El pie firme y el paso redoblado con que el oficialismo nacional parece encaminarse a las elecciones del 26 de octubre tienen momentos de zozobra que los protagonistas del avance —claramente Javier Milei y su escolta, no mucho más— ignoran y niegan. La campaña electoral, ya casi desatada, hará el resto: se hablará poco de lo importante, se correrá hacia adelante cada vez más rápido en un mar de consignas vacías, y todo se desarrollará en el escenario del eterno blanco y negro, en el juego de la grieta, entre el “ellos” y el “nosotros”, sin solución de continuidad.
Pero, aunque lo ignore —o lo simule—, ese estado de trance y desajuste en el que parece vivir Milei de manera permanente, acentuado ahora en el camino hacia octubre y antes en septiembre con el examen bonaerense, le impide en público —y le ordena, al mismo tiempo— reconocer las debilidades de su marcha. El negacionismo característico de la política argentina aporta lo suyo. Ni Cristina Fernández de Kirchner ni Mauricio Macri, cuando gobernaron, se permitieron ráfagas de autocrítica o de reconocimiento de errores. Hacerlo hubiera sido admitir debilidades y renunciamientos. ¿Por qué esperar algo distinto de Milei, un presidente que llegó al poder tras el colapso generalizado de la praxis política tradicional y por el fracaso de los Kirchner, de Macri y, más tarde, de Alberto Fernández?
Las señales de que algo comienza a andar mal para el oficialismo, o al menos más allá de lo tolerable para quienes lo apoyaron desde el inicio, emergen en las encuestas: el presidente ha visto caer su imagen personal y la de su gestión de manera débil pero sostenida en lo que va del año. Su partido, La Libertad Avanza, todavía conserva una ventaja de más de diez puntos sobre el perokirchnerismo a nivel nacional. Una distancia cómoda para ganar una elección de medio término, si tales comicios fueran hoy. Pero ¿quién puede asegurar que esa brecha se mantendrá dentro de dos meses?
Las fuertes y sorprendentes jugadas de última hora en distritos clave como Buenos Aires, CABA y Mendoza, con la entronización de candidatos del generalato mileísta más encumbrado —Patricia Bullrich al Senado y Luis Petri encabezando la lista de diputados nacionales en Mendoza— confirman que octubre será a todo o nada. Y la osadía conlleva un mensaje claro: para quienes quieren otro país, en esta elección se juega un futuro promisorio o la vuelta a un pasado de tinieblas.
Argentina tiene esas particularidades que sorprenden a cualquier observador externo: cambios bruscos de ánimo social que irrumpen como cascadas y suelen volverse imparables para gobiernos poco o nada alineados –como el actual– con el nostálgico Estado de bienestar, sostenido por el gasto irresponsable y la inescrupulosidad. La calma y la estabilidad no son rasgos habituales en la dinámica social del país, y mucho, o todo, tiene que ver con esa praxis política anómala. Con la vista más allá de Milei, ¿será el grupo de gobernadores del “grito federal” la alternativa razonable, equilibrada y criteriosa frente a esos dos extremos: el del Estado gastador y abusador, que hipoteca todo hacia adelante, y el de Milei, con beneficios para unos pocos, los mismos de siempre?
Los sondeos muestran que la preocupación ciudadana gira en torno al empleo, los salarios y la inseguridad. Milei logró frenar la inflación, aunque a un costo muy alto para muchos que, pese a todo, decidieron apoyar su plan de ajuste: necesario, aunque doloroso. Sin embargo, por esas razones que Milei parece no comprender —o al menos eso demuestra—, hay argentinos que sufren y no están dispuestos a quedar fuera del país que él promete recién para dentro de 30 o 35 años. ¡Pero cuánta impaciencia! Será de Dios.
Hay, no obstante, un aspecto de este proceso de construcción de un nuevo país que juega a favor del oficialismo. Es un punto que cobra fuerza cuando se repasa de dónde se viene y cómo se destruyó el futuro de millones de argentinos, en su mayoría jóvenes, mientras se les hacía creer a los mayores que valía la pena vivir en Narnia.
No hace falta remontarse demasiado en el tiempo para explicar el presente: en 2015, el peso del Estado sobre quienes generaban riqueza alcanzaba el 47 por ciento del PBI. Esa carga impositiva —algo así como un manotazo constante de gobiernos ineficientes— equivaldría hoy a una cifra cercana a 280 mil millones de dólares, calculada sobre un PBI aproximado de 600 mil millones. Son datos aportados por Marcelo Capello, del IERAL de la Fundación Mediterránea. Ese peso se redujo —más por espanto y escasez que por una decisión política razonable— hasta llegar a 38 puntos en la actualidad. La Nación se lleva el 55 por ciento de la presión tributaria, pese a los cambios implementados por Milei; las provincias, el 35 por ciento; y los municipios, el 10 por ciento restante.
Milei no renunciará a la meta del déficit cero ni a los compromisos asumidos con el FMI y, de alguna manera, con los propios argentinos, a quienes prometió a viva voz el ajuste como camino hacia la tierra prometida. Por eso aún conserva apoyo, para sorpresa de sectores opositores que, cuando gobernaron, condujeron al país al desastre.
Capello agrega que el ajuste no solo fue necesario y obligado, sino que, de haber acompañado las provincias, la situación actual sería distinta. No obstante, hace una salvedad: en una entrevista con LV10, destacó que Mendoza había actuado de manera diferente al resto.
El economista, vicepresidente del IERAL, también aclaró que el ajuste más fuerte se concentró en el primer año de gestión, porque en 2025 las erogaciones del Estado (Nación, provincias y municipios) volvieron a crecer. Las provincias, en particular, aumentaron el gasto un 16 por ciento en términos reales, mientras los ingresos subieron apenas un 8 por ciento. Es decir, gastaron el doble de lo que recaudaron. Según Capello, si entre enero y marzo de 2025 las provincias hubieran seguido la línea del gobierno nacional —que incrementó el gasto solo un 3 por ciento— podrían haber logrado superávit, pero reduciendo al mismo tiempo un 41 por ciento la recaudación de Ingresos Brutos o un 36 por ciento la de Ingresos Brutos y Sellos en conjunto. “Se trata de oportunidades perdidas para reducir impuestos, que difícilmente se repitan en el futuro con un gasto creciendo a esta velocidad”, dijo al diario La Nación en una entrevista reciente.
Mientras tanto, en el Congreso se discuten, entre tironeos, trampas y piquetes de ojo, proyectos impulsados por la oposición más dura y por varios gobernadores, de los cuales Alfredo Cornejo se desmarcó tras el acuerdo electoral con Milei. Según Capello, esas iniciativas tienen un impacto devastador sobre los objetivos del Ejecutivo: el aumento de las jubilaciones y bonos implica un 0,32 por ciento del PBI; el financiamiento de las cajas previsionales de doce provincias, un 0,17 por ciento; la moratoria y la PUAM para mujeres de 60 años, un 0,009 por ciento; la distribución de los ATN, un 0,02 por ciento; y la de los combustibles líquidos, un 0,16 por ciento.
Milei se aferra a la meta del 1,6 por ciento del PBI —casi 10 mil millones de dólares— que debe alcanzarse antes del pago de los intereses de la deuda, tal como exige el FMI. Pero el impacto conjunto de esos proyectos asciende al 1,7 por ciento del PBI. “El país queda en negativo”, resume Capello. Así, una vez más, la Argentina parece condenada a vivir como siempre: tirando manteca al techo, incluso cuando no hay manteca. Increíble.
