Ese clima de euforia y entusiasmo desbordante que se evidencia y percibe nítido en cuanto comando libertario se visite a lo largo y ancho del país, no parece frenarlo nada ni nadie, al menos por ahora y se verá más adelante donde la marcha de la economía tendrá mucho que ver.

Se trata de un fenómeno que se da particularmente en las líneas más comprometidas con la causa nacional, en el nivel de los allegados, en el de ciertos dirigentes o arrimados que el mileísmo ha logrado atraer desde que gobierna, montado en el éxito rotundo que le ha proporcionado el garrote tras garrote contra la inflación y el dólar, actores determinantes en la Argentina si los hay.

En ese nivel de relaciones mencionado y descrito, de un particularísimo affectio societatis, parece no sentirse el golpe certero al corazón y al alma que ha producido el rechazo oficialista al tratamiento de la Ficha Limpia; un impacto que sí debe haber estremecido a no pocos de los votantes de un Javier Milei que en noviembre del 2023, con la apuesta que realizaban a su favor, se esperanzaban con noquear al estilo de gobierno sempiterno basado en el desprecio constante y total a la república, a las instituciones, al futuro de los más desposeídos (¡qué duda cabe!) por los que dijo siempre trabajar, y sustentado en, vaya si no, en la corrupción sistemática y naturalizada, extendida como una enfermedad incurable abarcando los principales puntos de decisión.

El pragmatismo se está erigiendo en una de las características de Milei para conducirse por las arenas siempre movedizas y traicioneras de la política. Pactos varios, idas para un lado y para otro sin más explicaciones ni meras atenciones a las inconsistencias y las contradicciones, todo en el estricto plano –y justificado, claro– de la negociación política.

Pero ese cambio de dirección, ese andar serpenteante, no se ha dado en el aspecto que Milei maneja como el más experto de todos y entre todos. Su triunfo evidente y contundente por sobre los índices indomables y malignos que han afectado a la economía del país le han dado el aire suficiente y el empuje, es lo que parece entender, para enfrentar al mismísimo diablo y negociar con él. Los cargos en la Corte; el más de un centenar de vacantes en la Justicia Federal; una posible modificación electoral en ciernes y el hecho que todos ven (el de haberse elegidos como únicos contrincantes), soñando con una polarización que los dos ven beneficiosa, sustentan el más que claro acuerdo entre el presidente y la ex vicepresidenta condenada y multi procesada Cristina Fernández de Kirchner.

El cambio de visión de Milei, de percepción, y que lo lleva a incumplir una promesa electoral (puede que sea la única hasta ahora) como la de ser inflexible con la corrupción y con los corruptos (es el caso de Fernández de Kirchner tras la doble sentencia confirmada) lo ha colocado en el mismo plano de la casta, esa que tanto ha venido condenando y con la que ha sacado provecho, y a la vez lo conduce a un escenario en el que, se coincide y muchos así lo ven, pone a jugar con fuego no sólo su andar político sino el del país.

Ese Milei de paso firme, victorioso y triunfal por domar el déficit fiscal (no importa a qué costo y quiénes sean los más perjudicados), la inflación y al dólar y que en Mendoza le da una aceptación general del orden del 55 por ciento de los mendocinos según las encuestas más favorables (RDT, por ejemplo) y de por lo menos el 37 por ciento en las menos favorables (Diagnóstico y Análisis, entre ellas), pero que a la vez no tendría empacho de beneficiar a Fernández de Kirchner y al kirchnerismo y sin explicaciones porque, entiende, que no tiene que darlas, ¿sería hoy un socio aceptable para el oficialismo mendocino frente a las elecciones de medio término? ¿o bien un rival a quien enfrentar con agrado y gusto?

El gobierno de Alfredo Cornejo no descarta buscar un acuerdo con Milei para esas elecciones. Así lo ha expresado el gobernador este fin de semana en las varias entrevistas que ha ofrecido cuando cumple su primer año de gestión de su segundo mandato. Y aclara, además, que de concretarse esa suerte de alianza, la misma tendría que surgir de las coincidencias sobre un mismo modelo de nación y de provincia. Nada forzado, sugiere. Es interesante este punto del análisis, porque para un político tradicional como Cornejo y un renacido Milei (renacido, porque parece adquirir muchos de los vicios de la casta política que ha condenado), este tipo de pactos electorales, y públicos, se tejen alrededor de puntos en común que se identificarían por caso en las reformas económicas, en el ajuste de las cuentas públicas y en el ordenamiento de la economía el que permitiría el crecimiento y el desarrollo.

¿Pero cuánto y cómo de todo eso podría tallar y ponerse en valor en un electorado que les dio el voto a ambos oficialismos en noviembre por coincidir en la línea y en la dirección, pero que ahora ve que uno de ellos (o lo dos, quién lo sabe) también es capaz de transar con el diablo?

Las varas morales o éticas, si se quiere, siempre han sido altas para quien las demanda y las exige en política. Por caso un determinado electorado, con un perfil definido y claro como el que emergió para dar un golpe de 180 grados a las cosas, a todas las cosas. Aquel 30 por ciento que se configuró en el núcleo duro de Milei y que nació con el caudal de votos conseguido en el proceso electoral y que lo condujo a la presidencia, puede que llegue a no prestarle atención a las genuflexiones morales de su líder y de su gobierno. La duda está en el efecto sobre esa porción del voto prestado, un 26 por ciento más, que pudo haber recibido sólo y a los efectos de impedir un triunfo del populismo que sojuzgó por años a los sectores medios principalmente el que fue condenado a la frustración y la impotencia, con saña y alevosía.

Para toda esa gente, millones probablemente, la misma que decidió exponerse y cruzar el Rubicón a fines del 2023, ¿daría lo mismo hoy dejar de lado sus exigencias éticas y morales para de pronto mostrarse tolerante a los cuadernos de la corrupción, a los Lázaro Báez, a los tantos Massa que andan por ahí y sus intervenciones en el presupuesto y en los fondos públicos en beneficio propio? ¿Vale todo y todo es lo mismo? Para ser más preciso: ¿Puede una elección de medio término y el interés de una cúpula dirigencial poner todo en riesgo? O quizás se trate de una oportunidad para dejar las cosas en claro de que se va en serio, con las fuerzas del cielo o sin ellas, pero en serio, y definitivamente, para no volver atrás.