Alfredo Cornejo y Javier Milei.

Una de las características que se han identificado en la Argentina cuando no gobierna el peronismo es la ausencia de tolerancia y paciencia colectiva ante la demora de los aciertos, o de la materialización de los hechos concretos de todo lo bueno que se anuncia mientras se construyen las bases de un nuevo país.

Pero también, en esos períodos, suele darse otro fenómeno que solo se hace visible con nitidez bajo otra expresión ideológica en el poder: la vara muy alta impuesta por buena parte de sus votantes, seguidores y militantes (para este caso sobre la administración libertaria) que condiciona el accionar de los funcionarios y referentes políticos. Esa vara señala un límite: el de una corrección cercana a la excelencia en el manejo del Estado, acompañada, sobre todo, por la honestidad. Una condición entendida como “una cualidad moral positiva” del gobierno y sus representantes, y como una “disposición del carácter para actuar de acuerdo con el bien, la verdad y la justicia”.

Los lazos no esclarecidos del diputado libertario José Luis Espert con el empresario narco Federico “Fred” Machado, sumados al caso de los audios de Diego Spagnuolo y las revelaciones sobre presuntos sobornos en el área de Discapacidad, más la participación presidencial en el escándalo de la cripto Libra, han minado el camino de la administración libertaria en un aspecto esencial para sus votantes. Y han abierto un espacio de seria incertidumbre respecto del comportamiento electoral del gobierno en su primer examen ante la sociedad: las elecciones de medio término, vitales para el rumbo de la segunda y última parte de la gestión.

Los hechos que involucran al elenco gubernamental en irregularidades similares a las de anteriores administraciones, que colocaron a la Argentina entre los países con una historia rica en corrupción sistémica, no difieren demasiado de lo ya conocido. Así, esta administración libertaria se iguala a la “vieja política” que decía combatir, perdiendo el beneficio de haber sido concebida —o, más bien, autopercibida— como lo nuevo, lo no contaminado por la casta y la política tradicional.

Sin explicaciones claras, y con respuestas vacuas o erráticas, la imagen del gobierno se ha deteriorado hasta reflejarse tanto en encuestas como en recientes elecciones, en particular en la provincia de Buenos Aires, con sus características propias pero reveladoras.

Con esa mochila carga ahora la administración de Alfredo Cornejo y sus candidatos por la alianza sellada antes de los grandes escándalos. En Mendoza no se descarta un impacto negativo de entre 8 y 10 puntos en la intención de voto hacia quienes representan al presidente. Este jueves Milei llegará a San Rafael como invitado central del tradicional almuerzo de las Fuerzas Vivas, organizado por la Cámara de Comercio, Agricultura y Ganadería local en un nuevo aniversario de su fundación.

Resta saber si la caída en la imagen presidencial y de sus candidatos beneficiará en forma directa a la oposición, en especial al peronismo, que se relame con la situación y viene creciendo en encuestas tras haber tocado un piso del 15 % en la última elección. Los analistas advierten, no obstante, que el desencanto con Milei podría traducirse tanto en ausentismo como en voto en blanco, con una incidencia todavía incierta.

Tampoco debe descartarse un voto diferenciado de quienes hasta ahora respaldaron a ambas administraciones, la nacional y la provincial. La concurrencia electoral con dos urnas y dos boletas podría alentar un comportamiento distinto entre la elección nacional y la provincial. El gobierno de Cornejo lo sabe: su objetivo es cosechar más votos en la lista provincial que en la nacional y, sobre todo, retener un triunfo que meses atrás parecía asegurado por amplia diferencia.

Las tres semanas que restan hasta los comicios serán un verdadero camino de ortigas para ambos gobiernos, expuestos a la presión opositora que buscará golpear en las heridas abiertas, con un dejo de autoridad cuanto menos irónico, viniendo de quienes jamás se hicieron cargo de la estela de corrupción sistémica que dejaron sus gestiones.

En los últimos días, sin embargo, algunos gestos emanados desde la propia Casa Rosada revelan que la administración nacional ha sentido el agua al cuello. Quizás como parte de las condiciones de Estados Unidos para concretar el salvataje financiero y político, Milei se vio forzado a un acercamiento con sectores a los que antes destrató creyendo que podía quedarse con todo en soledad. Llamó a Mauricio Macri, se reunió con él y anunció que, tras las elecciones del 26, iniciarán un camino conjunto hacia las reformas de fondo que podrían presentarse hacia fin de año.

A los hechos de corrupción denunciados y aún no aclarados, se suma la falta de respuestas concretas en la economía doméstica, la micro, que golpea día tras día el ánimo de quienes incluso respaldaron la gestión en 2023.

Dónde y cómo se posicionará Cornejo después del 26 es otro interrogante. El resultado electoral será decisivo, pero no debe descartarse que se abra una nueva etapa para el gobernador mendocino: reacomodar y apuntalar sus últimos dos años de gestión, garantizar un sucesor y extender la hegemonía radical frente a un PJ que buscará reconvertirse. Y, en lo nacional, quizá acercarse más a la liga de gobernadores que hoy asoma como alternativa frente a las dos fuerzas extremas que se atraen: la de Milei y la del populismo desplazado en 2023.