Juango López trataba de arreglar el Fiat. Se había vestido para juntarse con una mina que había conocido en la cancha y de la cual no tenía las mejores referencias. Además, era bien fulera. Algo oculto en ella lo atraía. El tipo ya se conocía, le duraba poco el amor. Pero era un fácil para darle rienda suelta a su calentura. En tanto golpeaba la batería del viejo auto, escuchaba un partido de fútbol a todo volumen. Y se dejó llevar. Imaginaba al relator enlazando el micrófono, el cuello hinchado, colorado de entusiasmo. Estos parlanchines le provocaban curiosidad: trasmitían vértigo, imaginación, improvisaciones, potencia. Eran capaces de anticipar una jugada como si los veintidós hombres en la cancha fueran monigotes que les cumplían los deseos. Juango no había ido a trabajar. El diario le debía varios días de licencia.

   Esa noche estaba programada para el placer. Justo ahora no le arrancaba el auto. Comenzó a impacientarse. Mal. Nunca supo de mecánica. Mientras revisaba, no sabía bien qué, seguía considerando el fenómeno radial. Opinaba que la televisión no le quitó el encanto del minuto a minuto a la radio. La voz cavernosa y ahuecada detrás del aparato conmovía hasta el pasto de la cancha. Justo en ese momento oyó un gol que estremeció el interior del auto. Y tal como Galeano, él entendía que un gol, aunque fuera un golcito, era un goooooooooooooooooool, un do de pecho para los cuentistas del dial. Miró el reloj y puteó bajito. La rubia desabrida ya lo estaría esperando, hasta llegó a sentir un perfume fuerte de mujer que lo envolvía y se le apareció una imagen de labios rojos y uñas prometedoras. Casi experimentó el placer físico de un hincha en la tribuna cuando convierte su equipo.

    En ese momento se acercó un vecino que evidentemente entendía de motores, porque el auto arrancó dócil y con un sonido de violines. Lo que es saber, se dijo el dueño del auto, un sencillo pase en el lateral derecho y listo. El notero se lavó lo mejor que pudo, se perfumó y partió silbando a su cita. En el camino, la verborragia del narrador del partido lo salpicaba con una catarata de palabras. Describía situaciones dignas de un ilusionista. Juango estaba convencido de que cuando el hombre detrás de las perillas decía que la pelota “casi pega en el travesaño”, con seguridad el disparo se había perdido en lo alto de la tribuna. El relato era una mezcla de mentiras y exageraciones.

     Pero los radioescuchas se enredaban, como él, en esa perorata, en esas piruetas verbales que hacían zig-zag y los seducían. Lo mismo que aquel histórico “barrilete cósmico” de Víctor Hugo Morales. Los que trasmiten son grandes embaucadores de multitudes, sentenciaba. Frenó en la esquina y vio a la pulposa mujer sentada en la mesa del café. Sus grandes lolas están en orsay, pensó. Estacionó con calma y entró al bar. Antes de sentarse le dio un apretado beso en la mejilla y le dijo con voz cavernosa y ahuecada: “Reina, qué bella estás, tus ojos empatan con mi coraje. Desde que te conocí estoy preparando el área para hacerte un golazo de tiro libre”. A esta gambeta amorosa no la puedo confirmar.