El desembarco del libertario Javier Milei en el gobierno nacional, con su anunciado y ratificado lanzamiento de un plan de ajuste descomunal de 15 por ciento del PBI –nunca visto según los cálculos de los economistas y mucho más profundo y severo que lo que habría exigido el FMI–, ha conducido a no pocos a revisar la historia reciente del país y de la ejecución de programas económicos y de estabilización que, en la previa, se asemejan a lo que adelanta el nuevo gobierno.
El repaso da cuenta que, siempre y cuando el presidente no ordene despidos descarnados y sin anestesia en área del sector público –lo que nadie descarta frente a lo desconocido que rodea al libertario–, se descuenta que más temprano que tarde se dispongan propuestas oficiales de retiros voluntarios que incluyan un plus indemnizatorio lo suficientemente atractivo como para que se evalúen, posiblemente también un plan de jubilaciones anticipadas y la baja o cesantía de contratos.
Si Milei llegara a avanzar en los hechos en todo lo que dijo que haría durante la campaña electoral, a todo esto que podría operar en el ámbito de la administración nacional se le tendrían que adicionar las consecuencias que se darían en las empresas públicas pero privatizadas, en manos del capital particular o en la de los propios empleados, tales como Aerolíneas Argentinas, YPF y la empresa de aguas bonaerense Aysa, la que ha venido siendo conducida por Malena Galmarini, envuelta a su vez en una serie de posibles desmanejos y malversación de fondos que la justicia se prepara a investigar.
Como ocurriera en otras épocas, incluso con compañías que fueron estatizadas y privatizadas en más de una oportunidad, como YPF que en el menemato se privatizó y en el kirchnerato vuelta a nacionalizar, se trató de procesos que no terminaron de cerrar heridas sociales muy trascendentes como el quebranto que dejó al Estado en su conjunto por haberse llevado a cabo violando normas, convenios y derechos adquiridos.
Todavía hoy deambulan por las oficinas públicas buscando respuestas cientos y cientos de trabajadores petroleros autodenominados “ypefianos” a los que directamente se los estafó por dos vías, cuando menos: el Estado no les cumplió lo que aseguraba que tendrían que cobrar tras la privatización o el retiro voluntario y el privado no les pagó las acciones que se le cedían gratuitamente al que aceptaba la oferta del retiro bajo ese programa de Propiedad Participada (PPP) y que en los años 90 se aplicó con las empresas públicas sujetas a una transformación y restructuración profunda y allí se anotaron los casos de YPF, de SEGBA (por la energética estatal que al privatizarse dio nacimiento a Edenor y Edesur) y Encotel, hoy Correo Argentino.
La historia económica y política de la Argentina está plagada de fragmentos de películas ya vistas y muy conocidas por todos. Y cada vez que se renueva el recorte, como el que posiblemente tengamos a la vista con Milei, la esperanza de los optimistas es que en esta oportunidad el final sea otro al que ya se sabe; es decir, que el final sea positivo y acierte en esto del cambio de rumbo y de la suerte.
Hay, claro, como en todo, pesimistas o realistas, dirán en su defensa, que antes de que arranque la gestión de Milei pronostican que se avecina el fin del mundo para la Argentina, años de penurias y de sacrificios a cambio de nada y muchos, o unos pocos, enriquecidos a costa de los pobres del país. Entre los últimos se alista Eduardo Belliboni, de Unidad Piquetera, que este lunes confesó sus deseos de fin de año en una entrevista: “Que le vaya muy mal” a Milei.
“Yo quiero que fracasen los planes que tiene para reventarle la cabeza a los trabajadores, los jubilados, los estatales. Nosotros nos preparamos para enfrentar a este gobierno”, dijo uno de los referentes de los grupos piqueteros que, indudablemente, ve peligrar su rol de dirigente y quizás estándar de vida al frente del pobrismo en el país. ¿Qué sería de la vida de Belliboni si sus representados consiguieran trabajo o la asistencia pasara a ser parte del Estado directamente, como los municipios, por ejemplo?
Otro dirigente que avizora la llegada de épocas con las que no comulga y sin, siquiera, contar con la fineza y sutileza de quien sabe que hay que esperar resultados y cuanto menos el arranque de la gestión y los anuncios, resultó ser el titular de ATE nacional, como no podía ser de otra manera, Rodolfo Aguiar, el que se manifestó casi en la misma línea que Belliboni: “Bajo la certeza –dijo– de que el recorte que planifica el próximo gobierno contempla el despido de miles de estatales, es que tenemos que empezar a actuar de manera preventiva. A los economistas que están llegando al gobierno les interesa solo bajar los gastos aún a riesgo de que la operatividad de los organismos se vea reducida a su mínima expresión”.
Fue Aguiar el que, también ayer, dejó plasmada su visión de que vuelven los tiempos de los retiros voluntarios, de las cesantías en las privatizadas y despidos en la actividad privada alcanzada por la menor inversión pública.
Esa historia circular de la Argentina da cuenta de que en los años de ajustes y de planes económicos ortodoxos, el Estado se contrajo, la economía pudo estabilizarse por algún tiempo, pero la pobreza aumentó, como lo hiciera el desempleo y la brecha entre ricos y pobres como ocurrió al fin de la convertibilidad. Y en los años en donde el Estado volvió a crecer, bajo los influjos del populismo, con el tiempo todo volvió a desmadrarse por ese método de vilipendios, demagógico e irresponsable de fondos públicos.
Con lo que viene, todo está por escribirse, con el beneficio de conocer que todo lo que se hizo antes fracasó. Hay información más que suficiente como para que, de encararse una reforma estructural general en el país de la forma en la que se lo ha venido administrando y en especial de cómo llevar adelante su economía, se pueda evitar caer en los mismos errores.
