En la década del 90, y con más fuerza desde la crisis de representatividad política de fines del 2000, las ONG aparecieron como reguero de pólvora. Bien al estilo argentino, donde las cosas parecen crecer por moda, el llamado tercer sector abroqueló, como en las viejas boticas, de todo un poco: bueno, malo y regular. Así, desde algunos ámbitos como el cooperativo hay sobrados ejemplos de organizaciones que trabajan de manera intachable, también las hay en sectores sociales desprotegidos y, seguramente, en los sectores medios deben haber ejemplos de conducta, trabajo y solidaridad.
Pero junto con ellas, en la masiva proliferación de ONG, también aparecen las que nunca cumplieron objetivo alguno más que servir de pantalla a objetivos poco claros y otras que, con el tiempo, han encontrado caminos diversos y, por lo menos, merecen una rediscusión de sus objetivos. Lo cierto es que, como en tantas otras cosas, el Estado se ha ausentado en el control y la diagramación de políticas, ha dejado los espacios, los que han sido llenados a los tumbos por quienes venían atrás. Hoy se ve que no todo lo que brilla es oro y que no todo lo que dice representar a la sociedad verdaderamente lo representa.
