Difícil que en Argentina ocurra que en medio de una serie de investigaciones llevadas adelante por una comisión de expertos independientes con el fin de evaluar cómo fue la gestión del Gobierno durante la pandemia de coronavirus, el ex ministro de Salud, Ginés González García, al comparecer ante la misma, hubiese reconocido los errores propios que cometió al frente de la cartera, empezando por el escándalo del vacunatorio VIP y terminando, quizás, con un mea culpa general en la estrategia y distribución de los recursos del Estado como para que todos los argentinos hubiesen recibido la misma atención, sin discriminación alguna.

Difícil para Argentina, pero no para el Reino Unido ni para quien fuera el secretario de Estado de Salud y Atención Social de ese país, Matt Hancock, quien, al presentarse a declarar ante una comisión especial, a comienzo de semana, reconoció sin más los errores cometidos por el Gobierno del que formaba parte y el propio, en particular, cuando, en medio del encierro y de la cuarentena, fue descubierto en una sesión de amor con una mujer, acaramelado y a los besos, gracias a la filtración pública que se hicieron de los videos tomados por las propias cámaras de seguridad conectadas en su oficina. El pecado de Hancock fue violar las normas estrictísimas de distanciamiento social que el Reino Unido había ordenado y que estaban en plena vigencia en ese momento.

Hancock acudió el martes a declarar ante la comisión independiente que lo había citado y, de acuerdo con sus dichos, publicados esta semana por el diario El País, de Madrid, admitió que en general la estrategia fue errónea, porque reveló que lo que se había planeado tenía que ver con las consecuencias de un posible desastre, como terminó sucediendo: “¿Podremos comprar suficientes bolsas para los cadáveres? ¿Dónde vamos a enterrar a los muertos? Y todos eran erróneos. Claro que es importante contemplar todos esos supuestos ante el caso de que fracases en detener una pandemia. Pero la planificación fundamental necesita basarse, principalmente, en cómo evitas en primer lugar que el desastre se produzca. ¿Cómo eliminas el virus?”, dijo Hancock ante los miembros de la comisión, de acuerdo con los dichos que el periodista Rafa de Miguel, escribió reportando para el diario español.

Además del affaire personal que violó la norma de distanciamiento, además de admitir que el Gobierno británico había realizado una mala evaluación del drama que se les venía encima, el ex funcionario dio detalles en tono culposo y de confesión cómo ordenaron que un grupo de adultos mayores que estaban siendo atendidos en hospitales regresaran a la residencia que los alojaba, sin mediar las posibles consecuencias desastrosas que finalmente se confirmaron, en una serie de muertes en cadena que bien pudo evitarse.

En fin, allá los británicos con sus cosas, bien podría decirse por estas latitudes, al leer los reportes que están saliendo a luz pública de lo que hizo o dejó de hacer durante la pandemia, en un país que suma convulsión ahora también al reconocer en un gran número de opiniones, mayoritarias, haber tomado una decisión errónea cuando millones de británicos presionaron en su momento por irse de Europa, hartos de la comunidad, y ahora demuestran arrepentimiento.

Son imágenes, hechos y episodios que imaginados para Argentina sólo podrían ser entendidos en relatos de ficción. Partiendo de las deudas que todavía el gobierno de Alberto Fernández mantiene impagas con la sociedad y con las víctimas del coronavirus, a quienes nadie les dio una explicación sobre la existencia del vacunatorio VIP que recién salió a la luz cuando uno de los periodistas afines al kirchnerismo lo describió no como una humorada, ni mucho menos en tono de denuncia y crítica, sino como un acto natural y de derecho propio por haber accedido al poder o estar cerca de él. Es más, todavía el Gobierno niega la existencia de tal escándalo, siguiendo la misma estrategia de quien era el ministro al momento de que se conociera, Ginés González García.

Y desde febrero del 2021, fecha en que debió dejar el Ministerio, remplazado por su auxiliar y discípula, Carla Vizzotti, hasta estos días, ese Ministerio y todo el Ejecutivo han seguido haciendo silencio en torno a las evidentes irregularidades y actos delictuales que posiblemente se cometieron. Y lo más grave de todo, sin una respuesta a los familiares de las 130.463 personas que murieron por la pandemia, muchas de ellas porque no accedieron a las vacunas; otras porque las vacunas llegaron tardíamente, cuando Argentina pudo haberlas tenido antes que ninguno; otras porque nunca fueron efectivamente asistidas y otras tantas porque no lograron contar con un respirador, o una cama de cuidados intensivos o porque la nación no envió los recursos equitativamente como debió hacerlo con cada una de las provincias, municipios y territorios sin importar la distancia de los centros urbanos, ni mucho menos la pertenencia política de los mismos.

Por qué llamaría la atención que en Argentina no se siguieran los mismos esquemas que algunos países aplican, como este del Reino Unido, puestos en marcha para conocer colectivamente cómo actuó el Estado ante un hecho particular en nombre de todos, si hasta que no aparecieron aquellas fotos que pusieron en evidencia al presidente siendo parte de la fiesta de cumpleaños de su pareja, jamás reconoció la falta y la violación de un decreto qué él mismo firmó.

La naturalización de lo irregular, del vicio, de la corrupción, de la violación sistemática de las normas, de la falta de explicaciones, del incumplimiento de los deberes de funcionarios públicos y de la constante ausencia de resultados óptimos de parte de las empresas públicas y de toda la estructura del Estado que soportan los mismos ciudadanos con el pago de los impuestos, forma parte también de ese proceso de decadencia que ha enfermado al país y que lo distancia y diferencia, cada vez más, de quienes marcan el rumbo.