La esperanza es deseo.

Mejor, la esperanza es deseo en movimiento.

La esperanza es la que propone, la que empuja, la que quebranta el miedo, tritura el llanto y aniquila la inacción.

La esperanza es lo que se construye cuando todo a tu alrededor es el cinismo de una ministra que jura por “nuestros derechos” y se olvida que su carrera política está basada en sostener a un caudillo de provincias y que, en ese esfuerzo, ni le molestó ocultar a cal y canto el asesinato de una mujer indefensa.

El cinismo de Ayelén Mazzina, que fue titular de la Secretaría de la Mujer en San Luis y que por no mover un dedo cuando en su jurisdicción el Estado mató a Magalí Morales; que por anteponer el favor al líder Rodríguez Sáa a los derechos de una indefensa; que por elegir el poder antes que el derecho, fue premiada por uno que decidió el encierro, y de su carguito provincial la rastrera pasó al cargo nacional.

Ahora Ayelén seguirá sosteniendo al cacique antes que a los derechos de los ciudadanos, pero eso no importa, el cinismo es así.

Que se doble o que se rompa, no importa, pero que sea peronismo.

Mientras más caudillo, más autoritario, más miserable, mejor.

Más peronista.

Más patético aún el cinismo si se recuerda que quien le dio el ascenso a la falsa defensora de los derechos humanos fue el mismo que decretó el encierro que terminó matando a Magalí.

Y que no cumplió el encierro.

Y que se burló de todos.

Entre peronistas no hay rencores. Hasta que se agarran a los tiros, pero esa es… Iba a decir que es otra historia, pero en realidad es siempre la misma historia.

La esperanza no tiene que ver con vasos medio llenos, medio vacíos.

Ahí está el vaso, ojalá estuviera medio lleno, medio vacío.

No, no está medio lleno, no está medio vacío.

Está apenas mojadito con el agua sucia que toman los whichís.

Hace dos años las comunidades wichís y guaraníes -que parecen menos originarios que los mediáticos maputruchos, niña de los ojos del Instituto Nacional de Asuntos Indígenas, INAI- le entregaron un petitorio al gobernador de Salta, Gustavo Sáenz, donde pedían algo tan básico como agua, seguridad jurídica sobre las tierras y educación y salud intercultural bilingüe. Habían muerto 45 niños menores de cinco años por causas evitables (deshidratación, diarrea, cuadros respiratorios, malformaciones congénitas, intoxicación de alimentos). Fue cuando la ministra de salud salteña Josefina Medrano lanzó su tenebrosa frase: “No es de hoy que los chicos mueren en esta época del año”, inaugurando la temporada de muertes de los niños wichís. Algo así como: “¡Qué nos vamos a andar preocupando si es febrero, y en febrero siempre se mueren!”.

El 11 de marzo del ’20, en un pomposo acto con una sonriente Victoria Tolosa Paz, Marcelo Mindlin (de Pampa Energía), el entonces presidente de YPF, Guillermo Nielsen, y Eduardo Kronenberg, de Toyota Argentina, Marcelo Tinelli con el gobernador Sáenz firmaron en Santa Victoria Este, en Salta, el compromiso entre el Estado y empresas del sector privado para perforar los pozos de agua que solucionarían el problema de las muertes, porque los wichís toman agua contaminada, agua con arsénico.

Los anuncios vinieron después de un florido intercambio de tuits entre el conductor de “Canta Conmigo ahora” y el gobernador salteño. Tinelli tuiteó: “Todo mi apoyo al gobernador de Salta, con el que recién hablé y en sus palabras y en sus lágrimas, lo vi comprometido con solucionar en forma urgente la situación de las comunidades wichís en Salta. Me ofrecí a viajar ya, si es necesario y convocar a toda la gente”.

En ese momento Sáenz anunció 10 pozos que después bajaron a 8 pero bueno, ahí voló el bueno de Tinelli, sonriente, a fotografiarse.

Los entonces ministros Ginés González García (Salud) y Daniel Arroyo (Desarrollo Social) anunciaron que iban a llevar agua para sostener la situación y que el Ministerio de Infraestructura “ya puso en marcha tres pozos y 100 reservorios de agua”. También se aplaudieron por un plan para “llevar soluciones hídricas y de saneamiento a largo plazo”.

El entonces ministro de Defensa, Agustín Rossi, no quiso ser menos y mandó gente de su cartera a la zona porque, dijo: “Desde el gobierno nacional tenemos una especial atención sobre lo que está pasando en la provincia”, según consta en Página/12 del 14 de febrero del ’20.

Tinelli ahora contó, en las notas que dio por el lanzamiento de su último programa de televisión en julio de este año: “Pagamos dos pozos de nuestro bolsillo con la Fundación y para los otros cinco conseguí empresarios amigos que los hicieron. Y para mí fue maravilloso eso”. De 10 pasaron a 8, de 8 a 7 pero algo no parece haber funcionado del todo bien porque este martes las comunidades wichís cortaron la Ruta Nacional 34 en Pichanal, Salta, reclamando, todavía, agua y la ambulancia que el gobernador prometió en su última visita, hace unos cuantos meses.

