Con el kilo de cebollas a 550 pesos, no tiene sentido seguir contando el caos.

Se cuenta solo.

Con el kilo de yerba a 700 pesos, ¿hay que volver a detallar la astracanada del que dicen que presidente peleándose con uno de un reality show?

Con el kilo de morrón a 1.100 pesos, ¿qué sentido tiene insistir con que presidente y vice no se hablan o que el ministro de economía los insulta por lo bajo a los dos; o recordar que la Ministra de la Mujer ignoró un femicidio estatal en su provincia y cambió de pañuelo celeste a verde más rápido que de bombacha siempre usando el uniforme oficial?

Con el kilo de queso rallado a 2.200 pesos, ¿de qué sirve detallar cada una de las faltas de respeto de la vocera oficial, la ministra de la felicidad y la soberbia; medir el grado de cinismo de sindicalistas de acuerdo con el modelo de Audi que estén usando; detallar todas y cada una de las agachadas de los empresarios atados a subsidios y prebendas?

Con el litro de aceite de maíz a 1.120 pesos, ¿tiene sentido seguir contado el día a día de las internas, las deslealtades, las pataletas del hijo de la vice, los berrenchines del hijo del sindicalista al que nadie, ni drogado, jamás vio en un camión?

Creo que no.

En medio del infierno, ¿nos vamos a poner a hablar del calor que hace?

Ya está.

El jueves, a las cinco y media de la tarde por Radio Rivadavia, Ariel Tarico hizo su imitación de Víctor Hugo Morales imaginando lo que sería el editorial del uruguayo con motivo del enojo de la pareja de Fabiola con un participante de Gran Hermano. Allí, el genial humorista le hizo decir a su imitado que todo era una confabulación de la Embajada de Estados Unidos contra un gobierno popular; que Paramount, dueño de Telefe había urdido esta trama golpista para envenenar las mentes de los argentinos.

Todos los oyentes convinieron: era una exageración graciosa basada en la grandilocuencia del relator oficialista y su apego por desenmascarar las “operaciones de la derecha”, muchas veces transmitiendo en directo desde su departamento en Nueva York.

Es de imaginar la cara de Tarico cuando vio que, sólo una hora y media después, Víctor Hugo repetía casi calcadas sus palabras en su editorial de C5N, pero ahora en serio, denunciando con enjundia, voz pomposa, prosa rimbombante, la maniobra del imperialismo que usaba las tres pelotas de Telefecomo proyectiles contra un gobierno surgido del subsuelo de la patria sublevada.

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¿Hace falta alguna otra prueba de que ya no hay nada más que agregar?

Si es lo mismo el chiste que la realidad, la realidad es un chiste.

Lo que es gracioso en Tarico, es patético en Víctor Hugo Morales.

Y muestra que abajo del fondo de la olla no había nada.

El kilo de café cuesta 2.300 pesos, ¿de verdad el tema es si La Cámpora está enojada con la alianza entre la CGT y el Movimiento Evita?

Y, no.

Quizás sí sea el momento de detenerse a ver cómo fue que llegamos hasta acá, justo donde nos encontramos, en el punto en el que el teflón de la olla se encuentra con la llama de la hornalla.

Llegamos hasta acá porque votamos esto.

Ya sé, quizás gran parte de los lectores estén diciendo ahora “yo no”. 

No importa.

Esto no es una cuestión de las últimas elecciones.

Es la nube de pensamientos, ideas y conceptos que fuimos tejiendo entre todos a lo largo de los años, de muchos años.

Es cómo pensamos la manera en que las cosas funcionaban.

Es lo que creímos, lo que hicimos, los errores que asumimos como aciertos, las apuestas equivocadas, los dogmas, las certezas y verdades en los que insistimos.

En su canción más famosa, Alejandro Lerner quizás sin darse cuenta, da en el clavo. Cuando canta “defender mi ideología/ buena o mala pero mía/ tan humana como la contradicción”, dice lo que nadie escuchó y es hora de asumir.

Durante años los argentinos cantamos con Lerner “Todo a Pulmón” sin notar que ahí estaba la clave de los males y la llave de su solución.

Perseverar en la creencia contra toda evidencia es algo terriblemente humano, pero también un error solucionable.

Hace falta mucha voluntad.

Pero se puede.

Ale, si ya te diste cuenta que tu ideología es mala, ¿para qué la defendés?

Eso podríamos habernos preguntado hace años y hoy no estaríamos penando en un país que en la región -América Latina, que vive en los niveles de pobreza más altos de los últimos 30 años- es el sexto en porcentaje de personas que viven por debajo de la línea de la pobreza, un 42%, mientras que Uruguay tiene 11,6 % y Chile un 10,8 %, según el Banco Mundial.

