A pesar de que en todo el planeta en esta época del año, precisamente por Navidad, hay tantas personas que añoran la paz y el silencio interno y en todos los continentes se habla de reflexionar e interiorizarse, en muchos lugares se le da preferencia al dios dinero y a los placeres de la vida. Ya al final del otoño se comienza con el ajetreo de las compras de Navidad, se decoran las calles, los árboles, las casas y se buscan los árboles de Navidad más jóvenes y se planifica una fiesta de matanza sin igual, a costa de la vida de los animales.

Según la opinión de muchas personas, todo no se puede quedar sólo en festividades externas, por ello se va a la iglesia. Una vez más se vuelven a escuchar las mismas historias de Navidad y algunas palabras tradicionales sobre la paz y la reconciliación, sobre el amor al prójimo. Se admiran las figuritas talladas con gran arte en el pesebre de Belén y se canta “Noche de paz, noche de amor”. Y al salir de la iglesia se hace el donativo obligatorio para los pobres y los que no tienen techo. Y con esto se ha cumplido con la tradición en torno a la Navidad.

Pero entonces tendremos que preguntarnos por qué es justamente en este tiempo, en la época sagrada de Navidad, cuando hay más disputas y peleas en las familias, cuando más se extienden las depresiones, y por qué precisamente en esta temporada es cuando tantas personas se suicidan.

¿No podría ser que el corazón de muchas personas se ha enfriado cada vez más? ¿Acaso se ha perdido el sentido la Navidad, de Belén? ¿O es que muchas personas simplemente se han insensibilizado respecto del nacimiento del Hijo de Dios?

¿Hemos comprendido alguna vez por qué Jesús de Nazaret, el Cristo, vino a nosotros, los hombres? Él vino para liberarnos a los seres humanos de la ignorancia y del egoísmo y para manifestarnos que somos hijos e hijas de Dios. Él también vino para liberar a los animales de su sufrimiento. Estas son dos frases que, si les permitimos entrada en nuestro corazón, podrían cambiar ya toda nuestra vida.

Sin embargo, tan sólo el hecho de que Jesús de Nazaret haya venido no nos convierte en personas nuevas, y tampoco cambia nada en los animales y en la madre Tierra. Sólo cuando aquel que escucha Su enseñanza la ponga en práctica, es decir, viva según ella, tal y como también nos enseñó Jesús de Nazaret, entonces no se es sólo una persona inteligente, sino que poco a poco irá cambiando la Tierra, el mundo a su alrededor, y los sufrimientos habrán terminado.

Si quizás justamente en esta época del año comenzamos a consagrar cada vez más nuestro modo de pensar y vivir a Cristo, abriremos para Él el pesebre de nuestro corazón.