“Soy ingeniero y miro las cosas como son, sin mentirme”, escribió ayer el ex presidente Mauricio Macri en una carta que se ha entendido como un saludo navideño y de fin de año para los argentinos, a los que gobernó entre el 2015 y el 2019. Claro que Macri, sabedor del profundo impacto de sus palabras, dirigió buena parte de sus escritos a fustigar al gobierno de Alberto Fernández, a quien tildó de mentiroso en todo sentido, partiendo de aquella reunión en la residencia de Olivos en la que el presidente participó en el festejo de cumpleaños de la primera dama, Fabiola Yáñez, cuando todo el mundo permanecía encerrado e impedido de ser parte de reuniones y, mucho menos, de fiestas. “Esas fotos festivas expresan una mentira más honda que el propio festejo, que se extiende a todas las acciones. Porque, el mentiroso siempre miente”, le dedicó Macri a su sucesor.

Si hay algo que los argentinos tenemos que valorar, en especial aquellos que de una u otra manera no vivieron ni experimentaron en su total magnitud, es el derecho de libertad de expresión que hemos conquistado para siempre. Eso de poder compartir a viva voz y por los medios que uno quisiera o eligiese –o con los que pudiese tener a mano, mejor–, el pensamiento más profundo, íntimo y recóndito sobre cualquier cosa.

Claro que el ex mandatario puede tildar de mentiroso, bajo su estricta responsabilidad, a quien él lo considere. Macri, como seguramente lo han esperado y lo prefieren sus seguidores más cercanos y convencidos, le habla al kirchnerismo, más que al presidente Fernández. Macri intuye lo que muchos, que Fernández ya tiene el boleto picado y muy particularmente por quien lo eligió para que fuera candidato a la Presidencia en el 2019. Y por supuesto que, también, Macri acierta en gran medida cuando le achaca al gobierno “el manejo insensato de la pandemia; el falso heroísmo de la vacuna rusa, traída entre lágrimas por Aerolíneas Argentinas; los infames vacunatorios vip que prefieren no recordar y la destrucción total de la economía”.

Macri, como Cristina Fernández de Kirchner, no logró aclarar, ni mucho menos responder, las dudas que causó y generó en su paso por la Presidencia. No lo hizo la actual vicepresidenta ni siquiera –ni mucho menos en verdad– en aquel libro que tanta expectativa generó, Sinceramente. Tampoco el ex presidente, con su propio Primer tiempo.

¿A quién le habla Macri con su carta? Si es a los propios, como lo hace habitualmente Cristina en sus posteos o en aquel best seller, bueno, no hay que indagar demasiado en la profundidad de sus dichos e, incluso, en la veracidad y sensatez de todo lo que ha referido, aun cuando, en buena parte de su escrito, la realidad sobre el presente le da la razón.

El problema que puede contener la carta de Macri es el convencimiento, de su parte, de creer que siempre tiene la razón, sin haber aclarado del todo los bolsones grises y opacos que dejó su gestión, más cuando tanta expectativas y esperanzas había generado y alimentado. El ex presidente, y toda la oposición, deben comprender, y entender, aunque no guste, que en la Argentina que ha tolerado –y lo viene haciendo– innumerables estafas y mentiras desde el poder en la mayoría de los últimos años que han marcado su historia, dominado por una fuerte inclinación y tendencia hacia el populismo, cualquier variante o alternativa que lograse destronar esa administración de tradición y costumbre en la conducción del país está y estará sujeta a mayores exigencias y a rendiciones de exámenes mucho más exhaustivas que las que habitualmente se le han impuesto al mal entendido estado de bienestar, o a ese sistema extendido en el tiempo en donde se ha apelado a la expansión desbocada del gasto público para satisfacer las demandas de una sociedad necesitada y demandante, por la sencilla razón de que su economía, en general, la alimentada desde la inversión privada y de los particulares, no ha respondido, como ocurre con el funcionamiento de los países del mundo.

En su Primer tiempo, en la página 87, Macri promete: “Tengo una autocrítica para hacer (…): Creo que dediqué demasiado tiempo a la gestión y poco a involucrarme de manera personal en llegar a acuerdos. Si pudiera empezar otra vez, trataría de lograr un equilibrio mayor”. Seguidamente explica que iba de reunión en reunión y que, como ingeniero, se concentraba en observar las obras de infraestructura, al viajar por las provincias, destacando que hizo 300.000 kilómetros, “mucho más que cualquier otro presidente”, resalta. Agrega que se encargó del narcotráfico y de los temas económicos y que marginó la actividad política. “La negociación política la delegué, sobre todo, en Rogelio (Frigerio), que se ocupaba de los gobernadores, y en Emilio (Monzó), a cargo de los acuerdos en el Congreso”, señala.

A Macri mucho se lo ha cuestionado por su inclinación a encerrarse en sí mismo y tomar decisiones con dos o tres funcionarios cercanos, no más, y partícipes de las medidas que se asumieron más trascendentes. Que le faltó una visión política más amplia y apoyada en la mirada de sus socios en la coalición. Macri, junto con Marcos Peña y Jaime Durán Barba, rechazaba la mirada de los radicales y de los lilitos por provenir de la “vieja política”. Por eso, Frigerio y Monzó fracasaban una y otra vez cuando le llevaban propuestas de solución y acuerdos varios con otras fuerzas políticas.

Esa Argentina con la que algunos sueñan y que de a poco va extendiendo su esperanza a favor de que las cosas funcionen con normalidad y con sentido común en otros y otras que hasta no hace mucho sólo se aferraban a los mandamientos de un régimen casi confesional, prebendario y dadivoso, en el que pretender asomar la cabeza y crecer con esfuerzo, mérito y conocimiento, está mal visto; esa Argentina requiere, por sobre todo, de sinceridad y de honestidad intelectual por parte de sus más importantes dirigentes.

Ni Macri ni Cristina Fernández han logrado satisfacer las dudas que generaron sus decisiones al frente del Gobierno. Ya no tanto sobre las posibles comisiones de algún delito vinculado con la corrupción en el ejercicio y al frente de la función pública, cuestiones que, en verdad, es la Justicia la que debe responder acertadamente. Se trata de todo lo que prometieron y no cumplieron ni lograron y que, hoy, ya pasado un tiempo más que prudencial de sus gestiones, no aclararon debidamente. Y por supuesto que pudieron equivocarse, desde ya. Pero, lo inaceptable es que insistan en sus peroratas de que sí lo hicieron y lograron y que si no son reconocidas, es por culpa de quien no ha podido o no ha querido verlas. Y en eso han estado ambos hasta ahora, los abanderados de la fractura social.