A través de diversos géneros de literatura histórica –manuales, actos escolares, artículos académicos o de divulgación, representaciones pictóricas– se han popularizado las distintas ceremonias que tenían lugar durante el acto político y religioso que constituía la fundación de una ciudad por los conquistadores españoles en América.

    En primer lugar, el conquistador leía en castellano a los habitantes un documento denominado Requerimiento, en el que se les advertía que si se oponían por medio del uso de la fuerza a aceptar el dominio español, serían esclavizados con causa justa. Luego se clavaba en el centro de la futura ciudad el rollo, que no era más que el tronco de un árbol cortado, para simbolizar la implantación de la Justicia castellana en el territorio. Posteriormente, un sacerdote que acompañaba a los conquistadores bendecía el espacio y se elegía un Santo Patrono, bajo cuya protección se colocaba a la futura ciudad.

    En el caso de Mendoza, fue Santiago Apóstol, predicador y al mismo tiempo guerrero, que difundía la fe a caballo y con espada, cuya devoción, muy popular en la península donde acababa de concluir la lucha contra los moros infieles, fue trasladada a América por los conquistadores.

    Es probable que, después, el conquistador, junto con el escribano, delineara sobre el acta fundacional la plaza mayor, alrededor de la cual ubicaban los solares o cuadras que debían ocupar las principales instituciones que constituían el mundo urbano: el cabildo, integrado por dos alcaldes que administraban justicia y un grupo de regidores que se ocupaban de la gestión comunal; la iglesia matriz, de la que se encargaba el párroco, que era la máxima autoridad eclesiástica de la jurisdicción y al que se consideraba como pastor de la feligresía integrada por todos los bautizados; algunas cuadras para las órdenes regulares, como las de los franciscanos, dominicos, agustinos o mercedarios, cuyos frailes habían comenzado a cruzar a América para iniciar la evangelización que debía convertir al cristianismo a los habitantes originarios, considerados gentiles.

    Finalmente, se procedía a repartir entre los miembros de la hueste, según su contribución material a la empresa y su estatus social, solares en la traza de la ciudad, tierras en los alrededores para asegurar el sustento de los conquistadores que debían convertirse en vecinos y encomiendas de indígenas para que trabajaran en sus propiedades, asegurando de esta manera la consolidación y el crecimiento del nuevo núcleo poblacional.

    Está tan interiorizada esta versión local del nacimiento de la ciudad de Mendoza, idéntica a la de muchas otras ciudades americanas, que no siempre resulta sencillo percibir que se trata de una reconstrucción bastante incompleta de lo que pudo haber pasado hace 450 años, ya que se enfoca, casi exclusivamente, en los actores blancos y europeos, sin dar cuenta del protagonismo de los naturales de la tierra, que sólo aparecen como sujetos contemplativos en los márgenes de un cuadro. ¿Qué significó para los habitantes nativos la fundación de la ciudad?

    La fundación de Mendoza constituyó sólo un capítulo del violento choque que implicó la conquista de estos territorios, de la que no estuvo ausente la guerra contra los invasores europeos, manifestada en la resistencia armada que ofrecieron distintas parcialidades huarpes de los valles de Guentota y las lagunas de Guanacache en la década anterior, cuando los conquistadores comenzaron a explorar el territorio. Su derrota implicó el inicio de la dominación de sus cuerpos, ya que, desde entonces, huarpes y puelches fueron encomendados y obligados a migrar a la otra banda de la cordillera.

    La conquista supuso para los habitantes originarios, sin ambigüedades, la imposición, por medio de la coacción o de una negociación condicionada, del dominio político de un rey extraño, de una tradición jurídica diferente, de una cultura y una religión incomprensibles que involucraban oscuras prácticas, creencias y formas de relación social, de alimentos exóticos y una tecnología asombrosa. Implicó la apropiación de sus tierras y el desplazamiento de comunidades enteras hacia espacios menos productivos que los que ocupaban antes, en los que difícilmente podían sobrevivir.

    Un número de habitantes nativos, imposible de determinar con exactitud, pereció enfrentando a los conquistadores, a causa de enfermedades para ellos desconocidas, resistiendo el trasladado a través de la cordillera o, alejados de sus familias y comunidades, como resultado de los malos tratos o el exceso de trabajo en campos y minas. Algunos de los que consiguieron sobrevivir prefirieron escapar de la dominación española y, abandonando sus comunidades, se refugiaron tierra adentro, más allá de la frontera, desde donde hostigaban a los conquistadores con sus malones.

    Otros encontraron formas de insertarse, en condiciones de subordinación, en la sociedad colonial e hicieron suyos elementos de la cultura española en su beneficio, para negociar su lugar y el de sus hijos en el nuevo orden o subvertirlo. En este sentido, poblar fue despoblar; civilizar, desconocer la cultura nativa; evangelizar, remplazar a sus dioses para imponer el cristianismo. Aunque, al mismo tiempo, supuso crear una sociedad que no fue ni la réplica de la peninsular con la que soñaban los españoles ni la de las que perdieron los pueblos originarios, una sociedad culturalmente mestiza: la sociedad americana.