“Alberto se cristinizó”. Esa fue la conclusión a la que arribó la oposición después del mensaje presidencial ante la Asamblea Legislativa y de la posterior convalidación de las acusaciones de su vice ante la Sala I de la Cámara Federal de Casación Penal. “Alberto se radicalizó”, denunciaron como si fuera una novedad. No lo es. No hay nada nuevo bajo el sol, salvo el inicio de la campaña electoral.
Alberto no se cristinizó ahora, sino en 2019, cuando aceptó ser el candidato de la ex presidenta para que ella pudiera hacer campaña en silencio. La reina de las cadenas nacionales, pasó en ese momento a la clandestinidad del segundo lugar. Fue un camuflaje que le permitió al ex jefe de Gabinete capturar el voto de Sergio Massa y de esa porción del electorado “independiente” que fluctúa cada dos años entre la desesperación y la decepción.
Fernández de Kirchner habla poco y nada, y cuando lo hace, no habla para marcarle la cancha al Presidente, sino para explicar sus actos posteriores. Un ejemplo: en diciembre, cuando pidió “funcionarios que se animen” y habló de tarifas, precios y salarios, no hizo más que anticipar el cambio de la estrategia en la negociación con el FMI. Martín Guzmán apuraba un pacto para marzo o abril, con un esquema de actualización tarifaria y ajuste de jubilaciones que fue pospuesto o atenuado. “No queremos apresurarnos. Apuro por acordar tienen los pícaros de siempre”, dijo el jefe de Estado este lunes ante el Congreso. Reveló así que la negociación con el Fondo entró en el calendario electoral.
Tampoco hubo sorpresa en el espectáculo judicial que montó el Presidente ante el Parlamento y luego Fernández de Kirchner ante el tribunal de Casación. La novedad fue la puesta en escena de una vicepresidenta que convierte el banco de los acusados en una tribuna partidaria transmitida por YouTube.
El discurso de ambos apuntó en una sola dirección: centrar en Mauricio Macri y en algunos “poderes corporativos” la responsabilidad por las penurias judiciales de la familia Kirchner y económicas de la Nación. Un calco de la campaña de 2019.
Pero el Presidente desafina cuando canta el lamento penal de su compañera de fórmula. Desde el año pasado que procrastina una reforma judicial pensada para terminar con las arbitrariedades de esa “aristocracia perpetua”. Ahora recuperó su “plan” con una comisión bicameral que, según dijo su ministra de Justicia Marcela Losardo, tendrá como meta la misma tarea que le encargó al comité de notables que el año pasado le sugirieron reformas para “mejorar el funcionamiento del Poder Judicial”. Buscarían otra vez la misma cosa:, pero desde el Congreso: diagnosticar los males y proponer soluciones.
La militancia, en cambio, cristinista tomó carrera con la propuesta y se imaginó una bicameral dispuesta a citar a jueces y fiscales para exponerlos ante la sociedad. La transmisión en vivo de la “Conadep de las arbitrariedades” de la Justicia. Un registro vivo del lawfare. Pero la comisión bicameral nació muerta. Las comisiones parlamentarias de investigación requieren de las dos terceras partes del Senado para su aprobación y de una mayoría de la Cámara baja que el oficialismo no tiene. Alberto ladra justicia y no muerde.
La batalla judicial es un juego cristinista mientras el jefe de Estado endulza los oídos de la unidad. La unidad es peronista y de necesidad presupuestaria, donde se alinean todos los gobernadores, sin importar el color político.
Esta semana, desde Bariloche, el Presidente insistió en esa tesis. Ante una gobernadora aliada recordó que hasta el radical Gustavo Valdés de Corrientes forman parte de su universo de gestión. Porque el enemigo es el mismo: la crisis macrista.
La visita a Mendoza, al distrito de su ex socio (nadie olvida la transversalidad que condujo a la fórmula “Cristina, Cobos y vos”) y ahora adversario Alfredo Cornejo, es la excusa perfecta para llevar la tierra del buen vino a la practicidad de la grieta. La brecha electoral es cómoda. Divide aguas y presupuestos.
Cornejo encaja en la estrategia del gobierno. Denuncia la arbitrariedad de la Casa Rosada y en ese mismo acto encarna a “los ultras”, el club de Macri, Patricia Bullrich y Miuel Pichetto. Los adversarios que los Fernández necesitan para cuidar a su tropa en el plan de radicalización de propios y ajenos.
La estrategia del Frente de Todos apuesta a la reducción de daños. Este 2021 no es un año de campaña nacional sino de suertes provinciales donde pesará mucho más la salud económica y epidemiológica que el destino judicial de los líderes de las alianzas en pugna.
El Presidente reclamó una justicia que se despolitice y una desjudicialización de la política al mismo tiempo que metía a Macri y a su gabinete en el berenjenal de un expediente criminal sobre el endeudamiento con el FMI. “El patrimonio de Macri debe estar afectado”, se entusiasman en el entorno de CFK, donde sueñan con un manoseo igualitario en el lodo del poder. Si todos son, nadie es.
La estrategia de la Casa Rosada es clara: apuntar al mal humor que provoca el recuerdo de la gestión macrista con su ciclo de endeudamiento y devaluación. Su plan pasa por eliminar los matices: la bicameral judicial puso incluso a Horacio Rodríguez Larreta, el candidato que prendente jubilar la grita, del lado del endeudador. El jefe de Gobierno porteño no dudó en afirmar que esa propuesta excede los límites de la República.
Como Macri en 2019, la fórmula Alberto-Cristina apuesta a realzar la grieta. Tienen la esperanza de que el humor social y las novedosas variables epidemiológicas jueguen a su favor. Para Crisina, el discurso judicial es una batalla personal. Para el presidente, una necesidad circunstancial. En la probabilidad de ese azar, recae la apuesta contra la herencia macrista que sólo será efectiva si ambas se mantienen estables. Fuera de ese escenario la estrategia oficial no tiene anticuerpos.
En este escenario tanto Macri como Fernández de Kirchner saben que no hay vacuna contra la devaluación y la inflación. Alberto no se cristinizó, sencillamente usa a Macri como vacuna. Sabe que sólo un enemigo identificable puede funcionar como catalizador de las variables que no puede controlar.
