Una inquietud corre y juguetea por la mente de los argentinos este domingo, en especial en la de aquellos que han logrado sobreponerse por un instante a ese estado de miedo y temor frente a lo desconocido que los ha embargado en toda esta etapa previa a la crucial elección presidencial. Se trata de un interrogante contradictorio, por todo lo que no se hizo en años a sabiendas que debió llevarse a cabo, frente a lo ya inevitable: De los tres en danza, ¿cuál será, en definitiva, el más capacitado para llevar adelante el “trabajo sucio” desde el 10 de diciembre?
En la Argentina entendemos como “trabajo sucio” todo aquello que nadie quiere ejecutar, pero que en algún momento se tiene que hacer. Para ello, un antihéroe o un monje negro, es quien se tiene que hacer cargo de lo desagradable, de lo reñido incluso con lo ético y lo moralmente entendido, con lo ilegal y oscuro, hasta por qué no con lo corrupto, lo opaco y la falta de transparencia.
Entonces, lo que se entiende en la Argentina por trabajo sucio coincide con lo que es asumido en el mundo occidental y probablemente hasta en otras culturas. El punto es que en la coyuntura particular en la que está el país, el trabajo sucio es imprescindible, tiene otro sentido y lo tendrá que llevar a cabo quien se imponga en estas elecciones, ahora en una eventual primera vuelta si todo resuelve este domingo, o el 19 de noviembre.
Hay, de todas maneras, un aspecto interesante que marca una diferencia con el resto de lo que interpreta el mundo: todo lo que hay que hacer en la Argentina es visto afuera como lo lógico y normal, sin entenderse por qué no se hizo hasta ahora. En la Argentina, hacia sus entrañas, en cambio, las reformas que ha demandado la economía particularmente, han sido emparentadas con fuerzas extrañas en tensión con lo supuestamente entendido como beneficioso para su pueblo. A todo aquello que podía haberlo perjudicado. ¿Por qué hacer funcionar de la mejor manera al Estado si eso que implica ser más efectivo, condena a millones de personas al desempleo o a buscar otros horizontes de sustentación, y a empresas estado-dependientes a valerse por sí mismas y probablemente quebrar? Por caso y nada más. El mundo del revés.
A la elección de hoy bien se la puede entender y comprender como de la más importante y trascendente de los últimos 40 años, a excepción de la de 1983 y que determinara el fin de los procesos dictatoriales y para siempre, según hemos entendido todos. La que llevó a Raúl Alfonsín a la presidencia consolidó el sistema institucional, nos reencontró con el diálogo y la sensatez, nos hizo tolerantes ante las diferencias y a convivir con ellas la de que nos reubicó en el concierto civilizado de las naciones del mundo. Esa elección y todo lo que vino luego consideró a aquel presidente como el padre de la democracia argentina.
Ocho años atrás a Mauricio Macri y a Cambiemos, quizás, se les fue como agua entre las manos la oportunidad de comenzar a gestar, cuanto menos, un proceso de modificaciones a la forma y los modos en los que se ha venido administrando el Estado y su economía, especialmente, y que la democracia no pudo satisfacer. Las transformaciones que insinuó Macri, que sólo insinuó, las podrían haber convertido en el motor iniciático de una Argentina camino hacia un país normal y no reñido con las fuerzas que gobiernan el mundo y que lo colocan hoy frente a una encrucijada que no tiene mucho de discusión: o hace lo que su dirigencia acompañada por el voto popular por décadas no se atrevió a hacer por flojera, pereza intelectual, bajezas e incapacidades varias y estafas morales por toneladas; ese trabajo que aquí consideramos sucio, pero afuera de sentido común, o nos seguimos hundiendo.
¿Qué otra cosa que no hacer algo distinto a todo lo que se conoce, es lo que se debe aplicar en el país de ahora en más? Si detrás de ese interrogante retórico se ha alineado la mayoría de la población, como así se entiende más allá de los miedos y los temores ante lo desconocido –lo que puede comprenderse, por otra parte, como algo lógico para las tantas generaciones que se han desenvuelto en medio del fracaso constante–, lo que se juega hoy es detectar, entre la oferta, cuál de todas es la más capacitada y preparada para los cambios. Sería algo así como invertir la bronca y el deseo enorme de castigar a la política tradicional y a quienes estafaron a la ciudadanía en algo mucho más beneficioso y positivo. ¿Votaremos así hoy?
Se llega a este domingo con un único dato real y que se desprende del resultado de las PASO del 13 de agosto. A partir de ahí, el escenario de los tres tercios se ha visto influenciado por lo que las encuestas y los sondeos fueron mostrando con un favorito que emanó de la oposición enfrentado con el oficialismo que, casi inexplicablemente ha llegado al día D, según las mismas encuestas, competitivo y de pie. Sin embargo, lo que no muchas admitieron fueron las dificultades al momento de levantar la información y dar con exactitud con el gusto electoral de la sociedad, porque en general cerca del 40 por ciento de los potenciales encuestados evitó responder, por no querer develar su pensamiento o por no tener definida su decisión, la que podría resolverse para tantos en el mismo cuarto oscuro. Con la emoción impactante y la ansiedad de estar a horas de saber qué dirección tomará el país o, mejor dicho, qué país alumbraremos entre todos, hoy.
