Hace mucho tiempo que se tiene la sensación de que los argentinos votamos lo menos malo, o intentamos hacerlo cada vez que vamos a elecciones. Analizando en perspectiva lo ocurrido en 40 años de democracia, quizás la excepción a aquella mirada de elegir entre lo menos peor haya sido la elección ampliamente mayoritaria a favor de Raúl Alfonsín, en 1983. En los albores de la democracia recuperada para siempre, Alfonsín significaba una luz de esperanza para los millones de argentinos hartos de tanto sojuzgamiento de facto, de tanto dolor e impotencia. Alfonsín fue quien terminaría guiando y conduciendo a los argentinos hacia el convencimiento definitivo y sin grises de que sólo un sistema de organización institucional, como el que nos ofrece la democracia, era el que nos podía acercar hacia el campo de las realizaciones colectivas e individuales de las que goza el mundo civilizado y desarrollado. Su fracaso, claramente, fue en el campo económico, pero su legado, el de la solidificación de la democracia sin más, supera de manera contundente sus equivocaciones, dudas y sus no medidas.

Pero, a partir de Alfonsín, lo que ha venido, ha tenido más que ver con una elección en el cajón del descarte que otra cosa. Votar al menos malo y votar porque me obligan, han sido las premisas con las que la ciudadanía, en gran medida, se ha acercado a las urnas durante las elecciones generales como las que se avecinan, en la nación y provincias.

Y desde Alfonsín a esta parte, además, lo que se nos ha ofrecido como nuevo entre lo viejo, sin contaminaciones, ni supuestos vicios previos, con el tiempo nos ha demostrado ser parte de lo mismo, disimulado en otro envase, apariencia, modos, gestos, más el packaging y marketing político. Sólo hace falta para corroborarlo un mero ejercicio de memoria rápida a vuelo de pájaro; memoria y algo de meditación seria y responsable, aspectos en los que la Argentina colectiva suele fallar más veces de las que se cree que acierta.

Una pelea motivada por claros intereses especulativos electoralmente ha encendido al Pro nacional, con asiento en la Ciudad de Buenos Aires (CABA) y ha extendido sus consecuencias al resto del país. La cobertura ciento por ciento de los medios porteños sobre ese entrevero le ha aportado una dosis de mayor incertidumbre a los argentinos no porteños, los que observan el enfrentamiento sin entenderlo y sin comprenderlo del todo, aunque con la certeza de que lo que está pasando allí protagonizado por lo que hace algunos años estaba llamado a ser lo nuevo en política, ausente de relato, manipulaciones, mentiras, más ese manejo oscuro y turbio que la vieja política le ha impreso a la administración de la cosa pública, es con tristeza otra cara de lo mismo; o más de lo mismo.

El país está lleno de “vivos” y de pícaros, quién lo duda, más en lo que concierne a lo electoral, que es lo que conduce a alcanzar o sostener el poder, la lucha de fondo del sistema político. El poder por el poder mismo; porque han sido muy pocas las veces que la política ha conseguido cumplir con el fin por el que ha sido creada.

Cada uno de los gobernadores ya ha dispuesto su propio esquema de fechas y cronograma electoral y muchos decidieron cambiar las reglas de juego eliminando las PASO, reimplementando la ley de lemas y manipulando las fechas de elecciones.

Horacio Rodríguez Larreta ha decidido llamar a elecciones concurrentes: el mismo día de la PASO nacionales, CABA tendrá su elección, aunque para la selección de los cargos del distrito utilizará la boleta única electrónica. La elección en el tramo nacional, por ser de otra jurisdicción, se llevará adelante con la boleta sábana tradicional. Los rivales internos de Rodríguez Larreta, o sus críticos, como el ex presidente Mauricio Macri, María Eugenia Vidal y, particularmente, Patricia Bullrich, han castigado y cuestionado sin miramientos al jefe del Gobierno denunciando que se aprovechará de la boleta única para darle rienda suelta a su proyecto presidencial: con la boleta única, tendrán las mismas posibilidades los candidatos de otras fuerzas políticas aliadas del Pro por sobre los mismos candidatos del Pro. En esto último se basa la ofensiva de Macri y compañía porque, además, Macri pretendía que se utilizara la sábana para beneficiar a un solo candidato por sobre el resto: a Jorge Macri, su primo. Con la boleta única tendrán iguales chances que el sobrino Macri, el radical Martín Lousteau, aliado de Rodríguez Larreta en su enfrentamiento contra Bullrich y otros tantos, como Ricardo López Murphy.

Macri ha dicho sentirse desilusionado con la decisión de su discípulo en la CABA; lo propio hizo Vidal, la ex gobernadora de Buenos Aires, y Bullrich, quien no dudó en reproducir en las redes un video con declaraciones de Rodríguez Larreta de noviembre del año pasado, cuando su rival a la Presidencia cuestiona un posible cambio de las reglas electorales por parte del gobierno de Alberto Fernández. Lo que se dice un “carpetazo”, en la jerga de la política, y más en medio de una campaña electoral.

En verdad, CABA debe votar con boleta única, como Mendoza en esta oportunidad. CABA lo tiene aprobado por ley desde varios años y, como el resto de los distritos, cuenta con la facultad de desdoblar los comicios separándolos de la Nación.

Los porteños ahora votarán en agosto, el día de las PASO, en forma conjunta con la Nación, pero con dos sistemas distintos, una urna con boleta sábana y otra para el voto electrónico. Macri y compañía han ido en contra del gasto, el tiempo de espera y el supuesto trastorno para los vecinos. Y hoy, quienes se enfrentan a Rodríguez Larreta y lo tildan de especulador, le piden que utilice la lista sábana que a nivel nacional han bombardeado por poco transparente y por ser un mecanismo útil al clientelismo y la prebenda, miserias inequívocas de la considerada vieja política.

El descontento y la desilusión –más que la de Macri– de toda la sociedad con los resultados que ofrece la política, se han convertido en hastío, enojo, indignación, resentimiento y un sentimiento de venganza por lo que se entiende como una traición y un engaño descomunal hacia el elector, el ciudadano común el que ha vuelto a levantar la bandera peligrosa de la antipolítica, todo lo que ha visto el libertario Javier Milei y que lo ha convertido en el fenómeno preelectoral. En medio de todo este contexto, ¿quién podrá mostrarse sorprendido con la irrupción victoriosa del factor Milei y un eventual y más que posible triunfo? Si llegaron Trump y Bolsonaro en Estados Unidos y Brasil, ¿por qué, con todo este escenario, no lo haría Milei en la Argentina?