Elijo creer.

Esta nota se escribe horas antes del acontecimiento que tiene al país suspendido en el aire. Hoy gran parte de la población se despertó por un sonido que le retumba en la cabeza, una voz que canta “muchaaaachos… hoy nos volvimo’ a ilusionar”.

Entonces escribo sabiendo que la cabeza está en otro lado. Es difícil, pero intentaré no caer en la tentación de la metáfora argentina.

“Esta selección es una metáfora de la Argentina” y todo la sarasa habitual que tanto le gusta a la revista “Noticias”, que durante años aprovechó cada acontecimiento de cualquier ámbito para poner en su tapa “una metáfora argentina” (hubo un tiempo en que también usaban mucho lo de “la trama secreta”, pero cayó en desuso porque en este país ya todo está a la vista, ninguna tropelía es oculta; el peronismo se encargó de vanagloriarse de sus peores métodos).

 Sin ir más lejos y para usar el ejemplo que tengo más a mano,  yo mismo escribí algunas de esas notas anunciadas en tapa con gran despliegue. Recuerdo la de la final agonizante de la primera temporada del “Expedición Robinson”, en el año 2000, la tarde en que la actriz Picky Paino se dejó ganar porque consideró que el trabajador portuario Adrián necesitaba más el dinero que ella, pero terminó ganando el abogado Sebastián Martino (dato al margen: hoy, cosas de la vida, Sebastián Martino, es famoso en Colombia por ser jurado de las pruebas del programa “The Box”, después de años de ser parte de la producción de realities en aquella televisión. Los participantes lo eligieron como el más buen mozo de los integrantes del programa).

Sí, en aquél momento escribí la “metáfora de la Argentina”.

Aprendí en la revista que esas notas son una manera de hablar de lo que se supone que los lectores están demandando, pero sin dejar de comentar los aspectos más acuciantes de la realidad. Como un contrabando de lo que querés decir metido entre lo que se quiere escuchar.

O sea, como diría el ex niño mimado de CFK, actual niño execrado por CFK, Martín Guzmán, pura sarasa.

Terminás forzando paralelismos, inclinando la balanza, estirando los datos para que entren en lo que querés decir.

Corrés siempre el riesgo de que el archivo te acorrale, como le pasó a la misma revista “Noticias” en estos días, cuando reapareció la tapa de comienzos de julio del ’16, titulada “El miedo a ganar”, donde a una foto de Messi arrodillado y devastado le correspondía el texto: “Con su penal al cielo y su renuncia, Messi sintetizó la relación de todo un país con el éxito y la frustración. Los mecanismos de su decisión y de las nuestras. El terrible dilema del liderazgo. Los mensajes hacia el futuro”. Firmaba la nota, bajo el título “Neurofracaso argentino” un conocido en esto de lanzar sentencias axiomáticas, sin espacio para la discusión, pero que finalmente se descubren no tan infalibles, Facundo Manes. Para más INRI, el subtítulo aseguraba: “Messi no ama: sociología, psicología y afectividad de un ídolo extraño”.

La idiosincrasia nacional, los prejuicios culturales aparecen tanto en un partido de fútbol, en un accidente de tránsito o una discusión de aeropuerto, pero no siempre pueden extenderse al conjunto de una población heterogénea, a veces sólo son rasgos personales.

Lo que pasa en el fútbol, creo, es mejor analizarlo dentro de los parámetros del fútbol. Lo que pasa en la cancha, como en Las Vegas, queda en la cancha. La zancadilla, el bailecito, la burla, el prepoteo son parte del juego y analizarlo fuera de la cancha escosa de los intelectuales del fútbol, los Alabarces de la vida, los coniceteros en su peor versión de pedantería y demagogia.

Es un juego, filósofos de la pelota, y con eso alcanza.

Ni cuenta se dan los teorizadores del balón que con tanta palabra esdrújula socaban algo sencillo y fabuloso; es como que no les alcanzase con que sólo fuese un juego, como si les diese vergüenza pasar horas y horas hablando de fútbol, como simples parroquianos gastando tiempo en el bar de la esquina.

Necesitan que eso sea algo más, para justificar los estudios sociológicos, los coloquios, los observatorios y toda la ristra de vanidosos estudios subvencionados con dineros públicos.

Roberto Fontanarrosa, Dios lo tenga, fue el que más y mejor se rió de todos ellos.

Con esos antecedentes, mejor dejar las metáforas para la poesía y no engolosinarse con el asunto ese de que se vive como se juega que al final hay un montón de gente que no juega a la pelota y vive lo más pancha, sin tener que explicar sus acciones como si fueran orsáis, foules o penales. Mucho menos como si fueran jugadas de pelota parada.

Ahora bien, es innegable que el Mundial es la conversación cotidiana en el país. Y en esa conversación hay tres frases convertidas en los mantras argentinos de este diciembre que dura 1.000 días:

-Hoy nos volvemo’a ilusionar.

-Elijo creer.

-Anulo mufa

No son metáforas de nada y las tres tienen algo en común.

Son voluntarismo mágico.

Elijo creer que va a ocurrir lo que quiero que ocurra.

Claro que si la ecuación es creer o reventar, sólo nos queda creer porque reventados ya estamos. Elijo creer porque no tengo ninguna otra alternativa. Elijo creer porque si tiro la toalla no tengo de dónde agarrarme.

¿Y “anulo mufa”?

En el mundo hispánico “mufa” es moho o mancha de humedad. Mufa sólo significa mala suerte en Argentina, tal vez en Uruguay. En Chile es un estado de fastidio o enojo que se produce por algo que incomoda o disgusta. En Venezuela son ácidos grasos monoinsaturados y en México es el punto de entrada de la línea eléctrica a la casa o instalación.

