La imagen final duele. Ver a Lionel Messi llorando parte el alma de un país. El mejor futbolista de todos los tiempos merecía otro final para su última función mundialista. Duele por todos. Pero mucho más por él.

España fue un justo campeón. El 1 a 0 terminó siendo mentiroso. La diferencia en la cancha fue mucho mayor que la que reflejó el marcador. Dominó el partido de principio a fin, manejó la pelota, impuso el ritmo y convirtió a la Scaloneta en un equipo irreconocible. Hacía mucho tiempo que nadie borraba así a la Argentina.

Y esa fue, justamente, la gran diferencia entre los dos finalistas. España llegó creciendo. Argentina, sobreviviendo. Y no pudo competir.

Este fue un Mundial extraño. La Selección alcanzó la final, pero pocas veces dominó a sus rivales. No encontró continuidad, casi nunca se adueñó de los partidos y en largos tramos cedió el protagonismo frente a selecciones claramente inferiores.

La sostuvo Messi. La sostuvo el carácter. La sostuvo esa rebeldía que convirtió a este grupo en una leyenda. El fútbol, casi nunca.

Scaloni construyó la mejor Selección de la historia argentina. Nadie puede discutir semejante legado. Pero en este Mundial cometió errores indisimulables.

Arriesgó demasiado en la confección de la lista. Eligió futbolistas que llegaron lesionados o sin ritmo, como Emiliano Martínez, Cristian Romero, Nahuel Molina, Gonzalo Montiel y Leandro Paredes. Después casi no utilizó el recambio. Ocho partidos en menos de 40 días terminaron pasándole factura a un plantel que llegó sin piernas al encuentro decisivo.

En Qatar, cuando el panorama se complicó, tuvo el coraje de cambiar. Apostó por Enzo Fernández, Alexis Mac Allister y Julián Álvarez, que le dieron frescura a un equipo que empezó a volar. Aquella decisión modificó la historia. Esta vez ocurrió exactamente lo contrario.

Exequiel Palacios, Giovani Lo Celso, Valentín Barco y Nico Paz, por ejemplo, apenas tuvieron oportunidades. La base jugó casi siempre y terminó pagando el desgaste.

Las señales aparecieron desde el comienzo. En la primera ronda, sin Leandro Paredes, con Rodrigo De Paul lejos de su nivel y con Enzo y Mac Allister incómodos, Argentina dependió demasiado de Messi. Y el genio, como tantas veces, volvió a rescatar al equipo.

Ya en 16avos, Cabo Verde avisó que el camino no sería sencillo. Con muy poco llevó el partido al suplementario y dejó una sensación incómoda. Allí apareció por primera vez la épica para pasar, dejando dudas.

Dudas que se multiplicaron con el 0-2 de Egipto. Tres goles en menos de 15 minutos transformaron una dolorosa eliminación en una milagrosa clasificación a cuartos.

Siempre mesurado, Scaloni no movió demasiado entre partidos. El 4-4-2 fue intocable. La orquesta desafinaba, pero los intérpretes siempre eran más o menos los mismos.

Llegó Suiza y los problemas se hicieron más evidentes. Ni siquiera la rápida ventaja hizo aflorar lo mejor del equipo. Se lo empataron y parecía que se venía la noche. Hasta que una insólita expulsión de un rival y un golazo de Julián rescataron al equipo.

Recién entonces Scaloni admitió públicamente que el equipo tenía problemas. Algo que era evidente para todos. Pero apareció Inglaterra en el camino. Y todo cambió. Desde que se confirmó ese cruce, el Mundial pasó a un segundo plano.

El rival más odiado. El partido que ningún argentino acepta perder. Un Mundial dentro del Mundial.

La Selección respondió con una actuación inolvidable. Sobre todo por el coraje. Y, durante los 40 minutos posteriores al gol de Anthony Gordon, también por el fútbol que tanto le había faltado durante el torneo.

Fue una remontada que ya forma parte de la historia grande del fútbol argentino. Ahí volvió la Scaloneta que todos conocemos. La que presiona, juega, golpea y emociona. Scaloni acertó con los cambios, Enzo Fernández y Lautaro Martínez marcaron los goles más gritados de los últimos años y el país entero volvió a creer.

