El presidente Javier Milei. Credit: Imagen generada con Gemini, inteligencia artificial.

Hay una diferencia enorme entre estabilizar una economía y hacerla crecer. Javier Milei lo reconoció esta semana con una claridad poco habitual: la estabilización ha sido indispensable, pero no es el motor del crecimiento.

La primera tarea se parece a la de un médico que consigue detener una hemorragia. La segunda exige algo mucho más complejo: que el paciente vuelva a caminar.

La inflación retrocedió, el dólar dejó de ser una obsesión cotidiana —salvo para quienes reclaman una devaluación— y la macroeconomía exhibe signos de ordenamiento que hace apenas dos años parecían imposibles. Pero el paciente todavía no camina.

Durante meses, el gobierno de Javier Milei construyó su legitimidad sobre un dato tan concreto como devastador para la Argentina de los últimos años: la caída de la inflación. La estabilización monetaria, el superávit fiscal y el ordenamiento de variables que durante décadas parecían condenadas al descontrol, vinieron un poco después.

Pero incluso el propio Presidente comenzó a admitir algo que hasta hace poco parecía una herejía dentro del credo libertario. A dos años y medio de la gesta, la estabilidad no alcanza. Es imprescindible. Es condición necesaria. Pero no es el motor del crecimiento. Eso fue, en esencia, lo que planteó el jueves último durante el Latam Economic Forum 2026.

La inflación a la baja puede ordenar expectativas. Pero no genera empleo por sí sola. Tampoco recupera salarios, reactiva industrias ni devuelve automáticamente la sensación de prosperidad perdida. No hace falta que alguien lo determine o lo ponga en blanco sobre negro. Es la realidad a la vista de todos.

La sociedad ha entrado en esa etapa. En la que empieza a preguntarse: ¿y ahora qué?

Las preocupaciones que dominan los sondeos tienen hoy un mismo denominador común: la economía. El miedo ya no es exclusivamente la inflación. Las encuestas muestran que el temor mutó. Ya no se trata solamente de cuánto aumentará un producto el mes próximo, sino de algo bastante más inquietante: si habrá empleo, si habrá obra social, si se podrá sostener una prepaga, si los medicamentos seguirán siendo accesibles.

Es el momento en que la economía deja de ser una discusión de planillas y teorías para volver a convertirse en una conversación doméstica. Y las encuestas empiezan a reflejarlo.

Mientras Martha Reale Dalla Torre y el Equipo MIDE ofrecen fotografías electorales que parecen contradecirse entre sí, hay un dato más profundo que atraviesa a todos los estudios: las expectativas económicas dejaron de mejorar al mismo ritmo que mejoraba la macroeconomía.

Es una señal que tanto la Casa Rosada como la administración de Alfredo Cornejo parecen haber registrado. Los indicios de recuperación observados durante abril y mayo siguen siendo demasiado débiles para impactar en la percepción del ciudadano de a pie.

Tal vez por eso comenzó a aparecer otra palabra en el centro de la escena: inversión, desarrollo, producción, generación de riqueza, pero al estilo Milei. Nada comparable a los modelos conocidos.

En el esquema del mileísmo, el desarrollo y el crecimiento llegarían de la mano de mayores desregulaciones y una apertura más profunda de la economía. Para ello se diseñaron mecanismos de incentivo basados en menores cargas impositivas y en la disponibilidad acelerada de las divisas generadas por los proyectos.

No casualmente Milei volvió a defender el RIGI y ahora también el denominado Súper RIGI, un esquema pensado para atraer inversiones de una magnitud que Argentina hace años no logra seducir.

La lógica oficial es simple. Si la estabilidad ya fue conseguida, ahora debe llegar el capital. Y si llega el capital, llegará el empleo. El problema es que entre una cosa y la otra existe un territorio incómodo donde vive la ansiedad social.

Porque las inversiones se anuncian antes de concretarse. Los proyectos se presentan antes de producir. Los dólares ingresan antes de derramarse sobre la vida cotidiana.

La política trabaja con expectativas. Y la sociedad vive con urgencias. En Mendoza esa tensión se observa desde hace tiempo.

Mientras buena parte de la dirigencia ya discute una batalla prematura por el liderazgo de 2027 entre el cornejismo con alguno de sus candidatos y Luis Petri, aparecen señales de otro proceso mucho más relevante para el humor social.

Hace años que el gobierno provincial busca mecanismos para mover la economía real. Para transformar oportunidades en actividad económica. Para convertir ventajas comparativas en empleo. Hay experiencias en camino. La explotación minera en el norte más lo que se vislumbra en el sur son parte de la apuesta.

Y en la Nación comienza a aparecer un interrogante parecido: cómo lograr que el ajuste deje de ser la única noticia.

En ese contexto adquiere otra dimensión la reunión realizada días atrás en la Legislatura mendocina entre representantes norteamericanos, integrantes de AmCham y autoridades provinciales.

No por la foto, que pasó prácticamente desapercibida. Sino por lo que podría estar detrás de ella.

Hace más de un año comenzó a circular una hipótesis que entonces parecía lejana: que IMPSA, ahora bajo control de la estadounidense ARC Energy, pudiera volver a fabricar grúas destinadas al mercado norteamericano como reemplazo del equipamiento chino impulsado por razones comerciales y estratégicas en Estados Unidos.

Lo que entonces era apenas un proyecto comienza a mostrar indicios de transformarse en una posibilidad concreta. La compañía ya había identificado oportunidades y licitaciones en Florida y en la costa Este norteamericana.

La importancia del dato excede largamente a IMPSA. Porque la empresa mendocina se transforma en una especie de laboratorio de la nueva etapa económica.

No se trata solamente de una privatización. Ni de una operación empresaria. Se trata de un intento más de una provincia buscando capturar inversiones de una industria que puede exportar valor agregado y de una economía que intenta volver a producir para el mundo.

La verdadera discusión empieza ahora. La de la velocidad. La de cuánto tiempo puede esperar una sociedad para que las promesas de crecimiento se conviertan en empleo.

Ese será, probablemente, uno de los temas centrales de la discusión política rumbo a 2027. Mientras el gobierno de Milei celebra haber dejado atrás el incendio inflacionario, millones de argentinos siguen esperando señales concretas de que alguien comenzó la reconstrucción.

Y las reconstrucciones, igual que los grandes proyectos industriales, suelen comenzar con una grúa. El problema para la política es que nadie vota una grúa. El ciudadano se enciende, votando quizás, cuando la ve trabajar.

Y la economía argentina está entrando exactamente en ese momento: el de las pruebas. El tiempo del ajuste fue el de la paciencia. El tiempo del crecimiento será el de las verificaciones.