Javier Milei, Mauricio Macri y Axel Kicillof.

El índice de confianza del gobierno de Javier Milei sigue sufriendo descensos. En un año ha caído un poco más del 18 por ciento, entre mayo de 2025 y mayo de este año, de acuerdo con lo dado a conocer por la Universidad Torcuato Di Tella, responsable histórica de un indicador que lleva casi un cuarto de siglo de existencia. Tras la evaluación de los diferentes componentes, el mismo consiguió una marca general de 1,99 en una escala que va de 0 a 5. La cifra es un indicio más, de los tantos desplegados sobre la mesa, que reflejan que la administración ha ingresado en una zona de luces amarillas cada vez más brillantes e intrigantes para su futuro. Pero también hay que decirlo para los millones de personas que a fines de 2023 se tomaron de ella, de sus promesas e incluso de las advertencias que avisaban que el camino no sería fácil, para escaparle al populismo.

Milei, su imagen y la de su gobierno están cayendo en todo el país. Pero para su tranquilidad —toda una paradoja por el momento— podría volver a ser electo por la sola razón de no haberse construido enfrente una alternativa seria que lo ponga en jaque.

Claro que el tiempo que resta hasta las elecciones también puede jugar a su favor si lograse que las reformas y el inédito ajuste que le imprimió a las cuentas del Estado terminen ordenando la economía en un nivel tal que le permita brindarle buenas noticias a una población que las reclama y de la que dependería, claramente, su reelección. Aunque, como ocurre con todo proceso político, ese mismo tiempo también podría amenazar un eventual segundo ciclo del gobierno si apareciese una propuesta post Milei competitiva, creíble y confiable, capaz de garantizar la continuidad de las reformas, pero con un plan de crecimiento y desarrollo, enfocado en la producción y el sostenimiento de la industria; todo aquello de lo que hoy adolece la gestión libertaria.

El “próximo paso” de Mauricio Macri y del PRO es lo que más se acerca hoy a la conformación de “algo” que, de todas maneras, todavía no se sabe bien qué es. Pero que, al menos en potencia, podría poner en aprietos al gobierno. Ya sea por la capacidad de infringirle daños severos al dividir el universo de votantes que comparten, o bien por disputarle el debate del discurso y la construcción de una nueva esperanza sobre lo ya realizado, sin la necesidad —ni mucho menos la obligación— de demoler todo lo recibido, como sí le tocó a Milei en 2023.

Sin embargo, existe un drama todavía mayor que podría activarse ante el fracaso de Milei y la ausencia de resultados concretos de sus medidas de ajuste, reestructuración y desregulación de un Estado que fue creciendo al mismo ritmo que la ineficiencia y la inoperancia. El resurgimiento del populismo en toda su magnitud, con Axel Kicillof protegido por una parte importante y siempre determinante de la provincia de Buenos Aires, convertida en una trampa para ese anhelo de país normal que persigue el resto de los ciudadanos.

Argentina volvería entonces a quedar expuesta frente a su propio espejo, el que le devuelve la peor de las imágenes: la de un modelo pendular, moviéndose de extremo a extremo, neurótico e insatisfecho de por vida. Una nueva tragedia en ciernes que podría demoler las esperanzas de toda una generación que ha vivido de males a peores durante más de cincuenta años y que un día decidió dar un volantazo a su destino para encontrarse, una vez más, con una muralla inexpugnable.

El tiempo que corre es más que complejo. Porque no se sabe si habrá margen suficiente para construir una alternativa superadora a Milei que corrija lo que la administración ha hecho mal, mantenga aquello que ya se considera un activo y avance sobre lo que el libertario no puede —o no sabe— hacer: lograr el desarrollo y el crecimiento del país ante el posible y cada vez más visible fracaso del mercadocentrismo.

Casualmente ha sido Luis Caputo, el ministro de Hacienda más fiscalista y menos desarrollista de los conocidos hasta ahora, quien ha advertido sobre la amenaza que acecha a la vuelta de la esquina. Lo hizo hace poco, cuando en una entrevista reconoció que no habría más posibilidades de seguir ajustando el cinturón de los argentinos al haber alcanzado la restricción del gasto del Estado los 15 puntos del PBI; el mismo nivel de los años 90, según dijo, y 10 puntos por debajo del alcanzado por Mauricio Macri durante su gestión.

Entonces, ¿se habrá llegado al límite del ajuste? Y si fuese así, ¿cómo seguir si el esfuerzo realizado no se ha traducido en la llegada de inversiones como se esperaba para este momento, ni en la recuperación del consumo, ni en la puesta en marcha del verdadero motor de la actividad económica: el que genera empleo privado de calidad y el que conduce a un camino que, entre otras cosas, recupere la potencia del salario?

Milei reconoció este martes que si no hace un buen gobierno no logrará la reelección. Una obviedad, claro. Pero no deja de ser relevante la admisión de la principal carencia del modelo: la mejora en la calidad de vida de los argentinos.

Y en la misma línea también dejó entrever no temerle tanto a alternativas que puedan poner en peligro sus chances electorales de 2027 —en clara alusión a Macri— sino más bien a su propia impericia o a su eventual fracaso. Su principal enemigo.

Mendoza no es ajena a la disconformidad que crece sobre el gobierno en casi todo el país. No hay datos consolidados, pero sí señales que valen mucho más que cualquier especulación: en un departamento del Gran Mendoza, donde la imagen, la aceptación de su gobierno y el voto por Milei se arrimaron al 70 por ciento en las últimas elecciones, las recientes mediciones ya reflejan una caída cercana a los 40 puntos. Y en aquella tradicional pregunta en la que se le pide al encuestado describir su situación entre buena, pasable, difícil o mala —donde la suma de “buena” y “pasable” se había movido históricamente entre el 55 y el 60 por ciento— ahora apenas ronda el 40.

Muchas señales. Muchos indicios. Muchas advertencias que empiezan a indicar que, cuando el río suena, agua lleva. O más preocupante todavía: piedras trae.