Para los gobiernos de Argentina –el nacional, de Alberto Fernández, y el de cada uno de los Estados federales, el de las provincias–, para todos sin excepción, la pandemia de coronavirus que se oficializó en marzo del 2020 y, más tarde, la guerra en el Este europeo, que provocó Rusia invadiendo a Ucrania en febrero de este año, les han dado los argumentos y respuestas casi absolutas a tanto fracaso que han dejado a su paso en la administración del Estado.
Y, si bien, por supuesto, cada uno de ellos ha tenido sus particularidades y sus propias diferencias al momento de analizar en detalle y con más fineza lo ocurrido dentro de sus territorios y en los límites de sus facultades, en general, no hubo uno que no se haya colgado de las consecuencias de tales descalabros.
Fue lógico en un momento tomarse de los efectos de la pandemia, no hay duda alguna. Muy por demás estaría reiterar los efectos en la economía y en la marcha de todas las cosas que generó aquel encierro y freno al motor de las naciones, con su afectación en el mundo entero. Los daños sicológicos y su ramificación en el clima social están todavía ahí, a la vista de todos, corroborando los efectos de un daño impensado e inesperado.
También, más cercana en el tiempo, la cruenta invasión rusa a un territorio que ha sido la fuente y garantía, a la vez, de la provisión de granos, energía y alimentos varios a Europa –y ni hablar de la propia importancia de Rusia también en Europa y no sólo ahí, sino en varios países asiáticos, más su influencia en los mercados latinoamericanos donde ha controlado gran parte de la distribución más el precio de los estratégicos gas y petróleo, alterando y distorsionando ambos– han dado motivos suficientes para justificar la preocupación por la escalada inflacionaria y el colapso, en ciertos niveles, de la economía en todas sus escalas.
Todas esas pestes y plagas juntas no se dieron sólo en Argentina; el mundo las padeció y son las mismas naciones de ese mundo –salvo un puñado de excepciones entre las que patológicamente nuestro país figura como una fija–, las que han comenzado a dar señales de estar saliendo de las más graves consecuencias y abandonando el escenario de los dramas.
Todo lo contrario sucede por estas latitudes. No hay una sola declaración de los más importantes referentes, líderes y gobernantes de Argentina que todavía no culpe a la pandemia y a aquella guerra del Este europeo, de todo lo que no han logrado conseguir, o revertir, bajo su conducción y responsabilidad y por medio de las medidas y políticas aplicadas en el sentido que se les pide. Además, por supuesto, cómo se van a perder la oportunidad para apuntarle a la oposición política, según el lugar que ocupen, de lo que no consiguen. La pandemia, la guerra –y, por muchos años, la grieta ideológica–, han conformado el grupo de los mayores culpables de todos los males en el país, tanto de los recientes y nuevos, como de los históricos y estructurales, que cada vez han ido tornándose un poco más incontrolables. Las excusas, las culpas ubicadas fuera de los círculos más cercanos, en el otro, siempre, junto con los dramas universales, dominan por completo el discurso oficial de los líderes en Argentina. Son paquetes que cada uno de ellos utiliza de acuerdo con su propia conveniencia.
El fin de semana, el presidente Alberto Fernández ofreció una larga entrevista al diario Perfil. No hubo allí una sola referencia a errores propios, a yerros, a equivocaciones, a malos diagnósticos cometidos por acción propia ni a las políticas que fallaron. Por el contrario, el mandatario cargó contra la pandemia, la guerra y la oposición. Según su mirada, los medios con sus temas y obsesiones ideológicas, siempre al frente de los intereses de grupos económicos malvados que desprecian la progresía y la izquierda justa y equitativa, impidieron que se tuviera otra mirada y sensación de tan exitoso gobierno argentino, “el único que hizo crecer la economía del país desde el de Kirchner hasta ahora”. Según Fernández, “los medios ocultaron las cosas ponderables”, mantuvieron en tapa injustificadamente, de acuerdo con su mirada, el tema de las vacunas ignorando, con cinismo y mucha perversión, el “vacunatorio vip” con las demoras en conseguirlas y que, en definitiva, todo ha sido mucho mejor de lo que se ve y, si no se advierte, ha sido porque “los medios –otra vez– sembraron el desánimo en la gente”.
Con algunas diferencias, proporciones y escalas distintas, en Mendoza está ocurriendo algo parecido. Se trata de un modelo a seguir, un manual de indicaciones para cuando se solicitan explicaciones o se hacen preguntas sobre tal o cual de tantas cuestiones sin resolver desde tanto tiempo. Que la discriminación, que no llegan los fondos para tal o cual política, todo por culpa de que aquí se tiene una administración opuesta a la nacional, han generado una suerte de credo religioso que sale de memoria. Y, claro, por qué no ocurriría lo mismo que a nivel nacional: los meses de pandemia, y alguna que otra mención, aunque más aislada, a la guerra en Europa.
A todo esto hay que adosarle al discurso, las menciones endulzadas a la propia gestión, a lo que se hace bajo el control de quien opina. Así como Fernández habla de un gobierno y de una Argentina desconocida, que él describe gracias a los aciertos de su gobierno, en Mendoza los representantes del oficialismo no dejan de tirarse flores uno a otros. Innecesario. Suena a mucho. Algo funciona mal cuando reiteradamente y de forma abusiva se tiene que ponderar lo que el equipo cree que ha hecho bien porque los demás, supuestamente, no lo advierten.
Este lunes, en un acto en Junín, se vio un poco de todo este modelo: “Sin importar todas las dificultades en Mendoza nunca paramos. Hacemos el mayor esfuerzo con un gobierno austero, que es cada vez más inteligente, que va cambiando y que quiere prestar mejores servicios”, dijo el gobernador Rodolfo Suarez, agregando, como corresponde que todo se ha hecho sin un Gobierno nacional que “muchas veces nos dificulta las tareas por tener un color político distinto del de ellos”. Antes, el vice, Mario Abed, había dicho: “Rodolfo habla siempre de la continuidad de buenos gobiernos y me parece que esto nos ha contagiado a lo largo y ancho de nuestra provincia”. Impactante, como aquello que agregaría seguidamente: “Quisimos hacer mucho y la verdad es que muchos de nuestros sueños los interrumpieron. Pero dimos batalla y nos pusimos al lado de cada uno de los mendocinos”. Todo está indicando que a nuestros gobernantes les estaría faltando un baño de realidad y dejar las alusiones a las batallas épicas que vienen liderando, como si se tratara de Quijotes, a los destinatarios de sus políticas y de sus gestiones. Simple, pero claro, de tan simple, difícil de cumplir.
