No es novedad que la administración del Estado está, desde siempre, sobrecargada y con mucha gente de la cual no se sabe muy bien cuáles son sus funciones. Desde que apareció la figura de los contratos de locación, la sospecha de que por cada contratado que trabaja realmente hay otro que recibió un favor político o es la forma de hacer caja es casi una realidad.
Lo cierto es que, cuando el trabajo periodistíco aporta revelaciones como la que ayer dio este diario –porque, lamentablemente, la Justicia poco aporta en esto–, comienza una temporada de caza de brujas, pero no para separar el orujo, sino para tratar de atrapar al culpable de que la información se haya conocido.
Y después, sigue casi siempre un proceso de limpieza de contratos, pero con una particularidad: por lo general, se saca al que trabaja y es necesario y se premia manteniendo el contrato al amigo o al acomodado. El nuevo escándalo del Ministerio de Seguridad es una buena oportunidad para ver si, de una vez por todas, alguna cosa se hace bien.