Es momento entonces, con la cebolla a 550 pesos, de ponernos a pensar en esos grandes errores conceptuales que nos fueron implantados a lo largo de los años por la escuela, la familia, el Estado, la religión, las ciencias, las artes.

Ya importa todo tan poco, es tan urgente lo que hay que hacer para salir de la hornalla encendida, que se puede hasta obviar el hecho de si lo hicieron a sabiendas o con buena voluntad.

El tema es lo mal que pensamos, los pasos equivocados que dimos para llegar hasta acá.

Propongo algunas cosas que deberíamos repensar, el lector puede seguir con el ejercicio en su casa, es saludable y gratis. Lo costoso es seguir haciendo lo mismo.

Empecemos por una verdad que intelectuales y artistas suelen recibir con mofa y un aire de superioridad digno de mejores causas y que quizás sea fundamental entender para poder defenderse de tanto escolarizado snob: el capitalismo es la máquina más perfecta jamás creada por la humanidad para sacar gente de la pobreza.

Ok, Gordo del Mortero, si querés hace pucheritos, pero es así.

Como cuenta el profesor Steven Pinker en su “En defensa de la ilustración”: “Los beneficios del capitalismo son tan evidentes que no necesitan ser demostrados con cifras. Pueden verse literalmente desde el espacio. Una fotografía de Corea, tomada desde un satélite, que muestre el sur capitalista inundado de luz y el norte comunista como un pozo de oscuridad ilustra vívidamente el contraste en la capacidad de generación de riqueza entre ambos sistemas económicos, manteniendo constantes la geografía, la historia y la cultura”.

El Muro de Berlín cayó porque quienes vivían en el lado socialista no aguantaron más la falta de libertad y la pobreza. Sin embargo, acá tenemos a la vicepresidenta que dice muy de cuerpito gentil: “El Muro también cayó para el lado del capitalismo. Convencieron a todos de que ser comunista es malo”. Todavía hay quien la cree una gran oradora.

El capitalismo es global y es bueno que así sea.

Argentina no puede vivir sin el mundo, aunque el mundo sí, podría seguir tranquilamente sin nosotros a menos que nos hagamos necesarios. Durante años nos comimos el verso de “vivir con lo nuestro”.

Y, no.

Nadie vive sólo con lo propio, eso es una estupidez supina que no era cierta ni 1.200 años antes de Cristo. En aquel tiempo, los fenicios, que de puro exitosos hasta inventaron el alfabeto, entendieron que no podían vivir exclusivamente con lo de ellos. Por eso se dedicaron a canjear lo que producían por lo que producían los demás. Y así fue como crearon un precedente de la moneda, usando pedacitos de plata para su comercio. Exportaban madera de cedro, de abeto, telas de lana, hilo de lino, algodón, seda, objetos de vidrios de colores y con eso conseguían cobre de Chipre, plata y hierro de España, oro de Etiopía, marfil de la India; la madera de roble que usaban para los remos de los barcos la conseguían donde ahora es Tierra Santa.

Si los fenicios lo entendieron hace 3.000 años ¿por qué queremos inventar la cuadratura del círculo?

El comercio une a los pueblos, solidariza las culturas, las refuerza, las suma, crea riqueza porque hacen falta productos para comprar y vender, permite la expansión de las artes y las ciencias. Son lo contrario del autoritarismo.

Mucho patriotero llorabandera dice que es incompatible elogiar la globalización y amar a tu patria. Es una tontería. Querés lo mejor para tu país, querés lo mejor para el mundo, ¿cuál sería la contradicción?

Buques de carga, liberalización de los aranceles, creación de tratados comerciales permiten que los países se especialicen en bienes y servicios. Esa especialización permite producirlos de manera más eficiente y ofrecer su mercancía a miles de millones de personas, lo que es no sólo más trabajo para todos sino también más oportunidades para los compradores, que en ese bazar mundial consiguen mejores precios para aquellas cosas que desean. Y nadie tiene el derecho a decir si está bien o está mal que uno lo que quiere, en realidad, es un paquete de figuritas, el televisor más grande posible o un par de sandalias. La libertad es también la libertad de comprar y es hora de dejar de tener vergüenza por eso. Sí, soy tilingo, me lo gané con mi trabajo, ¿algún problema?

Por eso tenemos que cerrar el acuerdo de Libre Comercio con la Unión Europea, fortalecer el Mercosur, salir al mundo, aprender idiomas. Es increíble que tan pocos dirigentes sepan inglés, ni hablar ya de chino o japonés.

Todo esto nos lleva a otro tema y es el premio al esfuerzo personal. Sí, el esfuerzo personal es la base del progreso colectivo. El que eleva su vara eleva todas las varas. Y eso se consigue en base a incentivos y castigos.

