“¿Te importa la verdad? Te lo pregunto porque parece que ahora los hechos ya no le importan a nadie. ¿Será así? Aunque siempre faltan cosas, en Mendoza se vive mejor que en otras partes del país”. Con gestos y guiños, más una mirada cómplice, el joven del spot camina y lanza preguntas retóricas frente a lo que enumerará de inmediato: el ordenamiento del Estado iniciado en 2015 y lo que continúa hasta el presente; las reformas en escala provincial, incluso antes que en la Nación —se ocupa de remarcar—; los servicios públicos de calidad; las obras de infraestructura con énfasis en la red vial, el riego y el cuidado del agua; la salud con más y mejores hospitales; y la inversión en educación. Hasta que, en un momento, el joven vuelve a mirar fijo a la cámara y repite: “Igual, a nadie le importa la verdad de los hechos, ¿o sí?”.
Hace casi un mes que ese spot televisivo circula en canales, radios y redes sociales. Fue el lanzamiento de la campaña del gobierno provincial de cara a las elecciones del 26 de octubre. En un intento de volver a las raíces —riesgoso, por cierto, dadas las urgencias del momento—, la administración buscó destacar lo que en el pasado le garantizó varios triunfos consecutivos sobre el peronismo: aquella “revolución” que propuso Alfredo Cornejo tras los dos malos gobiernos de Celso Jaque y Francisco “Paco” Pérez. Con la vista en un presente complicado y un futuro que podría ser más promisorio si se hicieran bien las cosas, el guion sugiere que la responsabilidad principal recae en la Nación, en una macroeconomía que aún no da buenas noticias para la micro: inversión, desarrollo, generación de riqueza, empleo y crecimiento.
Se entiende el esfuerzo del oficialismo por anclar y asegurar lo alcanzado en casi diez años. Todo lo dicho es cierto, pero no alcanza para dejar satisfecho a nadie. El gobierno lo sabe, y al mismo tiempo parece pedirle a una sociedad demandante que reconozca lo construido sobre la base del esfuerzo generalizado, el equilibrio fiscal y un gasto medido que priorizó servicios sensibles.
Sin embargo, Mendoza comienza a mostrar signos de insatisfacción general, como ocurre en el resto del país. No sólo por la situación económica y la falta de oportunidades, sino también por conductas inusuales en su idiosincrasia. Algunas tienen origen económico, otras cultural. Ejemplos sobran: vecinos que acechan un camión siniestrado para apropiarse de su carga de carne, dispuestos incluso a enfrentarse con la policía; chicos sorprendidos con armas en las escuelas; comerciantes y pymes que reclaman intervención del Estado porque no venden lo que esperan y su rentabilidad está amenazada. Tres señales de que Mendoza, poco a poco, ingresa en una corriente de vulgaridad y de comportamientos colectivos degradantes de los que solía sentirse ajena.
La provincia, como el país, necesita buenas noticias sostenidas en el tiempo. Los constantes golpes a la esperanza afectan la cultura del esfuerzo y del mérito que alguna vez la distinguieron. Así como la debacle nacional deterioró el nivel de vida, también alcanzó a Mendoza, que hasta hace poco era considerada una isla. Lo mismo ocurre en el plano cultural y educativo: todo cuesta abajo, con la calidad resentida. No ha sido gratis la cultura del “no pagar nada” por los derechos que se exigían al Estado.
Esa decrepitud golpea de lleno a la política en campaña y, sobre todo, al gobierno, que comprueba en encuestas y en la realidad la insuficiencia de sus medidas frente a la insatisfacción social. El proceso de reformas en el gasto, la recaudación, los incentivos a la producción y la creación de empleo debió comenzar antes y con mayor audacia. Quizás no todo pueda achacarse al equipo que inició la transformación, pero sí cabe señalar que la rapidez y el coraje para reducir la presión impositiva y el peso del Estado sobre la economía han sido insuficientes.
