Los dos modelos que se enfrentan en el balotaje del 19 no sólo parecen diferenciarse por lo que ofrecen a bocajarro, a la vista de todos: el del oficialismo, caracterizado por la continuidad de lo que viene conocido por años con toda esa carga de mutaciones varias que lo fueron potenciando desde el peronismo, pasando por el menemismo, el kirchnerismo y la promesa de cambios y correcciones que ofrece su estandarte, Sergio Massa, con el de Javier Milei: en apariencia una propuesta basada en los pilares e ideales del liberalismo económico, básicamente, que llega a caballo de la oferta de ordenar los desmadres provocados por la mala praxis y el populismo, aunque provisto de un traje tan particular que ha elevado toda su propuesta al nivel del disparate, de lo exótico y excéntrico, al de una aventura con final desconocido e incierto.

Lo que también los diferencia es un desprendimiento de todo lo que permite describirlos: la sospecha y duda inherente que se desprende y viene adherida casi por naturaleza al candidato del oficialismo, un político profesional que no termina de dar garantías a los millones de argentinos que darían lo que tienen por creer sin más que el plan que enarbola, ahora sí y de manera definitiva, podría conducirlos hacia un país normal, contra ese salto al vacío que efectivamente puede significar Milei, por su falta de claridad frente al orden constitucional, el respecto a la división de poderes de la república y ese andar viboreante sobre las ideas fuerza que le dieron sustento a su plataforma de gobierno, tales como la dolarización, el rol del Banco Central, la administración de la educación y de la salud pública, el mercado de órganos, la desregulación al acceso del mundo de las armas y todo eso que ha pasado a ser reconocido o identificado como el anarcocapitalismo.

Vale preguntarse si las opciones están a la altura de lo que la Argentina cree que se merece imaginando algo mejor, y, en ese sentido, penar y maldecir por no haber logrado o alumbrado un estadio de ideas superadoras; o si bien, siguiendo una lógica parecida, aunque con un tono piadoso y benévolo para sí misma, interpretar simplemente que ambas expresiones han sido el producto de lo que realmente es la Argentina colectivamente: una sociedad que se acostumbró a la medianía, a un estándar que la identificó en el mundo entero, el hecho de vivir siempre en la inestabilidad y que la ha convertido, para aquellos que se han interesado en observarla en detalle, en un inquietante dilema indescifrable e inclasificable.

En medio de este panorama y escenario, millones de argentinos se acercarán a votar y en sus manos estará el futuro de los próximos cuatro años. Es probable que, otra vez, el país ofrezca un costado plagado de extrañezas, como que la novedad noticiosa el 19 en la noche se comparta entre el más elegido por los votantes, convertido en el nuevo presidente y los que hayan ido a manifestar en las urnas no sólo desconcierto, sino una posición clara y definitivamente de insatisfacción con ambos modelos.

Con lo que el nuevo modelo que se imponga puede que comience a gobernar con un apoyo embargado y condicionado hacia delante, quizás como pocas veces antes se haya visto. Y ambos, cualquiera sea, con una obligación marcada a fuego: uno con la misión de desembarazarse de la marca tóxica que lo precede, como sugiere, aunque con los condicionamientos y guiños propios de la campaña electoral, y conducir ciertamente al país por los senderos del mundo civilizado, con reglas claras, que dé indicios de ir a buscar seguridades paras las cosas básicas, para la salud, la educación, la seguridad pública, el trabajo, la competencia sana, una vida plena en sociedad, con posibilidades de planificación y realizaciones, no un lecho de rosas ni la tierra prometida ni el paraíso ni tampoco un mundo sin tensiones políticas e ideológicas que impiden acuerdos mínimos. Un país normal.

El otro, con lo mismo, pero desbaratando las sospechas que hoy se ciernen sobre su capacidad emocional y equilibrio para administrar un caso raro y extraño como es la Argentina, y con la suficiencia y competencia válida para ir a buscar consensos sobre las cuestiones básicas que es lo que podría permitirle la gobernabilidad y el sustento de su mandato y gestión, además del avance de su proyecto.

En el medio quedarán millones insatisfechos, los mal llamados neutrales, un término que ha tomado la política del momento tanto para criticar como para dejar salvada su cuotaparte de responsabilidad en el fracaso de la oposición tradicional por no haber alcanzado una alternativa menos incierta y más razonable de lo que hoy tiene el oficialismo enfrente. Esos millones, o no tanto, magnitud que se conocerá el mismo 19, puede que conformen, sin saberlo y con su influencia, una llave para ir terminando con los desatinos. Serán un movimiento difícil, muy complejo de seducir, de convencer y de arrear, según las intenciones con las que llegue el elegido.