La primera lectura es simple: Francisco Pérez le soltó la mano a Matías Roby. No pudo convencerlo para que se baje de la precandidatura a gobernador, tal como había prometido el actual mandatario en el seno del PJ y decidió sacarlo de su gestión.
Si fuera así, no llamaría la atención. Hace rato que entre Roby y Pérez no hay diálogo. Se hablaron por última vez el 9 de febrero. En todo caso, la única persona que hace de nexo entre los dos es Celina Sánchez, la mujer del Paco que fue de las arquitectas en los inicios de la campaña del traumatólogo. Semanas después, se alineó con su esposo en la misión de ponerle punto final a una carrera que, inicialmente, era ficticia.
“Ellos me levantaron y ahora no me voy a bajar”.
“Lo hubiesen pensado antes. Si yo iba a ser una bomba de humo me lo hubiesen avisado y veía si quería o no jugar a eso. Ellos me levantaron y ahora no me voy a bajar. Si me ponen el cuchillo en la panza, renuncio como ministro. Pero sí o sí voy a las PASO. En todo caso, el problema será de ellos para ver cómo manejan el Ministerio”, le dijo Roby a sus íntimos unas horas antes de que Pérez le pidiera que abandonara la cartera de Salud.
Pérez intentó enviar a otros emisarios además de Celina. Todos salieron rebotados y de mala manera del despacho del médico. Alguno hasta intentó sugerirle que le pedían que abandonara sus aspiraciones para cuidarlo. “Andá a cuidar a tus hijos”, fue la respuesta del ahora ex ministro.
La peor parte de esta historia se llevó la Pérez. Quedó aislado del resto del peronismo, cuya trama interna se tejía por otro lado y lejos de él. No pudo controlar a su amigo y tampoco logró, de esa manera, jugar la carta que tenía preparada para negociar y garantizar su lugar en la lista como candidato a diputado nacional. El peronismo ya había abandonado la gestión. Era cuestión de llegar decorosamente al final del mandato de Paco y dedicarse estos meses a construir un candidato capaz de hacerle frente al embale con que llega Alfredo Cornejo, con la UCR a la cabeza y una serie de alianzas con voluntades opositoras.
En ese cuadro de situación apareció una vez más Juan Carlos Mazzón, el armador histórico del peronismo mendocino que había retornado a la provincia con una misión clara: recuperar poder e imagen hacia adentro. Debía reivindicarse con los “compañeros” por haber elegido a Pérez en 2011; una decisión que, cuatro años más tarde, benefició a Carlos Ciurca y lo empoderó a la hora de negociar.
De pronto, Mazzón y Ciurca chocaron contra Roby. Se encontraron con un personaje alejado de la política, que supo moverse por rincones que nadie tenía en cuenta para estas elecciones y que, lejos de lo que históricamente ha sucedido en las internas peronistas, no claudicó en sus ambiciones. Le mostraron el camino y se lo tomó en serio.
Roby, envalentonado, explica que como no viene de la política, maneja otros códigos; que no traicionará a nadie, pero que no se dejará usar de comodín. En definitiva, es un mensaje cifrado para Pérez.
Mazzón advirtió esta situación. Le quedaban pocas opciones y se decidió por las más pragmática: en una reunión que mantuvo con Roby este miércoles por la noche le hizo sabe que no estaba para nada conforme con las disputas internas que su precandidatura había causado en peronismo local, pero que estaba habilitado para jugar. Si su decisión era ir a las PASO por adentro, la única condición era no entrar en agravios con el resto de los competidores del partido. Roby respondió que había hecho los deberes que imponía el PJ para hacerlo.
La segunda lectura de este capítulo es más compleja. Sería intentar darle forma a una gran operación que contemplaba la renuncia para mostrar a Roby como víctima, distanciarlo de Pérez y así potenciarlo en su carrera hacia el 19 de abril. En todo caso, tal vez esa sea la consecuencia. La causa fue otra: Pérez no pudo controlar a su amigo, decidió mostrar su poder y lo echó.
