Todos sabían que los festejos por los 100 años de Godoy Cruz iban a desmadrarse. Bastaba con darle un vistazo a las redes sociales para enterarse. No hacía falta surfear mucho en internet. Estaba ahí la información. Era tomarla, interpetarla y actuar. Era eso o mirar hacia otro lado. Hacer de cuenta que nada estaba pasando; que nada iba a pasar.
Cuesta entender cómo desde el gobierno o desde el municipio no lo advirtieron. Y, si lo hicieron, resolvieron dejar todo como estaba; mostrar un Estado incapaz de prevenir situaciones de colapso y que solo espera que la espuma baje.
Había ocurrido algo similar luego del crimen de Florencia Romano. La decisión de la cúpula del Ministerio de Seguridad en ese momento fue no actuar y liberar la zona para todo tipo de desmanes. Hubo incendios, vidrios rotos, bienes públicos dañados y hasta se quemó parte del edificio de la Legislatura.
Pasividad absoluta ante una horda violenta que, tal como sucedió este martes, había anunciado en las redes que tenían la clara intención de prender fuego la provincia. Y lo hicieron.
Lo de los simpatizantes de Godoy Cruz, es cierto, tuvo otra naturaleza. No hubo ni vehemencia ni arrebatos. Sólo rompieron con absolutamente todos los protocolos sanitarios vigentes. Del primero al último. Todo, bajo la bandera del amor por los colores.
En voz baja suelen explicar que, si la policía actúa para preservar el orden, el costo puede ser mayor. Cargan con esa cuestión culposa. Por eso deciden replegarse, dejar de ser autoridad y convertirse en público y, lógicamente, en víctimas.
Son postales que sirven para demostrar que Mendoza no es tan diferente del resto del país. Que la idea de ley y orden siguen siendo relativa y subestimada cuando hay que plantarse de frente ante una situación límite.
Si correspondía o no que los hinchas salgan a festejar, es otra historia. Que existe un desprecio absoluto por las normativas vigentes está claro. Y ni hablar de la empatía social. Miles de mendocinos están haciendo un esfuerzo por supervivir. Otros tantos por mantener las escuelas abiertas; por no quitarle a sus hijos de la posibilidad de la educación frente a la crisis sanitaria que no da un metro de ventaja.
Dirán que no se puede; que es imposible domar a la masa enardecida; que son fenómenos sociales difíciles de describir. Hablarán de exaltación, frenesí o paroxismo para disimular la falta de inteligencia. Y no se trata de la noción para comprender los hechos, sino de lo que en criminalística se conoce como la capacidad para recopilar información, analizarla y actuar. Los datos estaban ahí. Se podría haber evitado el descontrol; darle algún marco organizativo y ciertas garantías. Era cuestión de, al menos, intentarlo. No atinaron.
La cultura del tablón, del aguante y de toda esa sarasa se impone. Se nota en todos los aspectos. No es una discusión sobre sentimientos o expresiones pasionales. El asunto va por otro lado. Va por mostrar que cualquiera puede moverse por afuera de la ley y que no hay nadie que lo impida. O, peor aún, que no existe imperio de la ley. Porque cuando hay que hacerla cumplir, los responsables se esconden.
