“Son las vivencias de un niño de la calle, durante la Segunda Guerra Mundial en el gueto de Varsovia”, explica la periodista y escritora mendocina Mercedes Fernández sobre el argumento de su nuevo libro, El niño roto, que será presentado el lunes a las 20 en el Salón de los Pasos Perdidos de la Legislatura provincial. La obra refleja cómo un niño de cinco años, abandonado, logra sobrepasar las crueldades y miserias de la más cruenta guerra de la historia de la humanidad. El libro está basado en parte de la vida de Arturo Dreinfinger –ver aparte–, un polaco que, luego de superar estas aterradoras experiencias, vino a Mendoza buscando un poco paz. Y, quizás, sea esta obra la que logre devolvérsela. “Estaba perdido y sin padres, ya que no sabía dónde estaban. Incluso, en un momento determinado llega a olvidar que ha tenido padres. Arturo anduvo por la guerra sin que ninguna bomba lo matara, sin que ningún alemán le disparara. Como un escombro más, de ahí, el nombre del libro”, narra la escritora.

   ¿POR QUÉ A MÍ? Una realidad temible, pero extrañable a la vez, por el sólo hecho de la necesidad humana de sentirse parte de algo. Algo de esto es lo que refleja la obra, ya que el niño se plantea por qué no lo eligen las bombas, por qué las balas no lo encuentran, por qué los soldados pasan a su lado y no lo ven, por qué no lo expulsan de los hospitales, como hacían con el resto de los bebés. “Claro, debo haberme roto. Debo ser un escombro más que se ha caído muchas veces”, fueron las palabras que le dijo Arturo Dreinfinger a la escritora.

   PROCESO DE INVENCIÓN.Muchos pasos debe seguir un escritor al momento de crear. El primero es pensar en el modo de pararse frente a la historia. En referencia a esto, Fernández comenta: “Me costó mucho decidir desde dónde contarlo. No quería hacerlo en primera persona, porque es muy difícil. Es atractivo pero tramposo a la vez”. Por ello, la autora prefirió utilizar un narrador cuasiomnisciente, una especie de tercera persona impersonal, porque es sólo un observador, que de vez en cuando se da el gusto de fantasear con lo que elucubran sus personajes. “Me pareció el modo más adecuado y la historia está narrada en presente”, argumentó Fernández. La escritora conoció los hechos de la boca de su propio protagonista. Por ello, al estilo mágico marquesiano, tuvo que recortar algunas partes e imaginar otras.

   Entonces, la metodología de trabajo elegida por Fernández fue grabar el testimonio. “Yo grabé, a mí me gusta hacerlo así. Tengo varios libros de historias reales, que son así. Grabo las evocaciones, los recuerdos, y después trabajo sobre eso”, comentó, y agregó: “Fue muy difícil transportarme a otra época, a otra la cultura y espacio. Por eso, yo trato de nunca hacer la narración en primera persona, sino que siempre busco un personaje que me dé la voz”. La autora explica que, a pesar de ser una historia real, contada por una persona que se acercó, todo el resto es ficción. “Estamos haciendo literatura, y aprovechando la situación”, afirma.

   LA VIDA ES BELLA. Superar una infancia complicada no es tarea fácil y muchas veces queda marcada a fuego, impidiéndole a la persona disfrutar del resto de su vida. Frente a esto, Fernández confiesa: “Es un niño que mira la guerra como si fuera la vida. Es una especie de metáfora que nos tiene que hacer replantear, como personas responsables, el pensar en los niños. Yo digo en un momento en el libro: ‘Un niño que no sonríe, que no juega, es un hombre que nunca va a ser feliz’. Y eso se refleja, en cierto modo, en este hombre, porque al día de hoy, todavía tiene frío, todavía tiene miedo, le ha quedado una secuela terrible, por lo que no ha desarrollado su vida plenamente, a pesar de haber sobrevivido”.

   La investigación fue una parte fundamental para realizar el libro, tanto es así que la autora asegura: “Tuve que investigar mucho, porque este hombre sabía hablar en polaco pero no sabía escribir en ese idioma. Tuve que buscar lugares, canciones en polaco, para agregarle el color, que es algo que me gusta mucho hacer. Es meter la otra lengua, porque, además de tener un color propio, le da al texto una identidad y un sonido que no se puede remplazar con nada, aunque uno ponga en paréntesis lo que quiere decir”.