“Fútbol y política no se mezclan”, dijo este jueves la portavoz de la Presidencia, Gabriela Cerruti, cuando le consultaron si el presidente Alberto Fernández tenía pensado estar el domingo en Qatar, para la final del mundo entre la selección nacional y Francia. Falso. Cerruti fue por una respuesta de ocasión, faltando a la verdad y para evitar entrar en un terreno pantanoso en el que se ha metido por el propio estilo de gobierno de su administración. El problema de fondo es que el presidente no encuentra las palabras precisas y un fundamento convincente sin caer en sus propias trampas, incurriendo, seguramente, en todo lo que cuestionaría y criticaría sin vergüenza ni reparo alguno para el caso de que otro ocupase su rol desde la oposición.
El fútbol y la política siempre se mezclaron, fueron de la mano y se acompañaron a lo largo de la historia nacional. Y, en la mayoría de los casos, ese acompañamiento fue para sacarse beneficios mutuamente: la política, para extender su costado demagógico y utilizarlo de plataforma de lanzamiento para llegar a sectores que no les eran tan afines, además de alimentar negocios de los que el fútbol se valió, a su vez, extrayendo recursos del Estado, casi siempre, de forma poco clara.
El presidente debiese estar el domingo en Doha, no hay dudas de eso, como lo hará su par francés, Emmanuel Macron; o como, seguramente, lo hubiese hecho Luis Lacalle Pou con Uruguay en lo más alto del fútbol mundial, y hasta el brasileño Bolsonaro, aunque viene de perder las elecciones a manos de Lula y al frente de un país tan o más fragmentado que Argentina. Ni hablar para otros casos, como España, cuyo rey habría asistido, como lo hizo en algunos partidos, o su presidente; o Italia, cuya Selección no logró clasificarse o Alemania, qué duda cabe. El fútbol ha conseguido lo que, por lejos, ningún otro deporte ha alcanzado: la universalidad total y absoluta, con la característica adicional de haberse convertido en una especie de idioma o método de entendimiento y de relaciones entre países diametralmente opuestos por cuestiones culturales, religiosas e ideológicas.
La subnormalidad en la que se vive en Argentina se ha hecho costumbre, una cosa ominosa, de todos los días, impide a unos, el oficialismo, justificar la presencia del jefe de Estado por el alto contenido de tara mental que nubla la vista del elenco y grupo gobernante para todos sus actos; no de ahora, sino de mucho tiempo atrás, quizás desde el mismo momento en que se explicitara y apareciera lo que hoy conocemos como la grieta. Hablar de la reacción de la oposición o de sus principales líderes, por no incluir a todos, sería incurrir en el campo de la especulación pura, cuestión que en este caso no sería lo más correcto o aconsejable. Pero, por supuesto que no dejaría de aparecer en este sector alguna voz que acusase, en tono de denuncia y crítica, bien alto, visible y fuerte, el aprovechamiento político por parte del jefe de Estado y de todo el Gobierno.
Ha sido Rodolfo Suarez, el gobernador de la provincia, quien este jueves, con naturalidad, dijo que si Fernández decidiese ir, a él no le parecería mal. “Aquí no hay grieta, si hay algo que nos une a los argentinos, es el fútbol”, le agregó Suarez a su comentario; el que, además, no estuvo lejos de lo que el político suele imaginar y pensar en eventos de tanta trascendencia como el del domingo, especialmente para los argentinos: el de hacerse acreedor del mote de mufa. “Los que nos dedicamos a la función pública, por ahí no queremos ir porque si llegan a perder van a decir que es mufa”, dijo, con referencia específica a Fernández, pero incluyéndose o hasta viéndose en una situación similar.
Existen otras posibles explicaciones que surgen al rechazo que muchos tienen en general, no sólo desde la oposición y dentro de ella, posiblemente, con la clara excepción de Suarez, el que ha podido expresarse, a la presencia de Fernández en Qatar y a eso de que no tendría derecho a apropiarse de un festejo y motivo de alegría propio de los ciudadanos, como un triunfo de la Selección en el Mundial. Está en la degradación y declive continuo de la acción de gobierno o en la administración del Estado. Es lo que ha llevado a una mayoría a expresar su motivo de diferencia en medio de la grieta: la cuestión puramente moral, más que política o ideológica; el uso del Estado y sus bienes para provecho personal o de un grupo reducido de quienes conducen, de la apuntada casta; la corrupción, en definitiva, y el robo a la vista de todos con la impunidad que ha reinado a sus anchas, cuando menos, hasta la reciente condena a seis años de cárcel para la vicepresidenta.
La inmoralidad, la apropiación del Estado en términos amplios y hasta de algunas de las fechas icónicas para el país en cuanto patria; la perversión y el cinismo como métodos y formas de gobierno son los condimentos y, a la vez, los ingredientes que dieron paso a la grieta, más que aquella cuestión de derechas o izquierdas. La subnormalidad institucionalizada impide que hoy –en una gran mayoría puede que sea–, se oponga la presencia de un presidente argentino en una final del mundo en la que juega la Selección y lo mismo cabe, por qué no, para quienes participan en un festejo popular arrasando y vandalizando los bienes públicos. Que el Gobierno haya tenido que marcar una zona de exclusión para el microcentro mendocino y, más aún, dejar sin servicio de transporte público al Gran Mendoza por cuatro horas por temor a que destruyan los colectivos, habla también de ese nivel de subnormalidad en el que estamos sin habernos dado cuenta. Increíble, pero real.
