consiguiendo por mes entre 1,5 y 3 millones de pesos para vivir. Todo esto en un contexto en donde el salario promedio de los argentinos con empleo registrado privado está en el orden de los 800 mil pesos.
El problema a atender por Milei y su plan para después de las elecciones, ya sin excusas, será el de las necesarias reformas estructurales que requiere el país. Allí están la laboral, la fiscal e impositiva y la previsional y la aparición de señales positivas y concretas para quienes hacen el esfuerzo sin ver todavía resultados.
El país está sumando casi quince años sin crecimiento con más población. Se tiene casi la misma cantidad de bienes transables para abastecer la necesidad en crecimiento de una mayor cantidad de habitantes. Lo que hay no alcanza para todos. El país requiere una mayor cantidad de producción y de generación de riqueza y es el gobierno con sus políticas quien tiene que conseguir tal objetivo, el de generar las condiciones para suceda. Y después llegará la discusión sobre los criterios de distribución. Cómo generar y producir más riqueza y cómo vivir mejor. Otro de los problemas vigentes de la Argentina es mantener activo el debate sobre quién es el que tiene que generar riqueza, cuando el mundo ya lo resolvió hace tiempo. Es parte de una batalla cultural que todavía sigue activa: Estado versus privados.
Lo que viene, además, tiene que estar circunscripto al reparto de responsabilidades entre el Estado nacional y las provincias, y la magnitud del ajuste. En un contexto en el que Milei les apunta a las provincias por no haber hecho supuestamente el ajuste que sí se realizó en la nación, la mirada ahora gira hacia los recursos con los que se ha quedado el Estado nacional sin coparticipar, como el impuesto al combustible por caso y a la mentada presión impositiva que es la que impide el crecimiento, o al menos, lo demora. Si se coparticipara el impuesto a los combustibles, Mendoza podría estar recibiendo entre 80 mil y 100 mil millones de pesos, producto del 4 por ciento que le podría corresponder de los más de 2 billones de pesos de ese impuesto que tendrían que ser utilizados en obras de infraestructura que Milei dejó de financiar.
Algo similar ocurre con la presión impositiva. De acuerdo con datos del propio gobierno nacional. En el 2022 la presión impositiva del país estaba calculada en un 29,6 por ciento del PBI (24,5 por ciento de la nación y 5,1 por ciento de las provincias); en el 2023 era de 27,9 por ciento (22,8 por ciento de la nación y 5,1 por ciento de las provincias) y en el 2024 ha sido del 27,8 por ciento (23 por ciento aportados por la nación y 4,8 por ciento por las provincias). Con lo que más allá de los discursos y relatos, abundantes durante la campaña y que alimentan la exitosa campaña de ellos y nosotros, de los gastadores seriales frente a los responsables (nosotros), bien vale la pena detenerse en los datos y en los hechos y comenzar a abordarlos y discutirlos, nunca negarlos.