Hubo mucho de Italia 90 en este recorrido. Un campeón que dejó de ganar desde el juego para empezar a sobrevivir desde el alma. Entonces estaba Maradona. Ahora estuvo Messi. Dos gigantes capaces de empujar a un equipo mucho más allá de sus propias posibilidades. Ninguno pudo hacer el último milagro.

Tal vez esa semifinal nos engañó. Pensamos que el campeón había despertado justo a tiempo. Pero la final devolvió a la Argentina que habíamos visto durante casi todo el torneo: un equipo previsible, lento y sin respuestas futbolísticas.

España esperaba del otro lado. Más fresca, más descansada y con una idea clarísima de cómo jugar. Argentina llegó agotada física y mentalmente. La derrota fue una consecuencia lógica.

La final no empezó a perderse el domingo por la tarde. Comenzó a escaparse mucho antes.

El equipo nunca encontró un camino. Todo lo que podía salir mal, salió peor. En la cancha y en el banco, fue pura impotencia y confusión. Corrió detrás de la pelota durante casi todo el partido y jamás consiguió imponer sus condiciones.

Las lesiones complicaron el panorama. Pero la expulsión de Enzo Fernández fue otra historia. Uno de los héroes de la semifinal se hizo amonestar por protestar y, minutos después, llegó tarde a una pelota dividida. Una roja tan innecesaria como evitable. Y todo se hizo todavía más cuesta arriba.

Aun así, el partido llegó al suplementario. Sin un solo remate al arco español. Sólo la resistencia mantenía con vida a la Argentina. Con uno menos, con Lautaro en el banco y sufriendo. Los penales parecían la única salida, pero estaban muy lejos.

Dibu Martínez apareció, por fin, con las atajadas que todos esperaban durante el Mundial. Pero no alcanzó. Dudó en un centro desde la derecha, Molina (¡otra vez Molina!) no cubrió bien su sector (como ocurrió en todo el Mundial), Nico Williams bajó la pelota y Ferran Torres no perdonó.

Quedaban 15 minutos y apenas una certeza: este equipo nunca se entrega. Fue con orgullo, con vergüenza deportiva y con ese corazón que tantas veces hizo posible lo imposible.

Porque creemos que podemos, aunque la realidad nos diga lo contrario. Porque este equipo nos enseñó a desconfiar de la lógica. Porque en el Mundial de las hazañas y la épica, una nos tenía que salir. Porque después de Inglaterra era imposible dejar de creer. Y cuando esa pelota que quedó suelta en el punto del penal llegó a los pies de Simeone, durante una fracción de segundo todos pensamos lo mismo. Pero esta vez, esos bellos milagros que nos merecemos no sucedieron.

La expulsión de Paredes cuando el partido ya había termino resumió la impotencia de un equipo que nunca encontró respuestas. También la reacción de Roberto Ayala, envuelto en un incidente con Dani Olmo. La frustración terminó desbordando incluso a un cuerpo técnico que durante años había hecho del respeto una de sus principales banderas.

Mucho más emocionante fue la postal de los jugadores llorando frente a los miles de argentinos que acompañaron al equipo hasta el último segundo. Y adelante de todos estaba Messi.

El mejor futbolista de la historia. Ninguna derrota cambiará ese lugar. Llorando como un chico. Sin esconder el dolor. Sin poder creer que el último capítulo terminaba así.

Mientras el capitán se secaba las lágrimas, millones de argentinos sintieron que no sólo se escapaba un Mundial. Su despedida probablemente sea lo que más duela cuando pase el tiempo. No la derrota. No la Copa. El final de una era que será imposible volver a vivir.

Después del partido, Scaloni sembró dudas sobre su continuidad. Su espectacular ciclo le da todo el derecho a decidir. Nadie podría pedirle un paso al costado al entrenador más exitoso que tuvo el fútbol argentino. Ganó todo lo que había para ganar y construyó un equipo que quedará para siempre en la memoria colectiva.

Pero este Mundial también le dejó lecciones. Scaloni, que ya llevó a la Selección a la cima, ahora tendrá por delante un camino completamente distinto: demostrar que la Scaloneta era mucho más que Messi y una generación irrepetible. Si continúa, no le tocará defender una obra. Le tocará construir otra. Y probablemente ese sea el desafío más grande.