Mientras Luis Pilquimán, vicepresidente del INAI llevaba en un vehículo oficial a varias personas para poblar la toma de los sospechosos integrantes de la comunidad autodenominada mapuche Winkul Lafken Mapu en Villa Mascardi, el gobernador de Salta dejó de pagar el alquiler del único pozo de agua de las comunidades de Pichanal en el norte del país.

Así está el vaso, bien lejos de la mitad, apenas húmedo, con agua del único pozo que había y cuyo alquiler el gobernador, ya sin llanto como cuando hablaba con Tinelli por teléfono, dejó de pagar.

Ya no canta conmigo, ahora.

La situación actual es una porquería, muchas lágrimas; la desazón, la tristeza y el hambre llueven sobre cada argentino, cada día, cada noche.

Reconocer esto es fundamental para construir una esperanza verdadera.

Una esperanza que no parta de ahí, es nada.

Pero también una esperanza sin el reconocimiento del esfuerzo que conlleva, es sólo una ilusión.

La esperanza nace de la necesidad de que éste presente cambie, cambie como se pueda, quizás no ideal pero sí necesario. El ideal vendrá cuando el necesario esté cumplido. No estoy hablando de gradualismo o shock, eso lo dejo para políticos comprometidos.

Estoy hablando de lo que no se aguanta más.

Si no limpiamos lo poquito que hay de agua en el vaso, seremos todos niños wichís en la temporada de febrero, como dijo la ministra.

Hay poquita agua.

Está sucia.

Es el material con el que contamos.

¿Qué hacemos?

La esperanza es que todos los argentinos tengan agua.

¿Cómo se consigue?

Proponiéndolo.

Sin mirar para otro lado.

Exigiéndolo.

Salteños ¿a quién van a votar, si hace años que la temporada de chicos wichís comienza en febrero?

¿Qué piensa hacer la oposición con el tema?

¿Qué le exigiremos?

¿Compraremos Página/12 a ver cómo nos mienten y diremos “esto no cambia más”?

Algo es seguro: sin esperanza, sí, no cambia más.

El colega Andrés Abramowski escribió el lunes pasado en el diario rosarino “La Capital” que durante el primer semestre del 2022 en Rosario asesinaron más adolescentes, niños y mujeres que en cualquier otro año de esta década y que ese número siguió creciendo en agosto y septiembre.

Al día siguiente los narcos colgaron un cartel en el canal 5 de Rosario con la frase: “Vamos a matar periodistas”.

Viví una Rosario festiva en los años ’80.

Madrugadas interminables con un enorme sándwich de milanesa nerviosa en el bar “La buena medida”. Caminábamos por las peatonales en otoño, por el Parque Independencia en verano; nos sentábamos en el Monumento Nacional a la Bandera en la noche tarde, a ver pasar los barcos por el Paraná.

Nada anticipaba este presente de humo y muertos.

Nada.

No estaba escrito, aunque quizás alguien lo estuviera escribiendo, alguien lo estuviera esperando.

Hoy no se camina de madrugada en Rosario.

Es por eso que hay que retomar la esperanza más que nunca.

Porque el futuro no está escrito.

Que hoy los narcos se oculten en el humo tóxico no significa necesariamente que será así mañana.

Hoy se empuja el deseo de que Rosario vuelva a ser la ciudad donde caminar de madrugada escuchando el susurro del río sea posible. Donde no maten a la gente esperando el colectivo una tarde, en una plaza.

No se puede negar que hoy ocurra.

No se puede aceptar que mañana siga ocurriendo.

En los primeros días de noviembre despegará desde Buenos Aires un avión Hércules de las Fuerzas Armadas con un cargamento particular: dos barricas de whisky a un destino más particular aún, la base aeromilitar Vicecomodoro Marambio.

Las dos barricas son de La Alazana, la destilería que la familia Serenelli fundó en 2011 en su chacra de Las Golondrinas, en Lago Puelo, Chubut. Serán algo así como 600 botellas de un whisky de cinco años que pasará dos años más en la isla Seymour o Marambio, sobre el mar de Weddel, con temperaturas que llegan a 30º bajo cero y vientos de hasta 120 kilómetros por hora.

Nunca se añejó una bebida tan cerca de un polo terrestre: la base Marambio está en el paralelo 64.

La historia recién comienza.

De ahora en más, según el convenio firmado por La Alazana con el Comando Conjunto Antártico, todos los años se irán agregando barricas.

No es sólo una experiencia etílica. Es una forma bastante original de ratificar la presencia argentina en la Antártida, algo que será de profunda importancia dentro de unos años.

La esperanza es también un avión hacia la Antártida.