Acá, el peronismo, responsable de la educación política nacional durante años, escucha la palabra “mérito” y hace cruces.

Nada de “yo no fui”.

El presidente elegido por la mayoría de los argentinos se manifestó muchas veces contra la meritocracia.

La sociedad argentina convalida ese pensamiento. Y se ve en cada oficina en donde da lo mismo hacer o no el trabajo; en cada sala de profesores en donde se mezclan por igual los sarmientinos y los baradelianos que al final del día terminan cobrando lo mismo, o cuando no, con saldo a favor de los baradelianos.

Si no se castiga al corrupto, se está castigando al honesto. Y entonces ¿de qué sirve la honradez?

¿De verdad pensamos que podemos salir del destino de cloaca que nos espera, si la corrupción no se castiga, si los cargos estatales se completan por acomodo, si el sindicato sigue diciendo quién sí y quién no sólo por estar más cerca o más lejos de su sombra?

Claro, si pensamos que tener dinero o éxito es vergonzante es bastante poco lo que podemos hacer. Y no, hacer dinero, generar riqueza es sano y es bueno. Uno no tiene ni idea de por qué nació, vaya uno a saber la millonaria cantidad de casualidades que hubo para que tal milagro ocurriera entonces ¿por qué no devolverle algo al planeta, o a todo ese millón de casualidades, haciendo de este lugar algo mejor? Estudiar, crecer, desarrollarse, darse oportunidades, trabajar, dar oportunidades, todo eso debería hacer crecer tu patrimonio porque cuanto más rico sea el mundo, mejor.

Pero si viene el burócrata educacional de turno y te dice “no hace falta el esfuerzo, pasás igual de año en el secundario, no estudies que es lo mismo” todo se cae, nada crece y nos vamos a pelear por los mendrugos que quedan. Claro que no es fácil hacer más pan. Pero es mejor que llorar migajas.

El esfuerzo es lo que nos hace mejores.

Apagar ese esfuerzo con asistencialismo, con un subsidio, con un plan es destruir las ansias de superación, el impulso vital, la fuerza de la sociedad por ser mejor. Es la condena inevitable a un futuro podrido y miserable. Y el esfuerzo no tiene una gratificación inmediata. Cerati sabía que tardaba en llegar, pero al final hay recompensa. Y quizás ni siquiera vea uno en vida el triunfo, pero ir hacia allá es parte de la gracia.

La idea del esfuerzo tiene adherida la idea del ahorro. Si todo es para ya, no hay futuro.

“Vamos viendo” es la frase preferida de los ciegos.

También deberemos aprender de una vez y para siempre que la propiedad privada es sagrada y no sólo porque es un derecho constitucional. Allí donde no existe ha crecido la miseria y la violencia. Porque otra creencia que hay que abandonar es la de Cuba como la Isla de la Fantasía.

Otra verdad revelada que escuchamos hasta el hartazgo en los últimos 20 años es que la política es el mejor lugar en el que puede estar la juventud y que todo es político. Claro, decir no a esta verdad revelada es animarse a que te pongan el cartel de “antipolítica”. Habrá que explicar que no, aunque posiblemente no escuchen porque, paradójicamente, quienes levantan aquellas banderas no están dispuestos a la discusión. Sí, la política puede ser un buen lugar. Como lo pueden ser la economía, las artes, las ciencias, la religión, el deporte o lo que el deseo propio imponga. El deseo es el mejor lugar para estar. Y si todo es político, qué poco espacio se le deja a la vida personal, al gusto por determinado color, al llanto porque sí, a las canciones tontas, a lo que se me cante la divina paciencia.

No, no todo es político y decirlo no es “antipolítico”.

No jodan. 

La verdad no es política, la belleza no es política, la elegancia no es política, el respeto no es político, la confianza no es política.

No hay manera de organizar una sociedad deseable sin verdad, sin belleza, sin elegancia, sin respeto y sin confianza.

Todo eso, mire usted por dónde, nos dará una mejor política.

Esta es sólo una pequeña lista de creencias que inexorablemente debemos poner en cuestión para salir de este pozo infecto.

Podría haber hecho otra vez esta semana un recorrido dantesco por los círculos infernales a los que nos arroja cada vez este sempiterno gobierno peronista. Si están interesados, podríamos sumar otras verdades mentirosas y podemos seguir discutiéndolas las próximas semanas.

Hubiera cosechado más likes en redes, seguramente. Y más gente que diga “tiene razón”. Están haciendo falta catalizadores del ánimo general.

Pero ya me cansé.

Quiero mirar para atrás sólo para saber en qué nos equivocamos tanto.

Y tratar de no volver a equivocarnos.

Ale, no hace falta defender lo que ya sabemos que es malo.

Quiero mirar para adelante porque es el único lugar en el que vamos a vivir.