En Argentina creemos profundamente en la mala suerte. Que, puestos a escarbar un poco, es una manera de decir “yo no fui”. “Hice todo lo posible, pero tuve mala suerte”. No es que votamos demagogos y ladrones en todas sus formas desde hace años creyendo cada vez, como la mujer golpeada, que esta vez será distinto. No. Es la mala suerte. ¡Ah, el azar!, tantas veces responsable de lo que no nos hacemos cargo.

Pero el “anulo mufa” es una vuelta de tuerca más.

Es la convicción de que uno puede, sólo por voluntad, hacer que la mala suerte no exista. Ni acá, ni allá ni en ningún lado.

La magia multiplicada.

La mala suerte es algo sobre lo que no tenemos poder y arruina nuestros mejores planes. Pero si a esa mala suerte le aplico un “anulo mufa”, ya está, pelito pa’la vieja.

Hermosamente irresponsables.

  Un ejemplo maravilloso ha sido en esta semana la reacción de gran parte del periodismo con la maldita frase del Presidente. El señor que durante los últimos tres años y contra cualquier pronóstico, ocupa malamente el sillón de Rivadavia, propinó en todo este tiempo una serie de dislates y pifias de colección que si bien fueron criticados, tuvieron también sus defensores.

Siempre es bueno recordar que Alberto Fernández, desde su cúspide de imagen positiva dijo cosas como: “Evo es el primer presidente boliviano que se parece a los bolivianos”; “La OMS pide que se tomen bebidas calientes para matar al Coronavirus”; “No es verdad que lo que nos hace evolucionar o crecer sea el mérito”; “No hay ninguna figura penal en Argentina que diga ‘será penado el que vacune a otro que se adelantó en la fila’”, “El sistema sanitario se relajó, abrió las puertas a atender otro tipo de necesidades quirúrgicas”; “Hemos visto como los chicos juegan entre sí cambiándose los barbijos”; “Lo difícil que es trabajar con chicos con capacidades diferentes, que no entienden la dimensión del problema que enfrentan”; “El problema de los derechos humanos en Venezuela fue desapareciendo”; “Ahí está el compañero de ´Garganta Profunda´”; “No tiene sentido guardar una tierra para que el día que se muera un hijo lo herede”; “los mexicanos salieron de los indios, los brasileros salieron de la selva pero nosotros los argentinos llegamos de los barcos que venían de Europa”; “Nisman se suicidó, espero que Luciani no haga lo mismo”.

En su momento, todo ello fue criticado por la prensa -a veces más, a veces menos- pero siempre tuvo también voces que lo defendieron.

Esta semana el Presidente dio un pronóstico sobre la final del Mundial. Fue considerado más grave que todo lo anterior. No se lo perdonó nadie.

La posibilidad de que esa frase -¿cómo se les ocurre que la voy a repetir???- sea más dañina que cuando nos mandó a tomar un té caliente para enfrentar el covid, no se puso en duda.

El pensamiento mágico es divertido cuando se trata de un juego y es simpática su aplicación en estos momentos.

Así que si hay que jugar, juguemos.

Cuando el CEO de Techint Paolo Rocca dice: “Le quiero agradecer enormemente a Sergio (Massa). El extraordinario esfuerzo que está haciendo Sergio  en su posición de ministro de economía en guiar una economía difícil, compleja, con todas las variables, dentro de los márgenes en lo cual deberían estar. Hay un esfuerzo muy grande y creo que lo hemos percibido en varios temas, en varios puntos, creo que esto hay que reconocerlo, parte de todos nosotros y ustedes también, entonces pido un aplauso para Sergio”, elijo creer que nadie olvida que Paolo Rocca estuvo procesado por el Caso Cuadernos y que tanto apoyo mucho tiene que ver con que el círculo rojo sabe que el peronismo jamás le arruinará sus negocios, que será socio y que sus jugarretas y beneficios siempre estarán protegidos.

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Elijo creer que en este tiempo en que todo ha quedado al descubierto, ya nadie duda que el marido de Malena no es sólo un protegido de los empresarios más ricos del país, sino que es uno de ellos. Que no necesita protección de los medios porque los medios le pertenecen. No es el delegado del gobierno ante el círculo rojo, sino al revés.

Y que ese dato sea hoy información que circula libremente, que se comente a viva voz, muchachos, es lo que nos hace volver a ilusionar.

Claro que no siempre el “elijo creer” da resultado. Ahí están ahora los progres que no se mueven de sus mullidos sillones del confort que creyeron que Milagro Sala era una Madre Teresa rediviva multiplicando panes y casas y de tanto creer se volvieron necios negando una realidad de violencia, crueldad y robo.

Sí, se comprobó que era todo lo que todos sabíamos que era aunque algunos elegían creer otra cosa.

¿Cómo no volver a ilusionarse?

Y, por supuesto, la ladrona mayor con cada uno de los latrocinios cometidos en Santa Cruz expuestos y comprobados, dándonos la razón a quienes desde siempre la nombramos como “megamechera universal”.

  Sí, claro, toda la ilusión, muchachos.

 En fin, casi sin querer terminé bordeando la metáfora argentina.

Faltan pocas horas, esta será quizás la más efímera de las notas que escriba para El Sol porque después del mediodía de este domingo, no habrá espacio para otra cosa.

Seamos felices, anulemos mufa, elijamos creer y volvamos a ilusionarnos.

Diciembre del ’23 está a la vuelta de la esquina.