Hay, acá, allá, en todas partes, argentinos que entendieron que el futuro está en cada uno de nosotros.

La esperanza son las ganas de que las cosas anheladas se concreten.

Y trabajar para ello.

La esperanza no espera, avanza.

Imagina un futuro, lo desea, va hacia él.

Se lo quiere comer de a tarascones.

Se equivoca, trastabilla, se levanta y sigue.

Qué obvio todo, qué difícil todo, qué urgente todo.

La esperanza es ambición, las dos palabras tienen mala prensa.

No debe ser casual que nos quieran sin esperanza y sin ambición.

Sin esperanza, sin ambición somos presa fácil de cualquier mandamás, cualquier mercachifle que nos quiere en conserva.  

El lector que llegó hasta acá y piensa: “Sí, pero a mí no me quedan esperanzas, esto no cambia más”.

¿Se piensa que la esperanza es un frasco de mayonesa que cuando se acabó, se acabó?

Bueno, no.

Si no existe la esperanza hay que actuar como si existiera.

Es la única manera de hacerla real.

Estamos en el fondo, o pensamos que estamos en el fondo en este país sin fondo.

¿Qué hacemos, además de lamentarnos?

“¡Yo no sé cómo no explota todo!”, dicen algunos, sin darse cuenta que la explosión ya ocurrió, que estamos todos explotados y sin ánimo y zombies y que lo único que podemos hacer es inventar una esperanza, hacerla real y buscar el norte.

No hay muchos caminos.

Este fin es el germen de algo nuevo o es terminal.

Arrancamos o nos pasan por arriba.

Por eso la esperanza.

Porque las cosas sólo se cambian desde el lugar en el que están, no en el que nos gustaría que estén.

La esperanza se construye con lo que hay, no con lo que nos gustaría que hubiera.

La esperanza que no reconoce el estado de las cosas en las que nace, es de mentiritas, es ilusión del mundo Disney donde siempre, siempre, los sueños se hacen realidad.

La esperanza es más efectiva cuando reconoce que es la mierda que no se aguanta más la que la hace estallar.

Porque si el mundo muestra una cara horrible, si el país está manejado por unos payasos groseros y ofensivos, lo peor que se puede hacer es bajar los brazos.

La mitad del país es pobre, el diez por ciento es indigente.

Al contrario de lo que se piensa superficialmente, justamente por esos niveles de pobreza es que es indecente no tener esperanza.

La esperanza es lo contrario a la resignación, que es la falta de deseo.

La esperanza es la bala directa al corazón del no se puede.

El futuro no está escrito, no es una condena ni una promesa ni una profecía ni un pronóstico.

No hay juicio ni sentencia decretada.

Hay libertad.

La esperanza es la libertad en acción.

Es la ruta hacia lo deseado, es el puente.

¿Puede salir mal?

Sí.

La esperanza no es sentarse a esperar que las cosas pasen.

Porque mientras nos sentamos a esperar que las cosas pasen, algunos cuántos corren a tramar futuros horribles.

Ese futuro horrible no es inevitable.

Puede y debe ser eliminado.

A la meta se llega sólo si uno va hacia ella.

La esperanza sentada no sirve. Sólo es Penélope tejiendo en la espera de que pase algo que nunca ocurrirá.

La meta no viene hacia vos.

Hasta Mahoma va hacia la montaña.

Por eso es tan necesario que venga la señora esperanza, nos meta flor de patada en el culo y nos empuje.

La esperanza es vital, porque su ausencia es la muerte.

Y hay mucha gente que no quiere seguir agonizando.

Gente que no se resigna, incluso rodeada de empresarios prebendarios que dicen “ceder para crecer” en su reunión autocelebratoria; empresarios que hablan de un consenso que no moleste, que sea moderado; un consenso como el que ya armaron cuando eligieron como candidato al piltrafa que se sienta -bien pasado el mediodía, día sí, día no- en el sillón de Rivadavia; un consenso que escuche paciente que ese candidato al que ayudaron a ganar se nombre en tercera persona y se autoelogie por ser “el que fue a buscar las vacunas”, “el que sigue enfrentando la guerra”, y tengan como máximo gesto de rebeldía ser sólo tibios en los aplausos.

Es coherente, son tibios en todo.

Pero, señores del círculo rojo, gente del consenso con IDEA que no quiere andar molestando a sus cancerberos peronistas, con los que, en el fondo, siempre se puede hacer algún negocio, sepan que hay mucha gente que no se resigna.

Gente con esperanzas.

Como el que está escribiendo esta nota, ahora en medio de anuncios cínicos de un gobierno que ya no existe, una inflación de la que no hablan, una inseguridad que no les interesa, una imagen internacional hecha pedazos.

Gente con esperanzas.

Como -espero- quien lee estas líneas ahora, esta mañana y después sonríe y después se levanta y riega las plantas porque mañana es mejor.