“La ilusión supera la crisis, pero no las modas. Hay quienes en vez de confeccionar un vestido, hoy, lo compran hecho”, dice Luis Jait, el dueño de la emblemática sedería La Reina que luego de 94 años cierra sus puertas.
El negocio comenzó a desmoronarse lentamente, pero no desean atribuir su ruina a la realidad económica del país si no a malas estrategias comerciales. “No lo supe mantener, no supe hacer las cosas, aún no sé cuáles son…”, comenta el hombre que no encuentra una explicación razonable.
La Reina nació el 23 de mayo de 1923 y sus socios fundadores fueron Emilio Rodríguez Reyero y Eduardo Cantero Mochón. Luego, la casa de telas pasó a manos de Benjamín Jait quien la compró tras declararse en quiebra hace cuarenta años. Actualmente es su hijo quien la administra.
“No dudo que tu mamá, tu abuela y tus tías festejaron una fiesta con un vestido de La Reina. Las fiestas de Mendoza se engalanaron con nuestras telas… qué novia no planeó su casamiento acá”, expresa el hombre.

Si bien el comerciante argumentó que hay una venta importante porque ha quedado ese nicho de telas de fiestas y de moda, hay un cambio cultural muy grande. Mandar a hacer un vestido es una gran inversión de tiempo y esfuerzo: desde buscar el paño adecuado, conseguir la modista y hacer más de una prueba.
Así, tuvieron que hacerle frente a la manía por lo inmediato y al consumismo. “Las nuevas generaciones se han criado en la repetición de nuevas marcas. Todos los días nos están vendiendo nuevas marcas, nuevos negocios que, crease o no, estresan a la gente”, analiza.
Hace décadas atrás, las mujeres y los hombres sabían manejar una máquina de coser, habían costureras, modistas y sastres. “Ahora no hay modistas, hay diseñadores y diseñadoras“, agrega Gabriel, un empleado que lleva más de 27 años entre géneros.

“Es un dolor porque uno nació vendiendo telas. Trabajé 17 años en esta casa, luego me retiré durante 30 años y volví hace diez. En ese tiempo de ausencia vendí de todo: papas, cebollas, pianos, autos, vinos y jugos. Me gusta la venta”, concluye el sexagenario que desde hace un tiempo cobra su bono de retiro en mano, acorde a las transacciones que haga durante el día.
Los empleados siguen haciéndole frente a una debacle anunciada. Hace 20 años eran 23 vendedores y ahora sólo quedan dos. Dependen de las ventas de la jornada y buscan atraer a la clientela con “descuentos irrisorios, de 50%, a costo” de telas que son incluso, importadas.

Lo llamativo de la situación es que durante la última administración, la sedería no logró tener una propiedad a su nombre. Alquilan y el aumento de los impuestos también fueron una pieza fundamental en la decisión.
“Fuimos productores de ilusiones”, aseguran, aferrándose a la idea de que la marca continué con ventas a través de internet. Lo cierto, es que venden hasta los muebles, aquellos antiguos mesones que tantas telas tuvieron para cortar.
