Esta semana el Presidente encontrará en el calendario la fecha que marcó, hace un año, la enorme paradoja de haber escalado en la consideración pública a fuerza de encierros y suspensión de derechos constitucionales. Doce meses después se enfrenta a un desafío epidemiológico aún mayor pero con el capital político carcomido por las batallas intestinas y las defraudaciones globales de la batalla por las vacunas. Tan solo con un paraguas en la mano, está parado frente al mar, viendo cómo se acerca el tsunami.

Alberto Fernández está cercado por la pandemia y la política. Y perdió (o nunca tuvo) el control de los dispositivos que pueden sacarlo de la trampa.

Fernández, la Argentina, están cercados por la segunda ola de contagios que estremecen a la región, con récord de contagios que superan los techos máximos alcanzados durante el peor momento del invierno pasado.

En el mismo momento en que el embajador Daniel Scioli encaminó la relación con Jair Bolsonaro, Brasil se convirtió en una amenaza letal. El presidente brasileño llegará en una semana. Y para eludir el impacto político de un cierre de fronteras cancelará de hecho el intercambio de pasajeros con una reducción al mínimo de los vuelos internacionales. No habrá cierre de fronteras, pero tampoco habrá en qué volar.

Hay una lección que dejó el paso de Ginés González García por el gobierno que ilumina las decisiones presidenciales: si las cepas de Manaos y Río de Janeiro van a entrar, lo harán por Ezeiza, independiente de la voluntad o de los pronósticos de los funcionarios.

Con un ojo puesto en la rebelión sanitaria de los gastronómicos formoseños y otro en los muertos de Brasil, Alberto Fernández trata de encontrar el punto de equilibrio entre ponerle un freno al virus y anteponerse al malhumor social. Es por eso que en lugar de encerrar a la población, para subir en las encuestas perseguirá por todo el país a quienes regresen a la Argentina provenientes de cualquiera de los lugares en donde circulan las nuevas variantes del coronavirus. No se aceptarán surfers en fuga. Esta vez, el riesgo va más allá del bullying presidencial. A los “idiotas” se los testeará y controlará para que guarden el aislamiento. Método Gildo con proyección federal.

No hay sorpresa en el pronóstico de la pandemia. Ya en diciembre, el gabinete de epidemiólogos había previsto que para el final del verano nos íbamos a enfrentar a una nueva ola de contagios y no tan solo a un rebrote como el de enero. Tanto es así que el Presidente prometió que nos encontraría con la población de mayor riesgo vacunada. Confió Fernández en las promesas de Vladimir Putin con quien firmó un contrato para conseguir dosis y proteger a 10 millones de personas entre enero y febrero.

Esa cantidad de vacunas alcanzaría para los más de 7 millones de mayores de 60, todo el personal sanitario y buena parte de los pacientes de riesgo de entre 18 y 58 años. El inicio del otoño debía ser con los centros de jubilados abiertos y de fiesta. Pero la diplomacia local cayó en la trampa de una batalla global y dejó a la Argentina como el vendedor de rifas que se disgusta de vagón en vagón.

A casi un trimestre del inicio de la “campaña de vacunación más grande de la historia”, menos de un 4 por ciento de los adultos mayores está inmunizado y restan conseguir 14 millones de dosis para cubrir a ese segmento de la población, el que pagó con más de 45 mil muertos.

Ante la persistente escasez, el enojo colectivo por los vacunados VIP y los adolescentes “que pusieron el hombro” se vuelve insoportable. Casi que la batalla por el puesto de la ministra Marcela Losardo se volvió un motivo de distracción. La cortina de humo que tapa el foco del incendio.

El gobierno logró firmar un acuerdo con el laboratorio Sinopharm por 3 millones de dosis que no puede inocular en los mayores de 60, a menos que la autoridad sanitaria china lo apruebe y haga lo mismo la Anmat. Mientras tanto espera desde el inicio de marzo que Rusia envíe, al menos, 600 mil dosis semanales y que el proveedor de AstraZeneca consiga arena silícica para fabricar los frascos que se necesitan para envasar el componente de la vacuna Covishield que hizo en la Argentina. Ni arena para apagar el incendio. Esas vacunas que podrían servir para los más vulnerables frente al virus, siguen en fase de promesa.

