Alfredo Cornejo el día de la firma de las candidaturas nacionales, con Luis Petri y Pamela Verasay.

La pregunta sobrevuela, molesta, como esa mosca atontada del verano: ¿en qué momento el alto comando de Cambia Mendoza dejó de confiar en sus propias fuerzas para entregarse a un grupo de advenedizos, recién llegados a la política, envueltos en trajes de soberbia e imprevisión?

El interrogante es más que tramposo. Elaborado con el diario del lunes, saca a relucir resentimientos y rencorosas quejas de los heridos que dejó el pacto que finalmente terminó sellando Alfredo Cornejo con Karina Milei, en nombre de su hermano, el presidente. Lo que sucede es que el diario del lunes tuvo varias ediciones, y la última —tras la elección a gobernador de Corrientes— hizo estallar por los aires todas las dudas, la desconfianza y la incertidumbre contenida. Pero con los hechos consumados y ya entrados en el baile, al oficialismo mendocino no le queda más que ajustarse el cinturón y concentrarse en evitar o, al menos, minimizar un fuerte cimbronazo que podría sacudir su aparentemente sólida estructura de cara al final del mandato de Cornejo.

Varias semanas antes de cerrar el acuerdo con La Libertad Avanza (LLA), al gobernador le acercaron una encuesta con un resultado contundente, lejos de dudas: si Cambia Mendoza se presentaba a las elecciones de medio término en soledad y enfrentada al novel partido del presidente, incluso sin importar los nombres propios de los candidatos, no tendría opción alguna de triunfo. El contexto, el clima social y el humor político se habían alimentado de la euforia libertaria tras la resonante victoria de Manuel Adorni, vocero del presidente, en CABA, derrotando al PRO de Mauricio Macri en su propia casa. Y hacia adelante, la futurología política argentina —siempre tan osada, con aires de superioridad, fantasiosa, constructora de realidades generalmente inexistentes— adelantaba y aseguraba un paso arrollador de la estrategia electoral diseñada por “El Jefe”, Karina, secundada por los primos Martín y Eduardo “Lule” Menem.

Ningún gobierno no peronista ha estado a salvo de operaciones a lo largo de su mandato, todas destinadas a desestabilizarlo o golpearlo gravemente. Ahí está la historia de todas las administraciones de la democracia recuperada para probarlo, con la gestión de Macri rompiendo apenas el axioma. Pero, aun así, esas gestiones no peronistas —incluida la de Macri, por sobre todas— se caracterizaron por cometer una serie de errores, muchos autoinfligidos, que socavaron su confianza y frágil estabilidad. A los errores y a los golpes surgidos de una oposición desquiciada y con abstinencia de poder, también hay que sumarle, para lamento generalizado, esa característica tan particular del pueblo argentino: un notable grado de intolerancia e impaciencia frente a los procesos de cambio, mucho más aún con los estructurales y de fondo, necesarios para escapar al círculo vicioso del atraso, de la ineficiencia y de todo aquello que ha venido atentando contra el crecimiento y el desarrollo genuino.

Lo cierto es que el panorama para el oficialismo libertario ha cambiado sustancialmente. La economía y la política de control monetario flaquean, y el aspecto moral —ese componente que revalidó aún más la llegada de Milei al poder— se ha derrumbado, producto de los casos de supuesta corrupción que se investigan: Libra, seguros, sobreprecios en salud y el PAMI, los audios de Spagnuolo, que el gobierno no ha logrado aclarar.

Hay un caldo maloliente que impregna la marcha del gobierno y que pone en duda el comportamiento electoral de sus candidatos de cara a lo que viene, con Mendoza incluida. Tras el triunfo en CABA, sobrevinieron resultados magros para el partido de Milei, recién estrenado: en las legislativas de Chaco compartió la victoria con el radical Leandro Zdero, y de ahí en adelante todo fue amargura: Misiones, Jujuy, Salta, Formosa, Santa Fe y la más reciente de Corrientes, con su candidato a gobernador lejos del oficialismo ganador.

Cornejo sabía —así lo demuestra su actitud posterior al pacto con LLA— que debía concentrarse en lo que considera activos de su gestión y de todo el ciclo que lleva casi diez años de gobierno, iniciado hacia fines de 2015. Por esa vía, ¿conseguirá mantener la esperanza en sus candidatos? Por supuesto, también es cierto que lo que está en juego es una elección de medio término. En una situación normal, ese examen debería funcionar como el mejor método para que el gobierno conociera la opinión colectiva sobre la marcha de las cosas. Pero en Argentina, hace ya tiempo, estas elecciones son asumidas como extremas y determinantes.

Ante las dudas —razonables— sobre un resultado no acorde con lo esperado, los oficialismos, como el de Cornejo, harán lo imposible para demostrar a los malhumorados que conocen sus males, sus pesares, sus disgustos y enojos; dirán que sus reclamos han sido escuchados y pedirán un nuevo crédito.

¿Le alcanzará al gobierno provincial con enumerar la serie de aciertos que asegura tener en los últimos años para mantener seducida a la ciudadanía, cuando hace más de una década que no se crece ni se genera empleo de calidad, aun pese a los esfuerzos que se señalan desde el Estado? ¿Cómo mantener viva la esperanza con un socio tan controversial e inestable como ha demostrado ser la gestión de Milei? El gobierno tiene por delante menos de dos meses para dar vuelta una historia que hoy se le ha tornado compleja y reconstruir un relato y un mensaje sustentado en cuestiones serias, no en banalidades ni en descripciones fantasiosas.