Es un efecto catártico. Es la posibilidad de pegar unos cuantos gritos, desahogarse y no sentirse solo o, al menos, de no formar parte de una minoría por un rato. No es más que eso, y eso ya es mucho. Pero no dejará de ser una expresión de deseo casi apolítica, llevada adelante por gente que sufre una aguda crisis de representación. Algunos, enemistados directamente con las prácticas democráticas. Otros, con la impotencia de saber que si bien no simpatizan con el Gobierno, tampoco encuentran en la oposición un espacio para canalizar sus inquietudes, sus broncas.
La marcha como la convocada para este 18A pone a prueba nuevamente el poder de las redes sociales. Es un constante compartir iniciativas con el objetivo de que logren replicarse entre quienes piensan más o menos parecido.
Por eso se apunta a un denominador común: estar en contra del Gobierno. A partir de allí, es más fácil encontrar diferencias que coincidencias; casi una representación social del 46 por ciento que en el 2011 votó en contra de Cristina Fernández: un poco por acá y otro poco por allá. Completamente diseminados desde lo ideológico y, al mismo tiempo, aglutinados.
Por eso se trata de un fenómeno que excede lo político y que tiene que ver con el humor y la temperatura social. Ahí entra a jugar fuerte el papel de los medios de comunicación, en la creación de un clima que motive a la movilización. Porque, como dice la socióloga Graciela Cousinet (en su rol de socióloga y no de candidata a legisladora por el Frente Amplio Progresista) “participar en una marcha es la máxima expresión de un compromiso. Quien vaya, sabe perfectamente que no votará al kirchnerismo”.
Es imposible tipificar a los participantes y ubicarlos en tal o cual pensamiento doctrinario. Es un espectro tan amplio, que intentarlo, para luego hacer un lectura política, sería un error.
El proyecto de reforma judicial instalado en la agenda política argentina poco impacta en la vida cotidiana. Si bien es importante para el análisis y el debate, no provoca reacciones más populares que la de legisladores opositores haciendo acto de presencia en los tribunales. Un puñado que, vaya paradoja, a pesar de haber sido elegido por el pueblo, no termina de ser representativo.
“Para la gente, en un ranking de puteadas, primero están los narcotraficantes, después los pederastas y después los políticos y los jueces. Por lo tanto, nadie se movilizaría para defender al sistema judicial, cuando la primera crítica al hablar de inseguridad apunta a que son ellos lo que dejan que los delincuentes salgan en libertad con total facilidad”, explica el consultor Enrique Bollati.
Quienes suelen ver teorías conspirativas todo el tiempo contra el Ejecutivo pueden apuntar sus miras hacia Jorge Lanata y el Grupo Clarín. La denuncia e investigación –sólo mediática hasta ahora– sobre una red de lavado de dinero vinculada con el kirchnerismo generó un estímulo para quienes aún no habían decidido si participar o no en la marcha. Fue, desde el marketing, más que oportuna a los efectos de quienes promovieron esta marcha.
Igual, nada ni nadie puede asegurar masividad. En estos casos, la incertidumbre es total. De ahí que se utilice el término “espontaneidad”, más allá de que existe una convocatoria concreta, con un día fijado y a una hora determinada. Es el momento. Y, por las características, no hay movilización de grandes aparatos políticos, más allá de la presencia asegurada de aquellos partidos de centro-derecha que reparten carteles y quieren aprovechar la ocasión.
La gente irá, entonces, a exponer su malestar, y lo hará contra el Gobierno nacional, ya sin tener en cuenta los niveles regionales e inferiores de poder. Es desde el llano y sin apelar a una figura política, más allá de que algunos personajes quieran acoplarse al reclamo para sacar una ganancia con fines electoralistas. No pudieron hacerlo antes y tampoco podrán ahora. Es más, corren el riesgo de ser repudiados en público, porque el clima imperante en ese ambiente es el del “que se vayan todos”.
Frente a esa falta de organización formal y sin liderazgos establecidos, el efecto será efímero.
Para algunos sociólogos, hoy se puede dividir políticamente a la población en tres. Un tercio está convencido de seguir adelante con el modelo y el estilo propuesto por el kirchnerismo; otro porcentaje igual es más crítico y se anima a plantear disidencias en la forma de conducción, y, por último, hay un tercio decididamente opositor. De estos últimos, la mitad está cada vez más radicalizada y es la usina de este tipo de convocatorias.
“Lo grave de esto es que se trata de un sector que cada vez acumula más impotencia, porque no encuentran salida. Ha perdido la capacidad hasta de analizar si algunas medidas de gobierno son buenas o malas. Directamente no lo quiere, y comienzan a escucharse discursos peligrosos como los de la Mesa de Enlace”, explica Bollati.
Fernanda Santos, de la consultora Santos-Morales, no cree que ese grupo sea generador de violencia: “Por el nivel socioeconómico, la participación que pueden tener es más que nada la que se ve en redes sociales o manifestaciones como estas o puede colaborar para generar un clima enrarecido”.
De acuerdo con datos surgidos luego de la marcha del 20 noviembre del año pasado, 80 por ciento de los participantes era de clase media y alta. El 63 por ciento de los encuestados tenía un nivel de formación educativa superior, y casi el 30 por ciento había terminado el secundario.
Este resultado coincide con la postura de Cousinet a la hora de hacer un análisis cualitativo acerca de quiénes deciden expresarse y quiénes no, aunque no está del todo claro si la motivación es política o económica; si es por mayor seguridad, para combatir la corrupción o para poder comprar dólares libremente; si es en defensa de las instituciones democráticas que se suponen en riesgo o es sólo para cuidar el bolsillo.
De cualquier modo, no deja de ser una expresión válida. Es el 46 por ciento que entendió que las reglas de juego democrático no son sólo para quienes sacan más votos. Que, con matices y grandes diferencias ideológicas, se opone al “vamos por todo” y al poder absoluto. Es una voz para romper una espiral de silencio y plantear la necesidad imperiosa de encontrar equilibrio, límites y transparencia.