En esto, Fernández solo es responsable por su credulidad, en un mundo que profundiza la inequidad con la distribución de las vacunas. Hasta el viernes, unas 330 millones de dosis habían sido administradas en todo el planeta. En realidad en una porción menor del mundo. Diez naciones, entre ellas Estados Unidos, China y Rusia, concentraron el 76 por ciento de los inoculados. Otros diez países, incluido Chile, se quedaron con otro 13 por ciento. Y otros 104 estados, entre ellos la Argentina, concentró el 10 por ciento restante. Un verdadero éxito geopolítico teniendo en cuenta que aún hay 69 países que no recibieron ni una jeringa.

Fernández apostó a su credulidad y prometió en la Navidad que para la Semana Santa la casa estaría en orden.

Los casos de nuevos contagios están estables en las últimas semanas. Una estabilidad en ascenso. Una amenaza latente. En el gobierno saben que deberán tomar medidas pero son conscientes de que no hay mecha para prender la llama.

El episodio Losardo dejó al Presidente en un estado de debilidad inédito. La intimidad de su relación casi familiar con la ministra le jugó una mala pasada y le hizo anticipar una salida cantada que no hizo más que exponerlo a él. Agobiada por las internas “porque no viene de la política”, dijo con ese dejo de machismo que pone a la mujer en el lado de la debilidad. “A las mujeres todo nos cuesta más”, decía Cristina Fernández por cadena nacional.

Los movimientos previos a la elección del reemplazante de Losardo hablan de lo errático de la estrategia del Gobierno, de la falta de rumbo, de la dificultad para encontrar una vía alternativa cuando los planes originales fallan. Igual que con las vacunas.

El nombre del rionegrino Martín Soria servía para la confrontación con Comodoro Py. No estaba mal para un diputado que se inició en la carrera judicial en el despacho de Juan José Galeano. Un peronista enfrentado a La Cámpora que supo vestirse de cristinista para ascender en la interna oficialista. La propuesta del punitivista Ramiro Gutiérrez satisfacía el reclamo de Sergio Massa de llevar la campaña bonaerense al centro del tablero con la promesa de mayor seguridad. La llegada a la carrera de la jurista Marisa Herrera -especializada en derecho de familia- apuntaba a convertir la oficina de Losardo en un Ministerio de Justicia, Mujeres, Géneros y Diversidad. No fue casual que durante las últimas dos semanas la vicepresidenta, el ministro Wado de Pedro y hasta Alberto Fernández, aceleraron la embestida contra el Poder Judicial desde la perspectiva de la violencia de género. Una estrategia que ayudaría a dejar en las sombras del viceministro Juan Martín Mena la verdadera batalla con Comodoro Py.

Un ministro para qué. Con qué misión. El dilema del Presidente no es por la elección del nombre, sino por la función que tendrá que cumplir.

El jefe de Estado admitió que parte del fastidio de su amiga pasaba por tener un presidente que comparte la misma pasión. Un presidente-ministro que le está encima del trabajo. Losardo ya armó la valija para irse a París y Fernández evidenció que ni él ni ella fueron nunca los ministros de Justicia. Cuando Cristina Fernández hablaba de reformar la justicia se refería a construir un escenario donde pudiese avanzar con la anulación de los juicios en su contra. Como lo consiguió Lula de Silva. Es el único camino que se imagina para acabar con la acumulación récord de procesamientos y juicios orales en puerta. Y eso sólo se logra con la colonización de la Corte Suprema: ampliación, renuncias o la combinación de ambas posibilidades. “La verdadera reforma”. Lo demás es pérdida de tiempo.

El episodio Losardo habla del estado del poder del Presidente. Hace un año lo aplaudían por dejar la Constitución en suspenso. Hoy no puede designar un ministro. La consecuencia de la concurrencia de estos agobios no es política. En esto hay riesgo sanitario. Esa debilidad lleva a una pregunta incómoda: de dónde extraerá el suficiente capital político como para conducir al país ante la inevitable segunda ola de la pandemia. Y sin vacunas.

El Presidente está solo, con un paraguas en la mano, viendo cómo se acerca el tsunami.