Sentados a lo largo de una mesa rectangular, una decena de jóvenes, de entre 19 y 30 años, del hogar Solar del Ser de Luján de Cuyo, intentan vencer sus temores y ansiedades y poner en palabras lo que pretenden para su futuro. Mientras, a lo lejos, los más grandes miran hacia un punto fijo, siguiendo el hilo de la conversación.

En la cabecera, uno interrumpe y apura titubeante una pregunta, a la vez que aprieta sus manos para contenerlas: “Quiero saber si yo puedo trabajar, salir a la calle y trabajar”.

La presencia de personas ajenas a su contexto capta la atención, todos quieren decir algo, pero todos vuelven al mismo tema: la posibilidad de lograr autonomía por medio de un trabajo. 

En la institución, que tiene poco más de un año y que pretende ofrecer un modelo de atención más flexible para favorecer la salud mental, residen actualmente 13 personas, de entre 19 a  58 años, porque vienen de una familia que no pudo o no supo lidiar con sus situaciones por falta de orientación y ausencia del Estado, ya que muchas de estas conductas emergentes se pudieron haber detectado a tiempo en las escuelas.

Al frente del hogar, ubicado en una casona alquilada que fue adaptada en calle Patricios al 176, están Laura Tabbia, una docente a punto de recibirse de psicóloga social, y su marido, Miguel Ángel Gómez Sarelli, quien es médico.

“Este hogar es un hogar asistido, una comunidad terapéutica, donde están estas personas que tiene problemáticas de salud mental y adicciones, en algunos casos”, indicó Tabbia.

Detalló que el lugar, si bien es privado, recibe derivaciones de la  Dirección de Discapacidad y del programa Incluir Salud, pero con su esposo y un equipo de profesionales que incluyen desde psiquiatras hasta trabajadores sociales, analizan si las características del nuevo ingresante se adapta con el perfil en la institución.

Uno de los jóvenes, de 28 años, que fue diagnosticado con una esquizofrenia paranoide, contó que tras sufrir un episodio mientras trabajaba fue derivado a esta casa. “Escuchaba voces y tuve una recaída en el trabajo. Estoy contento de estar acá. Hoy tengo una prueba de trabajo”, destacó entusiasmado.

Esquizofrenia, bipolaridad, alcoholismo, oligofrenia leve y adicción, son las algunas de las realidades que conviven entre ellos y, a decir de Laura, el consumo problemático, en ciertos casos, se fue forjando en las instituciones donde estuvieron anteriormente y que los vendedores de drogas saben dónde ir a buscar a sus clientes más vulnerables.

“Es necesario que estos chicos sepan que pueden porque hay una sociedad que los ha estigmatizado y una familia que no ha sabido manejar esta situación. Hay muchos que tienen su patología de base, pero también, una familia que favoreció, siendo disruptiva, a potenciar esto”, lanzó la docente.

La rutina y las libertades

Los dormitorios son espaciosos y son compartidas por dos o tres residentes, de acuerdo con la afinidad.

Las actividades inician a las 7.30 con los talleres y ya no pueden volver a sus habitaciones porque el objetivo es que sigan en movimiento.

Los residentes tienen control muy estricto de todo, los horarios son rígidos para que incorporen hábitos y rutinas, y no tienen autogestión de su tiempo. 

Las horas se reparten en talleres: literario, de lecto escritura, de reflexión- donde se los invita a analizar alguna temática que los afecte-, meditación, yoga, arte terapia y de lógica matemática.

Si bien no pueden manejar dinero, toda la plata que les llega, ya sea de sus familiares, de su pensión o de los trabajos, que logran a través de algún programa de una empresa o del gobierno, es registrada, etiquetada y guardada por la institución, pero son ellos lo que van eligiendo en qué gastarla: ropa, cigarrillos o para darse el gusto con alguna comida particular.

En las redes sociales de Hogar del Ser comparten el día a día, sus actividades y sus salidas, porque pese a que no es un hogar a puertas abiertas, los jóvenes y adultos tienen posibilidades de hacer salidas grupales o ir a ver a algún referente o familiar.

“Acá empezamos con un sistema más flexible, con la impronta de la psicología social, pero a medidas que fuimos transitando, nos dimos cuenta de que teníamos que poner límites en algunas situaciones que se nos podían ir de las manos”, dijo Tabbia.

Y agregó: “Buscamos que su vida sea lo más parecida a la del resto de la población, pero todos los avances son consultados por el equipo de psicólogos y psiquiatras. Detrás de estos chicos hay mucha medicación, para compensarlos”.

Una de las condiciones para lograr la habilitación fue que el lugar tuviera un gran espacio verde y “muchos” asientos para poder sentarse en el exterior. Además de puertas corredizas en baño y una cocina que se mantuviera con todos los utensilios bajo llave. De hecho, los moradores sólo pueden emplear tenedor y cuchara para comer.

En un recorrido por el gran patio donde un par se queja de que las semillas de la huerta nunca prosperaron, otros se sientan a disfrutar del sol. Es, de hecho, el punto de la casa preferido por todos.

“Lo único que pedimos es que los que quieran colaborar, los vengan a visitar, compartan un taller”, dijo la mujer, quien está ayudando a uno de los jóvenes a encontrar a sus hermanitos.

Y concluyó: “Hoy tienen este combo, pero si hubieran tenido otra posibilidad, sería diferente. Pero hoy estamos acá para que vean que pueden”.